Sábado o jueves, daba igual. Despertar a las siete de la mañana, para las ocho el desayuno y a las diez encender la computadora, siempre después de cepillar a Mazapán. Ese día en particular, y tal vez porque estaba nublado, la gata gris no tenía interés en ser acicalada. Maulló con rebeldía y se revolvió en los brazos de Yuly que, en un sorpresivo giro, decidió dejarla libre, para luego verla bajar al suelo de un salto sin mucha gracia.
—La edad te ha puesto gruñona, ¿eh? —dijo la joven. Luego sonrió, inundada de ternura.
Con paso de diva en decadencia, que no se opacaba ni con la avanzada ceguera que mermaba su vista, Mazapán se paseó por entre los muebles del recibidor y ubicó, en el sillón individual de tapizado floreado, el lugar ideal para escapar de las atenciones de su dueña. Esta se rindió y se preparó para iniciar el día laboral; ocho horas exactas de trabajo frente a la pantalla, incluido un descanso de hora y media para la comida de las dos de la tarde.
Sin embargo, el timbre estridente rompió la tranquilidad. Yuly pensó en ignorarlo; de hecho, lo hizo durante minutos, hasta que la persona en la puerta demostró que no pensaba rendirse. Ante la tardanza, la impertinente visita comenzó a llamarla, asumiendo que era la mejor forma de captar su atención.
—¡Yuly! ¿Estás ahí? —preguntó el hombre.
Esa voz inconfundible la obligó a exhalar con hastío. Hacía mucho que no lo veía, casi lo había olvidado, pero, apenas un mes antes, había recibido algunos mensajes de voz que le refrescaron la memoria. Se arrepintió de no haber respondido al menos a uno de los tantos intentos de comunicación, se habría ahorrado el tenerlo en ese momento del otro lado de la puerta.
—Hola, tío —saludó con desgano, luego de abrir la puerta y asomar medio rostro por ella.
Rubén recibió el saludo con una sonrisa ancha y de dientes manchados por el cigarro. Sin prestar atención a la actitud poco afable de su sobrina, aguardó a que ella sola terminara de asomar. Cuando lo hizo y por fin la tuvo enfrente, la rodeó con los brazos y la inundó de aroma a tabaco y cuero. Ella se tensó, no porque le desagradara, sino por lo lejano de la última vez que recibió un gesto así.
—Pequeña demonio, me tenías preocupado. ¿Sabes lo que llevo intentando comunicarme contigo?
Yuly aguardó a que se separara. Entonces, pudo verlo mejor y darse cuenta de las arrugas que rodeaban unos ojos profundos bajo tupidas cejas. El cabello, antes negro, ya mostraba algunas canas naciendo de la frente y las patillas, pero el pendiente en la oreja derecha parecía un recordatorio de que, alguna vez, ese hombre imponente fue un joven rebelde.
No podía negar que la apariencia de Rubén podía captar todavía alguna mirada femenina; con esa aura de motociclista de carretera sostenida en un chaleco de piel y unas botas Harley Davidson. Bajo el brazo llevaba un paquete y, en los pantalones de mezclilla desgastados, las llaves de su caballo de acero; como solía llamar a la hermosa y alterada CB750 que montaba.
—Pasa.
La invitación amplificó la alegría que emanaba de él. Lleno de confianza, al saberse bienvenido, se sentó en el sillón que encontró desocupado. El más confortable lo ocupaba Mazapán, y Rubén sabía que aquella gata era intocable. Lo aprendió a la mala varios años atrás, cuando el felino le dejó una marca en el brazo izquierdo que le duró dos semanas. En aquella ocasión, Yuly lo miró temerosa, como si él fuera capaz de hacerle daño en venganza; eso le apretó el corazón.
Desde el sitio ocupado, Rubén dio un vistazo a los alrededores de aquel hogar acogedor. En esos escasos metros cuadrados había de todo: una colección de cámaras fotográficas antiguas en el estante junto a docenas de libros, plantas, una mesa para dos y muchas más curiosidades a su medida, cada una en el lugar indicado para contribuir con la armonía del lugar.
—¿Te teñiste el cabello? —preguntó lo obvio para iniciar una conversación.
Conocía la preferencia de la Yuly adulta por permanecer en silencio. Había dejado de parecer el cervatillo destrozado que se quedó huérfano, ese que vio por primera vez hacía tantos años. También quedó atrás la adolescente que luchaba por encontrar un sitio en el mundo.
Frente a él estaba una ninfa contemplativa que, aunque se refugiara tras el escudo de la soledad, no podía evitar las miradas de admiración de quienes la observaban. El tono rosado de su cabello, junto con el corte por encima de los hombros, en lugar de desentonar, realzaba el equilibrio de su rostro de grandes ojos, cejas bien delineadas y piel luminosa. Llevaba un par de piercings en cada oreja, y la blusa que dejaba sus hombros al descubierto permitía ver parte del rostro de Mazapán, recién tatuado en el lado izquierdo de su pecho.
Había pasado tres años desde la última vez que compartió tiempo con ella; lo embargó la sensación de que había pasado una eternidad.
Las circunstancias de su reencuentro no fueron las que hubiera querido: él había estado viviendo fuera de la ciudad y al volver, le fue imposible localizar a Yuly. Más tarde descubrió que se había mudado tiempo atrás de casa de su otro tío, hermano de Rubén, y fue una casualidad que se encontraran ese dos de noviembre, al visitar ambos la tumba de su hermana, que también era la madre de Yuly.
Ahí mismo intercambiaron números de teléfono. A regañadientes, la joven le había dado su dirección; Rubén podía ser muy insistente. A cambio, la había invitado a comer. Para él fue sorprendente lo diferente que estaba, era como si fuera otra persona. A diferencia de aquella adolescente con la que se encontró en su anterior visita, esta vez ella no le dijo mucho, y él respetó su silencio.
#1367 en Novela contemporánea
#4956 en Novela romántica
resilencia, amistad amor ilusion tristeza dolor, familia amor dolor esperanza orfandad
Editado: 11.10.2026