Susurros de cristal

32. LA CASA DEL CAMPO

El camino hacia la casa de campo estaba envuelto en sombras, y el único sonido que acompañaba al motor era el crujido de las ramas bajo la lluvia. Amelia no había dicho una palabra en todo el trayecto.

Olivia conducía, tensa, los nudillos blancos sobre el volante.

Henry revisaba una linterna táctica en silencio, sin mirar a ninguna de las dos.

Nadie lo decía, pero todos sentían lo mismo: algo podía salir mal.

La propiedad de los Duarte estaba demasiado lejos de todo. Demasiado apartada. Y ese aislamiento que en otro tiempo pudo haber sido símbolo de poder, ahora se sentía como un peligro latente. Como un lugar diseñado para que nadie escuchara si alguien pedía ayuda.

Al llegar, el portón estaba cerrado con candado, pero oxidado. Olivia lo forzó con una palanca que Henry sacó del maletero. No costó mucho. Como si algo —o alguien— quisiera que entraran.

Avanzaron por el sendero embarrado hasta que la casa emergió de entre los árboles, vieja pero imponente.

Un caserón de madera, de dos pisos, con persianas cerradas y tejas comidas por la humedad. Aún bajo la tormenta, imponía respeto.

—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Olivia.

Amelia asintió sin mirar atrás. Lo sentía. Lo sabía.
Este era el lugar donde todo podía empezar... o terminar.

La puerta principal cedió con facilidad. Un rechinido largo los recibió, como un suspiro que llevaba años contenido.

El interior olía a polvo húmedo y recuerdos en descomposición.

Henry encendió su linterna. La luz cruzó el recibidor, iluminando muebles cubiertos con sábanas y cuadros torcidos en las paredes.

—Isabella venía aquí de niña, ¿no? —murmuró Olivia.

—Sí. Con su hermana. Pasaban los veranos.
Era su refugio —dijo Amelia—. Tal vez el único lugar donde podían ser ellas mismas.

Subieron las escaleras. La madera crujía con cada paso, como si la casa quisiera avisarles que no eran bienvenidos. En el segundo piso, el pasillo estaba cubierto de polvo, pero una de las puertas estaba ligeramente entreabierta.

—¿Vieron eso? —susurró Henry.

La tensión se volvió insoportable por un instante. Olivia desenfundó su pequeña pistola. Amelia se quedó inmóvil, conteniendo la respiración.

Pero no había nadie. Al empujar la puerta, vieron una habitación sencilla, con una cama individual y una biblioteca polvorienta. En la esquina, un pequeño escritorio de madera.

Y justo allí, bajo una alfombra raída, estaba la caja fuerte.

Amelia se arrodilló sin decir palabra. Se quedó mirando el teclado numérico unos segundos, hasta que sus dedos comenzaron a moverse casi por instinto.

03.12.1997

La fecha.
El día en que Isabella le había contado —años atrás— que fue la primera vez que su hermana la defendió de su padre.
Ese día aprendí a gritar y no sentirme culpable por hacerlo.
Esa frase se le quedó grabada como una cicatriz dulce.
Isabella confiaba en ella. Había dejado esto como un mensaje. Un legado.

La caja hizo clic.
Se abrió.

Y entonces, el tiempo pareció detenerse.

Dentro, cuidadosamente envueltos en tela, había tres objetos:

Un pendrive negro, sin etiquetas.

Una fotografía rota por la mitad, donde se veía a Duarte —mucho más joven— de pie con otra persona, irreconocible. La mitad faltante estaba ausente.

Un pequeño cuaderno con tapa de cuero, lleno de anotaciones en una letra apurada. Algunas páginas estaban arrancadas.

Henry lo tomó con guantes.

Olivia insertó el pendrive en su portátil. Tardó unos segundos. Luego, alzó la vista, pálida.

—Son grabaciones. Videos. Entrevistas... y una carpeta marcada como "Ver si muero".

El silencio se volvió insoportable.

—Tenemos que irnos —dijo Amelia, con la voz baja pero firme—. Si Isabella dejó esto aquí, es porque sabía que alguien lo estaba buscando.
Y si alguien sabía... probablemente ya no estamos solos.

Un golpe.

Venía desde abajo.

Un portazo. O tal vez... una ventana.

Todos se miraron. El miedo se transformó en pura adrenalina.

Olivia apagó la portátil y guardó el pendrive. Henry desenfundó su arma.

Amelia sintió el corazón latirle tan fuerte que dolía.

La confianza que Isabella había depositado en ella era una carga sagrada.
Y ahora... alguien más la había olido.




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