Las preguntas no paraban de sonar en mente de todos, surgir respuestas inesperadas y desconfiables. Pero, si todo ello tenía que ver con Duarte, ¿quién dice que no fue él el causante de todo?, ¿qué secreto esconderá para querer que salga a la luz?, por cuatro personas que su vida es inesperada en estos momentos. Sin saber que hacer.
En la oficina se percibía la tensión, el paso del aire entre las miradas de desconfianza, de no saber quién podría estar armando tanto escándalo.
Y aunque todo esto pase, Amelia pensaba en una única cosa. En Edgar, en cómo sería su retorno tras estar seis meses en coma.
Cada vez piensa que se acerca más a la línea cercana a la muerte, antes que pensar que habrá otra oportunidad de ver de vuelta sus ojos abiertos.
La relación de amistad que tenían Henry y James en estos días se había dificultado.
No surgían palabras que solucionasen el tema, solo eran profundas y densas miradas que se clavaban como puñales en otros. Si algo ha cambiado entre ellos, era a peor.
Olivia intentaba mantener su esfuerzo en acabar ya con aquel caso que se hacía carga sobre cada uno de aquellos presentes en la oficina donde pasaban la mayoría del tiempo.
En cambio, el remolino de sentimientos internos y su preocupación por sus amistades y secretos familiares aun no desvelados era cada vez mayor, y nada podía servirle para olvidar todos sus pensamientos abrumadores, haciendo que sobre piense sin llegar a ninguna finalidad.
Entre todo aquel aire, se entretenían con seguir encontrando pistas del caso.
Henry buscaba entre documentos, carpetas...
Abrió una carpeta de color plateado, en la parte superior no le correspondía ningún nombre.
Fue pasando las hojas hasta llegar a un apartado que destacaba por haber una pegatina naranja en la esquina de aquella hoja.
La sacó de la carpeta cuando se cayó otra hoja al suelo simultáneamente.
Henry se agachó con rapidez a recoger la hoja caída, pero algo en ella lo detuvo.
No era una hoja común. Era más antigua que las demás, de un tono amarillento, con los bordes desgastados como si hubiera sobrevivido años escondida.
No tenía membrete, ni título, ni ningún tipo de firma visible. Solo unas líneas escritas a mano, con una letra apresurada pero elegante.
Frunció el ceño al leer:
Si todo sale como lo previsto, nadie tendrá que saber lo que hicimos en marzo. Duarte insistió en que el silencio era la única forma de protegernos a todos. Pero si llegas a encontrar esto, ya no hay vuelta atrás.
El corazón de Henry comenzó a latir con fuerza. ¿Protegerlos de qué? ¿Qué había pasado en marzo? ¿Qué tenía que ver Duarte en todo esto? Levantó la mirada, buscando a Olivia, que seguía revisando unos archivos al otro lado de la sala, ajena al descubrimiento.
Dudó unos segundos, pero luego guardó ambas hojas en su chaqueta. No estaba seguro de en quién podía confiar.
Mientras tanto, Amelia salió al pasillo. Necesitaba respirar. Cada pensamiento sobre Edgar se le clavaba en el pecho como un peso invisible.
Se detuvo frente a la ventana, mirando hacia la calle donde las personas seguían su vida, ajenas al drama que ellos vivían dentro de esas paredes.
Recordó la última vez que lo vio antes del accidente. Estaban discutiendo. Por una tontería, como siempre. Edgar se marchó enfadado, y al día siguiente recibió la llamada que cambiaría todo. Seis meses en coma. Y ahora, los médicos no le daban esperanzas claras.
Había un 10% de posibilidades de que despertara. Amelia vivía aferrada a ese 10%.
—No puedes irte así, Edgar... —susurró, conteniendo las lágrimas.
En el fondo de la oficina, Olivia cerró de golpe una carpeta. No podía concentrarse.
Los pensamientos sobre su padre no la dejaban en paz. Desde que descubrió que tal vez no había muerto en aquel accidente, todo su mundo se tambaleaba. ¿Y si alguien lo había hecho desaparecer? ¿Y si Duarte sabía más de lo que decía?
Sintió la necesidad de hablar, pero no con cualquiera. Se levantó y caminó directamente hacia James. Él estaba solo, apoyado en una estantería, mirando al vacío. Su amistad con Henry había sufrido demasiado, y no sabía cómo llevarlo a cabo.
—James —dijo Olivia en voz baja—, necesito contarte algo.
James asintió, como si hubiese estado esperando ese momento. Salieron al balcón que conectaba con la pequeña sala de descanso. Olivia miró hacia la calle y luego directamente a él.
—Encontré una foto vieja. De mi padre. Pero... fue tomada tres semanas después del día que supuestamente murió.
James no dijo nada, pero sus ojos se agrandaron. Olivia sacó el sobre que llevaba guardado desde hacía días y se lo entregó.
En la imagen, un hombre de cabello rizado sonreía frente a una tienda en Lisboa. La fecha era clara. Y junto a él, un hombre cuya silueta les resultaba demasiado familiar.
—¿Es Duarte? —preguntó James.
—Sí. Y no sé qué pensar.
Mientras tanto, en el centro del archivo, Henry había vuelto a la carpeta plateada. Esta vez encontró algo más: un pequeño sobre cerrado con lacre rojo.
Era raro encontrar algo así en plena era digital. Lo rompió con cuidado. Dentro, una tarjeta con una única palabra escrita:
Sótano.
Miró a su alrededor. Nadie más había visto el sobre. Guardó también eso en su chaqueta, sin saber si abrir la boca o seguir investigando solo.
De pronto, una alarma sonó. Era un mensaje en el canal interno de la oficina.
ALERTA: ACCESO NO AUTORIZADO EN ARCHIVO 4B. PUERTA FORZADA.
Todos se miraron. El silencio fue tan espeso como la incertidumbre. Alguien más estaba buscando algo... o intentando ocultarlo.
—¿Quién fue? —dijo James, en voz baja.
Henry, Olivia, Amelia... todos tenían secretos. Pero alguien entre ellos había cruzado una línea más peligrosa.
Y Duarte, aún en las sombras, parecía ser el eje de una verdad demasiado oscura como para ser revelada de golpe.