Susurros de cristal

35. LA VERDAD BAJO TIERRA

La oficina se sumió en un caos controlado. Las alarmas del acceso forzado al archivo 4B retumbaban con insistencia, hasta que alguien las desactivó desde el panel central.

Olivia y James se miraron de inmediato; sabían que ese archivo era de acceso restringido... y estaba bajo control directo de una sola persona: Duarte.

—No puede ser coincidencia —dijo Olivia, apretando el sobre con la foto de su padre—. Alguien quiere borrar pruebas.

Henry no dijo nada, pero ya caminaba hacia la puerta trasera del edificio. Tenía un presentimiento, uno que no podía explicar.

La palabra Sótano seguía repicando en su mente como una advertencia. Surgiéndole el pensamiento de que la persona que les encerró en el sótano podría haber sido él.

Bajó por las escaleras de servicio, donde la luz era casi invisible y el polvo del tiempo flotaba en el aire.

Nadie solía bajar allí. Solo los más antiguos recordaban que ese sótano fue cerrado tras un incendio en los años 90, el mismo año en que Duarte fue trasladado desde la división de inteligencia.

Al llegar al último peldaño, encontró la puerta oxidada entreabierta. Un leve chirrido le acompañó al empujarla. Dentro, el ambiente era frío.

En un rincón iluminado por una única lámpara colgante, había una figura sentada en una silla metálica.

—¿Duarte...? —murmuró Henry con incredulidad.

El hombre levantó la cabeza. Estaba despeinado, su camisa abierta por el cuello, y tenía una herida sangrante en la ceja.

No parecía el jefe controlado y frío que todos conocían.

—Pensé que nadie bajaría tan rápido... —dijo Duarte con voz ronca, mientras señalaba con la mirada una grabadora encendida sobre la mesa—. ¿Ya saben? ¿Encontraron los documentos?

Henry no respondió. Caminó hacia él con lentitud, en estado de alerta.

—¿Qué estás haciendo aquí abajo? ¿Quién te hizo esto?

Duarte soltó una risa amarga.

—Esto me lo hice yo mismo. Me golpeé contra el borde de la estantería cuando intentaba sacar esto... —sacó un archivador negro cubierto de polvo—. El expediente del caso "Marzo Rojo". El mismo que todos creen desaparecido.

Henry lo miró en silencio.

—Hace más de veinte años, Amelia, Olivia... incluso Edgar, sin saberlo, estaban marcados. Yo creí que esconder la verdad era protegerlos, pero alguien más ha vuelto... y no piensa hacer lo mismo.

—¿Qué verdad? —exigió Henry—. ¿Qué hay en ese archivo?

Duarte lo miró como si cargara con siglos de culpa.

—Tu padre, Henry... no murió por accidente. Fue asesinado. Y yo firmé el encubrimiento. Todos pensaron que fue un fallo técnico en su misión, pero fue una ejecución encubierta... para proteger un experimento que nunca debió existir. Uno en el que él mismo participaba. Uno... que ahora ha vuelto a activarse.

El silencio fue sepulcral.

—¿Qué experimento?

Duarte respiró hondo. Las luces parpadearon levemente.

—Proyecto Umbra. Era una iniciativa militar para desarrollar agentes con memoria fragmentada, capaces de guardar secretos... incluso de sí mismos. Edgar... él fue el primero.

Henry retrocedió un paso.

—¿Estás diciendo que Edgar no está en coma por accidente?

—Él no entró en coma. Lo forzaron. Porque estaba empezando a recordar cosas que nunca debió recordar.

Arriba, en la oficina, Olivia sintió un escalofrío repentino. Se giró hacia James.

—¿Dónde está Henry?

—Bajó hace unos minutos... ¿por qué?

Pero antes de que pudiera responder, la pantalla central de la sala se encendió sola. No mostraba datos, ni informes.

Solo un mensaje:

"PROYECTO UMBRA. REACTIVADO. 00:12:47"

Una cuenta regresiva acababa de comenzar.

Y ninguno estaba listo para lo que vendría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.