Susurros del ayer

2. Malas noticias

La visita de Rubén la extenuó. Aquel día no cumplió con ninguno de los objetivos laborales planeados.

La olla no la tocó. Por las siguientes semanas, la dejó en la misma mesa donde su tío la puso. El objeto desprendía un aura extraña, que de alguna manera alteró el entorno del departamento, como si gritara por la atención de Yuly. Ante la imaginaria exigencia, ella decidió ignorarla.

Mazapán tampoco fue inmune al cambio, se quedaba quieta cerca del barro y soltaba un maullido peculiar. La sensación de que se comunicaban le causaba escalofríos a Yuly, aumentando el deseo de tirar aquel objeto por la ventana. Sin embargo, no lo hizo. Su tío Rubén le había dicho que para su madre había significado mucho, era suficiente para conservarla aún en contra de su voluntad.

Durante las noches solitarias tras la visita de su tío, soñó mucho con cuadros de su infancia. Hubo mañanas en que despertó llorando sin saber el motivo, con la sensación de que había perdido mucho.

Tiempo después, logró recuperar su rutina, olvidándose de su tío y la olla que llevo con él. Las noches tranquilas regresaron. Acababa de lavar los platos de la cena y la mesa estaba limpia. Afuera, los ruidos se reducían al motor andando de unos cuantos automóviles circulando la avenida. Era hora de dormir. Solo le restaba asegurarse de que Mazapán hubiera podido acabarse la suya; la gata solía comer con pausas de por medio, y Yuly no dormía tranquila si no veía que consumiera al menos la mitad.

No obstante, el sonido de su celular rompió su burbuja. Miró frustrada la pantalla. El nombre que apareció causó que un mal presentimiento enfriara la parte baja de la nuca de Yuly. Esa persona nunca la llamaba en fin de semana y mucho menos a esa hora, no podían ser buenas noticias.

—Dime Lorena —respondió, esforzándose por ser amable.

—Yuly... Estoy en el hospital —dijo la voz trémula al otro lado. Se notaba cansada y con una angustia aguda en cada respiración.

—¿Qué pasó?

—Es mi bebé, puedo perderlo. Tendré que quedarme aquí unos días.

Yuly se quedó sin habla; no había palabras adecuadas para acompañar una noticia así. Recordó por qué odiaba los funerales, nadie sabe qué decir y aun así lo hacen; a veces, incomodando más de lo que consuelan.

Lorena era su socia, la administradora de la empresa en la que ambas invirtieron energía y recursos que, de a poco, rindieron frutos. Aquel era el primer bebé de la mujer y lo esperaba con ilusión. Ningún riesgo valía la preciada vida del pequeño. Incluso, una joven solitaria como ella lo entendía.

Después de lanzar un largo suspiro, Yuly logró hablar.

—¿Puedo hacer algo por ti? ¿Quieres que vaya?

Repelía los hospitales y los malos recuerdos que instauraron; en la fría habitación de uno, en medio de olor a lejía y alcohol, fue que vio el mundo desmoronarse tras la muerte de su madre.

—No te preocupes, mis padres y Julio están conmigo. —Hizo una pausa y una trémula respiración viajó por la línea telefónica—. Solo tengo cinco meses, es muy pronto para que nazca. Tienes que encargarte de mi trabajo. Ya envíe mensajes a todos, el lunes te esperan en la oficina.

No, pensó Yuly. Negó con la cabeza, aunque Lorena no la viera. No era posible que le pidiera aquello. Había sido clara al asociarse con ella: no quería, bajo ningún motivo, tener que presentarse en la empresa. Ella haría el trabajo mientras Lorena sería la encargada de liderar al personal y ser la cara de su emprendimiento.

—Pe… Pero… Yo.

Decenas de escenarios fatalistas inundaron su cabeza. Otra prolongada e intempestiva ausencia de respuesta aumentó sus pulsaciones. Un pitido, molesto y agudo, vapuleó sus oídos. No era real, era su cuerpo. El aire dejó de ingresar en los pulmones de Yuly y una opresión expansiva se adueñó de ellos, silenciándola. Abrió la boca para intentar inhalar, provocando que los jadeos del esfuerzo inútil y entrecortado alertaran a Lorena.

—¡Yuly! ¿Estás bien? Responde, por favor. —La urgencia se apoderó de Lorena—. Necesitas respirar. Escúchame bien. Solo será por un tiempo. Karen va a ayudarte a encontrar un sustituto idóneo —dijo, temerosa de haber provocado un daño irreparable—. Sé que nuestro acuerdo es otro, pero te necesito. Por favor, Yuly.

Lorena la necesitaba, y también Mazapán.

La gata llegó a su lado, guiada por la pertinencia del instinto animal. Yuly sostuvo la espalda contra la encimera de la cocina y se deslizó lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Con los dedos temblando, acarició la cabeza felina con la mano izquierda, asiéndose a la relajante sensación, mientras con la otra seguía aferrada al teléfono.

Tras largos y agónicos segundos, un hilo de oxígeno se abrió paso. Lorena no había dejado de llamarla.

—Lorena, no puedo. No me hagas ir —rogó, con los ojos y el alma bañados de agua salada.

—Sí puedes. Karen y los chicos son muy amables, te ayudarán en todo momento. Ya verás, pronto te adaptarás. Puedes hacerlo, confío en ti.

A pesar de estar atravesando su propia tragedia, Lorena hizo un ejercicio de comprensión hacia Yuly. La había conocido años atrás, mientras buscaba en bolsas de trabajo en línea un talento para reclutar. Se encontraba concretando un proyecto y requería de un profesional en el área de desarrollo de software calificado y comprometido.




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