Susurros de cristal

38. LA BELLEZA DE NO PERTENECER

El sonido de pasos resonó en el parque silencioso. Era temprano, apenas un murmullo de ciudad nacía con la bruma de la mañana.

Henry y Olivia caminaron juntos, tomados de la mano, sus dedos entrelazados con la calma de quien ha sobrevivido al caos y ha elegido quedarse.

Se detenían a veces, mirando hacia los árboles, como si cada hoja escondiera un recuerdo liberado. Como si, por primera vez, el mundo les perteneciera sin condiciones.

—¿Estás lista para contarle? —preguntó Henry con voz suave.
—Sí —dijo Olivia, respirando hondo—. James merece saberlo. Y merece oírlo de mí.

Caminaron hasta la vieja glorieta, la misma donde, años atrás, se habían reunido en secreto mientras el Proyecto Umbra aún respiraba en las sombras. James ya estaba allí, sentado en la banca de piedra. El rostro cansado, más del alma que del cuerpo.

Se levantó al verlos llegar, pero no sonrió. La tensión en sus ojos hablaba más que cualquier palabra.

—Gracias por venir —dijo Olivia, soltando la mano de Henry por respeto al pasado.
—Supongo que sabía que este momento llegaría —respondió James, intentando sonar ligero. Pero su voz traicionaba la herida fresca.

Silencio.

—James... —empezó ella—. No hay una forma correcta de decirlo. Pero quiero que lo sepas por mí. Henry y yo... vamos a casarnos.

James bajó la mirada. No se sorprendió. Pero lo que duele no siempre es la noticia, sino el eco que deja.

—Lo imaginé —dijo—. Lo sentí en la azotea. Ese día... era como si el mundo se hubiera detenido para ustedes dos. Y yo... me quedé afuera. Viéndolo desde una ventana que nunca me abriste.

Olivia se acercó, genuina. No con culpa, sino con verdad.

—No fue porque no te viera. — dijo Olivia, sosteniéndole la mirada— Simplemente mi corazón no aprendió a amarte de la misma forma con la que tú me amaste a mí. Y eso no te hace menos, solo nos hace distintos.

James asintió. Con los labios apretados. El orgullo herido no peleaba por amor, sino por lo que nunca fue.

—No te culpo. Solo... pensé que, si todo terminaba, podríamos empezar algo. Pero hay historias donde uno solo fue una página. Y ustedes son el libro completo.

Henry se adelantó un paso.

—James... fuiste parte de esto tanto como nosotros. Nos salvaste más veces de las que dirás en voz alta. Si hoy tenemos paz, es también gracias a ti.

James lo miró. No con rencor. Solo con esa tristeza que se acepta porque ya no hay vuelta atrás.

—Espero que sean felices. De verdad. Pero yo... necesito alejarme. No porque los odie. Sino porque necesito encontrar quién soy...sin ustedes.

Olivia se acercó y lo abrazó. Fue breve, contenido. Un gesto de gratitud y cierre.

James sonrió con amargura, secándose con disimulo la humedad en sus ojos.

Y con eso, dio media vuelta. Caminó entre los árboles, dejando atrás los fantasmas, los besos que nunca fueron y las promesas que no necesitaban cumplirse.

En la glorieta, Olivia volvió al lado de Henry. Él la abrazó fuerte, sabiendo que el amor también se construye con los pedazos que duelen.

—¿Crees que nos odia? —susurró ella.
—No —dijo Henry—. Solo se odia lo que aún se espera. Y él... ya entendió que tú nunca fuiste su destino.

Se miraron. El sol empezaba a colarse entre las ramas.

Aquel momento, interrumpido por la llegada de un mensaje en el teléfono de Olivia. Lo encendió con un gesto usual y cotidiano.

Su mirada penetraba en la pantalla con una mezcla de sorpresa y dolor. Al apagarse la pantalla se veía el reflejo de su rostro sin saber qué decir.

— Isabella...




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