Susurros de magia

Cosas que se movían solas

El cielo apenas comenzaba a aclararse cuando Liam se detuvo frente a la puerta de la peluquería. Tenía los zapatos mojados, los dedos entumecidos y el presentimiento de que nada sería normal a partir de ese momento.

Respiró hondo. Recordó las palabras de Kai: “Si llegas tarde, no entras.”
Revisó su celular. 5:52 a.m. Bien.

Empujó la puerta. La campanilla sonó como la primera vez, pero esta vez algo se agitó en el aire, como si la peluquería lo estuviera reconociendo.
O juzgando.

—Puntual —dijo Kai desde el fondo, sin levantar la mirada del libro que leía.
Estaba sentado sobre la encimera, con una pierna cruzada y el cabello suelto, cayendo como tinta negra sobre los hombros.

—Buenos días —saludó Liam, algo incómodo.

—Eso aún está por verse —respondió Kai, cerrando el libro de golpe—. Ven.

Liam lo siguió por un pasillo estrecho que no había notado el día anterior. Era más largo de lo que parecía desde afuera. Pasaron por una sala con estanterías altas, frascos sin etiquetas, y un espejo cubierto con un velo azul oscuro. Cada objeto parecía susurrar con su propio silencio.

—¿Dónde estamos? —preguntó Liam, sin poder evitarlo.

—En la parte que no ven los clientes —respondió Kai—. Y no preguntes más de lo que estás listo para entender.

Se detuvieron frente a una puerta de madera tallada con símbolos que se movían como si respiraran.
Kai la tocó apenas y esta se abrió sola.

Dentro, una mesa larga con herramientas flotantes —cepillos, tijeras, peines— giraban lentamente en el aire, como si descansaran antes del trabajo.

Liam se quedó congelado.

—¿Eso es…?

—Magia —dijo Kai, con naturalidad—. No te desmayes. Hace desorden.

—¿Es una broma?

Kai lo miró.
—¿Tú qué crees?

Liam dio un paso atrás, pero el suelo pareció moverse con él, como si la habitación no quisiera dejarlo ir.

—¿Por qué me mostraste esto? —preguntó, más asustado que curioso.

—Porque ya no puedes volver atrás.

Liam lo miró con el corazón acelerado.

—¿Qué soy yo para ti, Kai? ¿Un experimento? ¿Un asistente o…?

Kai lo interrumpió con calma.

—Eres una pieza que el mundo mágico había olvidado. Y estás empezando a recordar.

Silencio.

Una de las tijeras flotantes se acercó lentamente a Liam. Él retrocedió instintivamente, pero la herramienta solo rozó su muñeca, y en ese contacto… una imagen fugaz cruzó su mente:
Una habitación ardiendo. Una mujer gritando su nombre. Una sombra. Un círculo de fuego.

Liam jadeó.

Kai lo sostuvo antes de que cayera.

—Tranquilo. Esas memorias no son falsas. Solo estaban dormidas.

Liam lo miró, atónito.
—¿Qué me hiciste?

—Nada aún. Solo abrí una puerta que lleva años esperando por ti.

Liam seguía respirando con dificultad. Lo que había visto —o recordado, o imaginado— seguía latiéndole detrás de los ojos.

—¿Quién era esa mujer? —preguntó, sin esperar respuesta.

Kai no respondió. Caminó hacia la mesa flotante y extendió la mano. Las tijeras volvieron a su sitio como aves obedientes.

—¿Por qué yo? —insistió Liam—. No tengo idea de nada. No sé hacer magia. No sé cortar cabello. Ni siquiera sé si desayuné hoy.

—No importa —respondió Kai, y en su voz no había compasión ni dureza, solo certeza—. El mundo mágico tiene sus propias formas de elegir.

Liam se quedó en silencio un momento, luchando consigo mismo. Pudo haberse ido. Nadie lo habría detenido. Pero recordó todos los lugares donde le habían dicho “no”. Las miradas que lo descartaban antes de siquiera escuchar su nombre.

Aquí, en cambio, no le habían pedido un currículum.
Lo habían elegido.

—Está bien —dijo al fin, con la voz áspera—. Me quedo.

Kai lo observó unos segundos, luego asintió con un gesto leve, como si ya supiera su decisión.

—Entonces empecemos.

Extendió una mano hacia el aire y de la nada surgió un pequeño libro, con tapas de cuero gastado y letras doradas que cambiaban de forma. Se lo ofreció a Liam.

—Hechizos básicos para asistentes mágicos —leyó él, en voz alta—. ¿Esto es en serio?

—¿Ves algún payaso? —replicó Kai, sin humor.

Liam lo abrió con torpeza. Las letras parecían moverse cuando no las miraba directamente, pero logró enfocar el primer hechizo:
“Ordo Luminis” — para encender luces sin manos.

—Solo tienes que imaginar la intención mientras pronuncias las palabras —explicó Kai, apoyado contra la pared—. Y no digas “Lúminis” como si fuera latín de secundaria. Pronúncialo como si lo dijeras desde el pecho, no desde la boca.

Liam tragó saliva. Se concentró en una de las lámparas apagadas.

—Ordo... Luminis.

Nada.

Kai arqueó una ceja.

—¿Lo dijiste con intención o con miedo?

—¡Lo dije con intención! —replicó Liam.

Kai cruzó los brazos.

—¿Seguro? Porque si sigues así voy a tener que contratar diez asistentes más solo para que limpien tu torpeza mágica.

—¡No soy torpe! —espetó Liam, molesto.

Y fue entonces que, sin pensarlo, sin técnica ni concentración, solo con rabia, gritó:

Ordo Purgo!

Una onda de energía salió disparada desde sus manos, recorriendo el lugar como un latido.
De inmediato, los estantes se alinearon.
El suelo se limpió solo.
Las herramientas regresaron a sus posiciones con precisión quirúrgica.
Hasta la campanilla de la entrada brilló como recién comprada.

Silencio.

Liam parpadeó.
Kai también.

—¿Qué... hice? —susurró Liam, aún con el brazo extendido.

Kai caminó lentamente hasta él, con una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero sincera.

—Felicitaciones —dijo—. Acabas de limpiar mejor que cualquier aprendiz que haya tenido.

—No sabía que podía hacer eso —murmuró Liam, aún temblando.

—Nadie lo sabe, al principio —Kai se giró hacia el mostrador y sacó una libreta negra de tapa dura—. Tu horario estará listo la próxima semana.




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