Cambios, nuevas situaciones, de lo que Yuly huyó por años, estaba sucediendo frente a sus ojos. Eventos arrastrándola sin que pudiera resistirse.
La noche del domingo fue la más difícil pues, pese a que la migraña había cedido, tuvo dificultades para conciliar el sueño. Intentó lo que aprendió con su terapeuta: tomó una ducha tibia y luego respiró hondo en repetidas ocasiones, inhalando el aire por la nariz en tanto contaba cuatro segundos para luego expulsarlo por la boca en otros cuatro. Las respiraciones ayudaron, pero, al final, tuvo que recurrir a las cápsulas de rhodiola que guardaba celosamente en el cajón de su mesa de noche.
Considerando lo que le costó dormir, se asombró cuando el lunes por la mañana despertó aliviada y sin rastro de cansancio.
Recordó tener un sueño reconfortante: alguien la había visitado, vio su silueta sentarse con suavidad en el borde de la cama. Había sentido una caricia en el cabello y un palmeo tierno en la espalda, como cuando las madres quieren consolar a sus hijos después de una caída. Para ella fue tan real que la liberó del agobio. Aunque aún no se sentía capaz, sí tenía el ánimo suficiente para cumplir la petición de Lorena y acudir a la oficina.
Ideas y Soluciones Creativas se encontraba en el segundo piso de un edificio comercial en el centro de la zona metropolitana. Era un lugar de fácil acceso con muy poco estacionamiento. No tenía las mejores instalaciones, no obstante, el alquiler era bajo en comparación con el resto de las propiedades y les permitió establecerse en tanto su emprendimiento prosperaba.
Yuly no conducía, así que debió tomar el autobús y caminar varias cuadras con sus audífonos puestos. Pink Floyd llevó paz a través de sus notas; la música de la icónica banda era un gusto heredado de su mamá que la hacía sentirse acompañada por ella.
Al llegar a su destino, se quedó de pie en lo que terminaba de reproducirse la última canción del disco. Era temprano, o eso le dijo la hora en el reloj, por lo que decidió ir con calma. Vio varias personas ingresar y respiró en repetidas ocasiones esperando el momento adecuado.
En la oficina, Karen ya estaba sentada detrás del escritorio y se disponía a encender la computadora. Desde su comienzo en la pequeña empresa, había adoptado la costumbre de ser la primera en llegar. No quería perder tan buen hábito, aunque Lorena no estuviera.
Había recibido la llamada de la administradora el fin de semana, junto a la explicación de la situación y la petición de que apoyara a Yuly en todo lo que necesitara. Ella no tenía problema con eso, se sentía capaz de trabajar con cualquiera por más especial que fuera esa persona. Y, por lo que sabía, Yuly lo era. Ignoraba en qué medida, su conocimiento de la situación se limitaba a las pláticas donde Lorena le había confiado que su compañera se sentía incómoda entre la gente y por eso prefería trabajar desde casa.
Suponía que para una persona así lo adecuado era no ser demasiado efusivo, nada que pudiera confundirse con invasión. Seremos discretos se prometió. Sin embargo, recordó lo difícil que sería cuando, minutos más tarde, entraron Hugo y Martín. Iban hablando en voz alta acerca de la noche anterior; habían ido de fiesta y contaban las anécdotas más notables. Martín había perdido la oportunidad de salir con una chica simpática, y su compañero no dejaba que lo olvidara.
El sitio era amplio. Lo suficiente para que los escritorios de cada uno estuvieran separados y los tres empleados se sintieran cómodos. Según Lorena, la creatividad no podía darse sin comodidad. De todas formas, ninguno tenía pensado acomodarse pronto en sus lugares, por más confortables que fueran.
Apenas estuvieron dentro, se apostaron a cada lado del escritorio de Karen.
—Buenos días —dijo ella, sin dejar de revisar la bandeja de entrada del correo electrónico.
—¿Cómo sigue Lorena? —exigió Hugo, el más joven de los dos.
Una sonrisa simpática y de dientes blancos era su principal motivo para sentirse seguro. Karen lo vio de reojo, como hacía cada mañana, para luego recordarse que la juventud tiene de hermosa lo mismo que de imprudente.
—Parece que en tu casa no te enseñaron a saludar antes. Llegas como si hubiéramos dormido juntos —respondió con falso desdén.
Martín soltó una risotada mientras Hugo hacía una mueca de descontento.
—Lorena está mejor y su bebé fuera de peligro. Pónganse a trabajar que debe estar por llegar la jefa misteriosa —agregó Karen, negándose a prestar atención a la dinámica burlesca con la que sus dos compañeros solían fastidiarse mutuamente.
—Antes explícanos cómo trabajaremos ahora. Lorena nos llamó anoche, pero no nos dijo gran cosa. —Hugo no pensaba desistir, se colocó detrás de la mujer y comenzó a masajearle los hombros—. Si nos dices te vas a ganar el mejor masaje de tu vida.
—Hazte para atrás niño: estoy casada —exigió ella, sacudiéndose las manos ajenas de encima. Muy agradables, pero no lo suficiente para hacerla hablar.
—Bien que puedes decirnos algo —terció Martin, igual de curioso.
Era el novato del equipo, a pesar de ser tres años mayor que su compañero. Contrario a él, no recibía tanta simpatía de Karen. La mujer le dedicó una mirada dura de cejas fruncidas en el centro. Después recorrió los rostros jóvenes de ambos como quien busca señalar la peor falta sin palabras. Siendo la de mayor edad, sentía el deber de poner orden. También estaba acostumbrada, con tres hijos y un esposo que cooperaba poco en casa, no tenía más remedio que actuar parecido a un sargento.
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Editado: 11.10.2026