El coche se alejaba del sendero, mientras la casa de campo quedaba atrás.
El aire del silencio que llenaba el coche era reconocible, cargado de miedo, no era la tensión lo que aguardaba ese silencio, sino el peso de saber lo que ha ocurrido en ese lugar.
Amelia iba en el asiento del copiloto, con los ojos perdidos en la lluvia que golpeaba el cristal, buscando con desesperación la respuesta hacía la confianza que le había otorgado Isabella.
Olivia revisaba el contenido del cuaderno a la luz tenue de su linterna. Nadie hablaba. Nadie sabía por dónde empezar. La verdad no venía entera. Venía como Isabella: herida, rota, escondida entre líneas.
—Aquí hay fechas —murmuró Olivia por fin—. Fechas y nombres. Pero también hay algo más. Mira esto.
Pasó el cuaderno hacia adelante. Amelia lo tomó con manos inseguras.
Había una página arrugada, escrita con prisas, que decía:
Duarte lo sabía, y lo sigue encubriendo.
Horas después, en la oficina central, estaban reunidos en la sala de análisis.
Amelia colocó el pendrive en el ordenador principal.
James acababa de llegar, llamado de urgencia. Llevaba el rostro cansado, la chaqueta arrugada, y una expresión que se rompió lentamente en cuanto vio a Henry y Olivia, hombro con hombro, leyendo las notas del cuaderno con una complicidad que no quiso entender.
No dijo nada. Pero sintió ese dolor sordo que no necesita explicación.
Porque a veces el corazón no se rompe con gritos, sino con miradas que ya no te buscan.
—Vamos a ver esto —dijo Olivia, evitando el silencio tenso que se había instalado.
La pantalla cobró vida.
Una carpeta llamada: Ver si muero.
Dentro, varios videos. Todos con fechas y etiquetas cortas: Entrevista 1 – Abril, Cámara oculta – Junio, Audio Duarte – noche.
Abrieron el primero.
Una grabación mal encuadrada. Isabella, sentada frente a una mujer mayor, llorando. La calidad era baja, pero la voz era clara.
—Yo sé que lo que pasó con mi hermana no fue un accidente. Ella sabía cosas... cosas sobre él. Lo había grabado. Iba a entregarlo. Nunca llegó.
—¿Y usted cree que Duarte está implicado?
—No lo creo. Lo sé.
Amelia tragó saliva. Henry apretó el puño.
En otro archivo, una conversación grabada por audio, oculta.
—¿Qué hiciste con los documentos?
—Los escondí. No soy estúpida. Sé que me estás vigilando.
—No estás viendo el panorama completo, Isabella. Estás metiendo a gente que no tiene por qué sufrir.
—Ya lo están haciendo.
Olivia miró a todos.
—Esto es suficiente para abrir una orden. Podemos involucrar a Fiscalía.
—No —dijo Amelia con firmeza—. Aún no. No sin las páginas que faltan del cuaderno.
Todos la miraron.
—¿Cómo sabes que faltan?
Amelia abrió el diario y mostró la encuadernación rota.
—Isabella arrancó algo. Varias hojas. Probablemente lo más delicado. Y si no lo dejó en la caja... lo escondió en otro lado. Tal vez quería tener una segunda salida si algo pasaba.
—O alguien se las llevó —dijo Henry.
La posibilidad quedó flotando en el aire.
Horas más tarde, ya con el lugar más vacío y Amelia en otra oficina redactando el informe, Henry y Olivia se quedaron a solas.
La tensión del día les pesaba encima. El cansancio no apagaba la necesidad de hablar.
—Lo que hiciste hoy... —empezó él— fue valiente.
Olivia lo miró. No con sorpresa, sino con una tristeza profunda.
—No me siento valiente, Henry. Me siento responsable. Culpable. Y rota.
—Estás viva —dijo él, acercándose un poco—. Y decidiste hacer algo con ese dolor.
Un silencio. Apenas unos centímetros entre ellos. Un abismo emocional llenándolos.
—No sabía cuánto necesitaba esto...sentir que alguien cree en mí —murmuró ella.
Henry bajó la mirada, casi susurrando:
—Yo creo en ti desde el primer día.
Sus manos se rozaron. No fue intencional, pero tampoco lo evitaron.
James los observó desde la puerta, sin que ellos lo notaran.
Llevaba un expediente en la mano, pero se quedó quieto. No fue por celos. Fue por dolor. Por esa sensación punzante de haber llegado tarde a una historia que había querido escribir desde hace años.
Se alejó en silencio, tragándose la emoción.
Pero al hacerlo, notó algo. Un sobre sobre su escritorio. Sin remitente. Solo dos palabras:
Lo último que ella supo.
James lo abrió. Dentro, una de las páginas faltantes del diario.
Y en ella, una sola frase subrayada en rojo:
Si algo me pasa, la última persona en verme fue Él. El de siempre. El que nunca se manchó las manos, pero siempre estuvo detrás.
James se giró de golpe.
—¡Olivia! ¡Amelia! ¡Vengan! —gritó.
Todos corrieron a la sala. Henry también. Nadie entendía el tono.
—Acaban de dejar esto en mi escritorio. Y no había nadie.
—¿Qué dice? —preguntó Olivia.
James señaló la frase.
Amelia se acercó, y su rostro se volvió ceniza.
—El de siempre ...—murmuró—.
—¿Quién es? —dijo Henry.
Amelia levantó la vista. Dolida. Cansada. Pero decidida.
—Es alguien que todos conocemos.
Y que, hasta ahora, jamás habíamos sospechado.
En ese instante surgió como recuerdo el mensaje que recibió Olivia tiempo atrás, ¿podría ser Henry realmente?