Susurros de magia

El nacimiento de Lysan

La luna se ocultaba tras nubes de ceniza mágica. El mundo que conocían ya no era el mismo.

Kai avanzaba a paso firme, seguido por Eloy y Nerea. A su alrededor, la naturaleza parecía haber mutado: árboles torcidos que susurraban lenguas antiguas, el suelo vibrando como si respirara, y criaturas extrañas observando desde la oscuridad.

—Todo está… roto —susurró Nerea, mirando el cielo rajado en luces doradas.

—No está roto —corrigió Kai, sin detenerse—. Está... desatado.

Desde que había despertado, un único pensamiento cruzaba su mente: Liam. Su rostro, su voz, su risa. La imagen de su cuerpo sin corazón, sostenido por magia negra. Todo por mi culpa, se repetía una y otra vez.

—¿Y si ya es tarde? —preguntó Eloy, con la voz temblorosa.

Kai se detuvo. Cerró los ojos. Y por primera vez desde que despertó, sintió la magia de Liam. No solo la semilla... algo más, algo profundo, latente, dormido. Una esencia enterrada que no fue destruida con su corazón, sino oculta.

Kai alzó la mirada.

—Liam dejó algo atrás.

Entraron en las ruinas del bosque prohibido, donde las raíces se cruzaban como brazos. En el centro, sobre un pedestal cubierto de polvo mágico, descansaba el grimorio de Liam, abierto en una página que nunca antes había visto.

Era un círculo de invocación antiguo, sin traducción. Pero el nombre al centro, escrito con letras vivas, palpitaba:

“Lysan”

—¿Una criatura? —preguntó Nerea.

—No... un fragmento de Liam —respondió Kai, apoyando la palma sobre el símbolo.

Las hojas del grimorio ardieron en dorado. La tierra tembló. El viento sopló con un canto gutural. Un destello azul surgió del suelo, y de él… emergió una figura pequeña, flotante.

Una criatura de no más de medio metro, con cuerpo brillante como cristal líquido, orejas alargadas y ojos tan profundos como los recuerdos olvidados.

—¿Quién me llama...? —preguntó con voz suave y múltiple, como si hablara con todas las edades del tiempo.

Kai cayó de rodillas. No por debilidad, sino por reverencia.

—Eres… parte de Liam, ¿no es así?

La criatura giró su cabeza lentamente.

—Lysan soy. El eco que la semilla escondía. Su magia fue su prisión. Yo... su guardián. Su otro latido.

Eloy dio un paso adelante, asombrado.

—Entonces, Liam... nunca fue débil.

—Nunca —respondió Lysan—. Pero su esencia era tan poderosa... que fue sellada antes de nacer. Solo ahora, liberado el mundo, yo puedo existir.

Kai respiró hondo. Por primera vez, vio un camino claro.

—¿Puedes llevarnos hasta él?

Lysan bajó la cabeza, como si lamentara lo que estaba a punto de decir.

—Puedo llevarlos… cerca. Pero para llegar a él, deberán atravesar la fractura del origen: el portal de las raíces.

—¿Dónde está eso? —preguntó Nerea.

—Donde comenzó todo —susurró Kai—. El altar.

—Y allí estarán ellos —añadió Lysan—. Elira. Rowen. Y...

Su voz titubeó.

—...el dios que duerme.

Antes de partir, Kai tomó el grimorio. Lo abrió en otra página… y vio algo que le detuvo el corazón.

Una nota, escrita con la caligrafía de Liam:

“Si estás leyendo esto, y yo ya no estoy…
...no llores por mí. Solo encuentra lo que fui. Porque aún sin corazón... sigo recordando tu nombre.”

Kai cerró el libro con fuerza. Una lágrima rodó por su mejilla, pero no se detuvo.

—Vamos a traerlo de vuelta —dijo con firmeza.

—¿Y si él ya no es él? —preguntó Eloy.

Kai miró al cielo partido en luces.

—Entonces... haré que lo recuerde.

Y así, con el mundo transformándose a su alrededor, con criaturas mágicas naciendo de nuevo, con el pasado y el futuro colapsando en uno solo, el grupo emprendió el viaje final hacia el altar del origen.

Y a su lado, flotando con un brillo ancestral, iba Lysan, el fragmento perdido de Liam... la chispa de esperanza que aún ardía.




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