La oscuridad del recinto devoraba la luz de las antorchas colgadas en las columnas, incapaces de iluminar más allá de su tenue resplandor. Al final de la amplia habitación rectangular, una estructura se alzaba en la penumbra: una plataforma circular sobre la cual emergía la mitad superior de un anillo metálico de nueve metros de diámetro.
En su superficie, de un dorado blanquecino, estaban incrustadas gemas dispuestas en perfecta simetría. Dentro de cada blanca gema se encerraba lo que parecía ser una galaxia negra en lenta espiral, como si el infinito estuviera atrapado en su núcleo.
Entonces, el portal se activó. Las gemas revirtieron sus colores en un parpadeo y empezó a escurrirse un líquido de ellas, guiado por canales internos del anillo el líquido viajó hasta gotear dentro del espacio del semi anillo provocando que naciera un vórtice radiante, un remolino de agua luminosa que creció hasta devorar la penumbra circundante, con suficiente fuerza lumínica para alejar la oscuridad del lugar.
Al poco tiempo después un grupo de personas lo cruzó, se encontraban perfectamente secas a pesar de haber atravesado una superficie liquida: sus ropas, su piel pálida, o incluso sus maletas y mochilas de viaje no tenían una sola gota del líquido que formaba el portal. Los tres se quedaron de pie sobre la plataforma un momento, esperando algo, algo que no parecía que fuera a llegar.
A sus espaldas las gemas incrustadas retomaron sus colores originales, dejaron de gotear y el vórtice se cerró. El agua brillante se desvaneció reduciendo a nada las alargadas sombras de las dos mujeres y el muchacho, dejándolos en medio de la oscuridad. Algo que no era ningún problema para ellos que podían ver en la oscuridad.
En la mente del joven todavía persistía la imagen de lo último que vio antes de cruzar el portal, al grupo de chicos gemelos pellirrojos con un aroma horrible y el otro de cabello gris y ojos heterocromáticos. No obstante, antes de tener algún pensamiento más relacionado a ellos todo en su mente quedó en blanco un momento. Una muy fuerte sensación de frio lo llenó, caló al interior de su cuerpo muerto hasta llegarle a los huesos.
—Por deus —se quejó cruzando los brazos y frotándolos con fuerza, el vaho se formaba con densidad al salir de su boca—. Enserio hace demasiado frio aquí.
Una de las mujeres bajó un poco la mirada para verlo. —Sí, los Eispraktor del otro lado nos lo advirtieron. Este planeta es muy frio —le recordó. La alta mujer llevaba puesta más ropa de abrigo, una bufanda y gorros de lana; y aun así su cuerpo también temblaba por la baja temperatura.
—Lo sé, pero no pensé que sería para tanto —contestó. Fue el primero en tomar la iniciativa y avanzó por la plataforma hasta llegar a unos escalones para bajar un poco, las dos mujeres no tardaron en seguirlo por detrás.
—Recuerdo que dijiste que apenas tienes cuarenta años de haber sido transformado —agregó sonando algo preocupada—. Sin poder regular la temperatura de tu cuerpo debes sufrir más este clima ¿Quieres que te preste algo de ropa de abrigo que traje? —preguntó buscando algo en su mochila de viaje.
Una vez fuera de la plataforma, el muchacho de cabello rizado y oscuro giró la cabeza en todas direcciones, inspeccionando el lugar. La habitación en la que se encontraban era en realidad el interior de una vasta cueva, cuyas paredes y techo conservaban la rugosidad de la piedra natural. Sin embargo, el suelo había sido cubierto con elegantes baldosas, y entre las formaciones rocosas se alzaban pilares esculpidos y otras decoraciones que daban al sitio una apariencia majestuosa.
—Como siempre, el lugar es impresionante… pero ¿por qué no hay nadie? —murmuró con fastidio, intentando frotarse con más fuerza para generar más calor—. Debería haber Xenodakos para recibirnos.
Se giró hacia la mujer de gesto amable y, con una expresión de resignado teatral, extendió una mano de uñas pintadas de negro. —Ya que no hay nadie para ofrecerme abrigo, aceptaré el tuyo, por favor. —Tomó el grueso manto de lana y se lo colocó sobre los hombros. No sintió ninguna diferencia; el frío parecía filtrarse a través de la tela sin piedad. Aun así, era mejor que nada.
La mujer de labios delgados tenía la uniceja fruncida, analizaba con más cautela todo su entorno. —Es verdad, no hay Xenodakos ni Propylaktos. Algo raro está pasando aquí.
De repente escucharon una voz masculina generar un eco en el lugar. —Parecen muy inteligentes, van a ser perfectos. —Desde la otra punta del cuarto el sonido de pasos retumbaba con fuerza, no eran los de una sola persona, sino que de dos.
Los tres viajeros que acababan de llegar se pusieron en posición defensiva de inmediato. —Será mejor que te detengas a menos que quieras lamentarlo —dijo la otra mujer amable ya sin sonar tan amigable, con su nariz puntiaguda apuntando a las figuras que se acercaban.
—No importa cuantas décadas o siglos lleven transformados, creo que les será difícil enfrentarse a mi compañera —soltó la voz llena de confianza defendiéndose a varios metros. A pesar de que podían ver en la oscuridad sin problemas una fuerte fuente de luz emanó, terminando de dejar en claro algo que les resultaría obvio a los viajeros.
Quien acompañaba a la voz masculina era una mujer, rodeada de una nube rosada y brillante que parecía emanar un frio incluso mayor al del ambiente. Los Eispraktors del otro lado les advirtieron a los viajeros sobre ella, estarían bien mientras no se metieran en problemas y se la cruzaran, pero ahora la tenían en frente.
—¡Tu! ¿Eres la responsable de que no haya nadie más aquí? —le recriminó la mujer de uniceja.
La otra tenía una cara antipática y de pocos amigos. —Así es, fui yo. Pero tranquilos no los maté, tienen que escucharme un momento. —Sin duda se trataba de ella, las descripciones que le dieron antes de llegar coincidían, rodeada de un brillante gas rosado (también podría haber sido agua o nieve) y con sus marcas en las mejillas: un sol negro en la derecha y un par de lunas blancas en la izquierda. Se trataba del Receptáculo del Crepúsculo de este planeta.
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Editado: 29.04.2026