Los siguientes días hicieron recordar a Yuly porque prefería la soledad de su hogar. Aunque no tenía dificultad para despertarse temprano, el traslado era una tortura. Enfrentaba desde el aglutinamiento del trasporte público, con sus roces accidentales, hasta las sonrisas forzadas e intentos fallidos de plática de las personas.
A pesar de sus intentos de ser dejarles claro que prefería no hablar, había quienes insistían en buscarla, tal era el caso de la señora que preguntó una y otra vez dónde se había teñido el cabello. O aquella niña que no dejaba de sonreír, ofreciéndole las galletas que comía pese a sus reiteradas negativas.
—Es como un hada —dijo la pequeña a su mamá.
Yuly tuvo que admitir que aquello era nuevo, una dulce caricia otorgada por un alma pura. Antes la habían catalogado de muchas maneras, pero nunca de algo parecido. Al final, la niña desistió y la madre, al notar la decepción en el semblante de su retoño, lanzó a la joven lo que debió ser la menos amigable de las miradas.
Para cuando llegaba a la oficina, estaba tan fastidiada de olores corporales, comentarios impertinentes y el caos de la calle, que se encerraba en la sala de reuniones y, por el resto del día, solo se dedicaba a intentar continuar con su trabajo. Pero estar ahí mataba la creatividad. Las horas transcurrían y era difícil concentrarse. Lo peor era cuando Karen tocaba a la puerta para recordarle que sus obligaciones iban más allá de enfocarse en el diseño de los proyectos.
Antes valoraba las habilidades de Lorena, pero estando en su lugar supo lo imprescindible que era su socia. A ella no se le daba bien atender llamadas de clientes ni de cualquier otra persona que exigiera hablar con quién estaba a cargo, tampoco podía aparentar un interés en sus compañeros de trabajo que estaba lejos de sentir.
Conocía de sobra la manera en que Lorena manejaba la oficina y no sabía cómo seguir en la misma línea. Su socia era una líder innata; a pesar de sus responsabilidades, siempre tenía tiempo para planear actividades motivacionales para los escasos empleados y para convivir con ellos. La ausencia de la mujer comenzó a sentirse en el ambiente tirante creado por los silencios prolongados, las charlas en voz baja y las miradas furtivas que seguían sus movimientos.
Ante eso, lo mejor que pudo hacer fue tratar de ser invisible.
Día tras día, llegaba a la oficina antes los demás y se iba después de que el último saliera. Continuó comunicándose con ellos a través de correos electrónicos pese a estar a unos escasos metros. De alguna manera debía soportar hasta encontrar un buen reemplazo para Lorena. Por desgracia, la búsqueda estaba llevando más tiempo del que planeó. Resignada, decidió sobrellevar el mes en tanto se preparaba para la prolongación de su estancia.
Por fortuna, logró cumplir el objetivo de interactuar lo menos posible una vez que pudo ganarle a Karen, quien por alguna razón insistía en llegar faltando veinte minutos para la hora de entrada, obligándola a arribar al menos media hora antes.
Encontrar la oficina vacía logró infundir valor y fuerza para soportar el resto de la jornada.
Sin embargo, eso cambió una de tantas mañanas. Al entrar, sus ojos se cruzaron con la figura de Hugo. Se encontraba concentrado en lo que hacía en la computadora, así que tuvo la esperanza de que no notara su presencia. No tenía ánimo para una indeseable conversación matutina, y estaba segura de que lo sería para ambos. Podía imaginar lo que el joven pensaba de ella gracias a las sesgadas opiniones de sus amigos. Por su parte, no había reparado mucho en él desde el incidente del primer día.
Hugo era bueno en su trabajo, aunque bastante descuidado; a menudo cometía errores que para ella eran imperdonables en un profesional comprometido. No obstante, tampoco podía negar que tenía talento para la parte visual y su estilo de trabajo complacía a los clientes. A estos últimos lograba comunicarse con facilidad, entendiendo lo que necesitaban y traduciéndolo a información útil. Las cosas eran asequibles para los chicos atractivos; él era la mejor muestra.
—Buenos días —dijo el joven a su espalda cuando ya casi lograba acceder a la sala de reuniones.
Vete, ignórame, pensó en tanto se daba media vuelta.
Él estaba de pie frente a ella.
Se acercó tan rápido que no le dio tiempo a Yuly de intentar poner distancia. Su cuerpo no reaccionó mientras la fragancia del joven inundaba su nariz. Era un aroma agradable en comparación con los respirados en el autobús. Aun así, deseó que ese metro que los separaba se volviera el triple.
—Hola —respondió sin entusiasmo—. ¿Necesitas algo?
Preguntó por pura cortesía aprendida y poco practicada desde hacía tiempo, rehuyendo los ojos sobre ella. Sentirlos encima le comprimió todo dentro.
—No. Solo quería darte esto. —Hugo extendió hacia ella un sándwich envuelto con mucho cuidado y una malteada en un vaso para llevar de algún negocio.
La extrañeza en el gesto de Yuly lo hizo carraspear, nervioso.
—Cada quincena le toca a uno de nosotros comprar el desayuno para todos y como no sé qué te gusta, te traje algo ligero.
—Desayuné en casa.
—Puedes guardarlo para más tarde
—No es lo que suelo comer.
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Editado: 11.10.2026