Era solo un bebé cuando todo comenzó. La ciudad que conocí, aquella hermosa Cincinnati, la que alguna vez fue mi hogar, ya no existe. Ciudad Blanca, el último bastión de lo que el gobierno consideraba civilización. Tenía cinco años cuando perdí a mis padres en el primer ataque, aunque no era un ataque cualquiera. No fue un bombardeo, ni una invasión. Fue una purga. Mis padres, ambos científicos, fueron sacrificados en nombre de una investigación que ni siquiera entendían. ¿Por qué? Porque sabían demasiado sobre lo que se estaba gestando bajo las sombras del gobierno.
Recuerdo las llamas que arrasaron mi casa, el calor abrasante que dejó una cicatriz en mi alma mucho antes de que marcara mi cuerpo. Cuando las ciudades cayeron, la mayoría de las personas desapareció. Muchos murieron en el proceso. Otros, como yo, fuimos "recogidos" por el gobierno para convertirnos en armas, en piezas de un juego cruel.
Desde el momento en que me hicieron el primer análisis, fui clasificado como Categoría III. No solo era una mutación de ADN, sino algo mucho más peligroso: era un guerrero. Un soldado creado para proteger lo que quedaba de Ciudad Blanca, un lugar que aún quedaba intacto, rodeado por enormes muros de concreto y metal, aislado del resto de las ruinas del mundo. Allí, los de Categoría II nos gobernaban, seres humanos perfectos, casi dioses comparados con lo que quedábamos los demás.
Fui asignado como Guardián. El gobierno, en su infinita arrogancia, decidió que era el destino de aquellos como yo: defender a los que aún creían tener el control. Era una vida de disciplina, de honor, de servicio. Pero todo eso se desmoronó cuando descubrí la verdad.
Viví con el magistrado Caius Arandis, un hombre de Categoría II, quien me adoptó cuando aún era apenas un niño, huérfano y solo. En su casa, fui tratado como un hijo, aunque nunca fui uno de ellos. Crecí entre lujos, rodeado de riquezas que nunca pude saborear de verdad. No era un niño como los demás. Mi cuerpo, diferente, mi mente entrenada para la guerra, y mis ojos, que siempre brillaban con una incomodidad que nadie comprendía. Caius me ofreció todo lo que un niño podría desear: comida, ropa, un lugar en la sociedad. Pero lo que nunca me ofreció fue la libertad.
Pero un día, algo cambió. Descubrí los informes, las pruebas, las grabaciones ocultas. Vi las sesiones de experimentación con niños, el comercio ilegal de recursos humanos, las traiciones entre los mismos líderes del gobierno. Todo era una farsa, y yo... yo había sido una pieza en su gran juego.
Fue entonces cuando entendí que Ciudad Blanca, en realidad, no era un refugio. Era una cárcel.
A veces me pregunto si hice lo correcto. Si al huir esa noche, realmente conseguí algo o si solo me estoy alejando de lo que podría haber sido una vida mejor. Pero una cosa es cierta: ahora soy dueño de mi destino, y no permitiré que nadie, ni el gobierno ni sus manipulaciones, me controle otra vez.
Pero esto... apenas comienza.