Susurros de magia

Algo despierta en el bosque

La tarde había caído con suavidad, tiñendo la peluquería de tonos ámbar. El sonido del agua caliente burbujeando en la tetera rompía el silencio, mientras Kai pasaba las páginas de un grimorio con los dedos envueltos en un suave brillo. Liam, sentado en la barra improvisada del rincón, lo observaba con la cabeza ligeramente ladeada. Había aprendido a reconocer cuando Kai estaba concentrado, cuando algo lo inquietaba… y hoy, sin duda, lo estaba.

Kai cerró el grimorio de golpe, haciendo saltar una pluma mágica del estante cercano. La pluma flotó por un momento, tornándose de un azul profundo a un púrpura intenso. Era una señal.

—Ese lugar... vuelve a despertar —murmuró Kai, apenas audible.

Liam frunció el ceño.
—¿Qué lugar?

Kai dudó. Sus ojos —fríos pero cargados de conocimiento— se cruzaron con los de Liam. Por un segundo, pareció meditar su respuesta, luego asintió para sí mismo.

—Ven. Necesito que me acompañes.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque esta vez... es distinto —respondió sin más, y tomó su capa colgada tras la puerta.

El bosque se extendía más allá del pequeño límite mágico que rodeaba la ciudad. No era un lugar prohibido, pero sí poco frecuentado. Desde el primer paso entre los árboles, Liam sintió algo extraño. No miedo, sino una presión en el pecho, como si algo en el aire lo reconociera. No lo dijo. Caminó junto a Kai, intentando no perder el ritmo.

El suelo crujía bajo sus pies y la luz apenas se filtraba entre las copas. Kai se detuvo junto a un claro irregular, donde la vegetación crecía torcida, con raíces marcando espirales en la tierra.

—Aquí es —dijo, y se arrodilló para tocar el suelo con la palma abierta.

Liam observó en silencio. Kai murmuró unas palabras en un idioma que parecía flotar en el viento. Entonces, algo se movió.

No fue un temblor, ni un sonido. Fue una visión. Como si el bosque los envolviera en un suspiro del pasado.

De pronto, Liam parpadeó… y ya no estaban solos. A su alrededor, una escena difusa se desplegó: personas en túnicas, una piedra central marcada con símbolos, cantos antiguos.

—¿Qué es esto…? —susurró.

Kai se puso de pie, alerta. Pero antes de que pudiera intervenir, Liam dio un paso adelante y tocó la piedra central, sin pensarlo.

Una imagen estalló en su mente.

Estaba en ese mismo bosque. Era un niño. La piedra brillaba. Una voz le decía:

"No lo olvides, el equilibrio te necesita."

Liam retrocedió, jadeando. El bosque volvió a ser el mismo.

—¿Estás bien? —Kai se acercó rápido, sujetándolo del brazo.

Liam asintió, confuso.
—Creo que… lo he visto antes.

Antes de que pudieran procesarlo, una luz surgió entre los árboles. Flotaba. Una criatura hecha de ramas y resplandor, como si el bosque hubiera creado su propio corazón viviente. Sin embargo, temblaba, inestable. Kai levantó una mano para conjurar un sello, pero la criatura estalló en chispas de energía.

—¡Atrás! —gritó.

Pero Liam, sin saber por qué, dio un paso al frente. Extendió su mano. La criatura se detuvo… y se calmó. Flotó unos segundos frente a él, luego se deshizo en un suave destello de luz.

Kai lo miró con asombro.

—Eso no fue magia… no convencional —dijo en voz baja—. Fue como si te escuchara.

Liam bajó lentamente la mano.
—No sé qué fue. Solo… sentí que debía hacerlo.

Caminaron en silencio de regreso. Kai miraba a Liam de reojo, su mente cargada de preguntas. Y, al mismo tiempo, había algo más en su mirada. No duda. Curiosidad… ¿o tal vez respeto?

Al llegar a la peluquería, Liam fue directo a lavarse las manos llenas de tierra. Kai preparó té para ambos, como si fuera su forma de ordenar el mundo.

Le sirvió una taza.

—Kai… —preguntó Liam, sin levantar la mirada—. ¿Tú crees que yo…?

Kai no respondió de inmediato. En vez de eso, le colocó la taza delante con suavidad.

—Creo que tienes mucho por descubrir.

Liam levantó los ojos. Kai lo miraba con una expresión tranquila, distinta. Era la primera vez que no parecía mantener una barrera invisible entre ellos.

Y entonces, sin más, Kai bebió un sorbo de su té, cerró los ojos… y por un instante, como un destello, una imagen cruzó su mente: la de una figura infantil frente a un grimorio abierto. Pero no era él. Era Liam.

La taza tembló apenas en su mano.

Y el capítulo se cerró, como una hoja soplada por el viento.




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