Susurros del alba

Prólogo

Eos recordaba aquella noche.

Las dos hermanas compartían el mismo cielo, algo que ocurría cada vez menos. Selene se detenía apenas unos instantes en el horizonte antes de que el amanecer la borrara.

—¿Sigues pensando en él? —preguntó Eos.

Selene sonrió. No preguntó a quién se refería.

—Siempre.

—¿Y no temes lo que vendrá?

Selene miró hacia abajo, hacia la tierra oscura donde los mortales dormían.

—Temo no haberlo amado lo suficiente —dijo— Eso es lo único que temo.

Eos guardó silencio. Luego:

—Yo nunca he amado así.

—Aún no —respondió Selene.

—¿Cómo sabes que lo haré?

Selene la miró a los ojos. Su luz plateada tembló un instante.

—Porque todas las que brillamos en la oscuridad —dijo— tarde o temprano, queremos que alguien nos vea.

El amanecer llegó. Eos tuvo que irse. Selene también.

Ninguna dijo adiós.

Eos recordaba aquella noche. Y mientras abría las puertas del alba, se preguntaba si Selene había tenido razón.

Si ella también, algún día, querría que alguien la viera.




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