“Cuando comas solo, no lo estás realmente. Yo estoy en cada receta, en cada ingrediente que aprendiste a usar. Estoy en el calor del fuego, y me encanta encontrar tu sonrisa cuando regreso a casa y me muestras lo bien que te salió la comida.”
Nota extraída de:
Libro de recetas
de la casa Kristensen.
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Al responder la última pregunta, la hija del Barón le dedicó una sonrisa amable antes de despedirse. El campesino le devolvió el gesto y esperó unos instantes a que ella y su guardia se alejaran. Solo entonces cerró la puerta y volvió al interior de la casa. Aunque estaba bien abrigado y nunca había salido por completo, la parte delantera de su cuerpo, expuesta al aire gélido, aún sentía la mordida helada del frío.
Kari caminó un momento y se detuvo cerca del destellasol colgando del techo, dejó que su calor le llegara de lleno e incluso tuvo que cerrar un poco los ojos por toda la luz que emanaba también. Pocos momentos después, cuando ya se sintió más a gusto, infló sus pulmones de aire y gritó. —¡Ya se fue! Pueden salir sin preocuparse.
Obedeciendo a la encomienda que llevó el viento de la casa casi al instante dos personas salieron del cuarto, una de ellas caminaba lento y ayudándose de un bastón mientras que la otra se concentraba en moverse a la misma velocidad para no dejarla atrás. Aun así el noble volteó la cabeza hasta el alvinter.
—¿Quién era? —preguntó. Solo que aquellas palabras no sonaban a una exigencia que quería respuesta inmediata, como uno supondría que lo haría cualquier noble natamente engreído. La pregunta de Hakon era de tono amable pero preocupado.
Aunque solo había pasado un rato, volver a escuchar su voz, contemplar esos labios tan bien dibujados y verlo caminar junto a la abuela, atento a cada uno de sus pasos para evitar que tropezara, removió algo dentro del campesino. Sus sentimientos chocaban como vientos furiosos en medio de una tormenta nevada, revolviéndole el estómago y llenándolo de un nerviosismo difícil de controlar.
—Era la hija del Barón —contestó separando la mirada del noble, quien se dirigía a la pared de la casa donde estaban guardados los ingredientes y algunos libros. Él pensaba que si evitaba mirarlo mucho podría controlar el caos de su interior, lo que solo resultaba cierto en poca medida.
Solo que con lo que no se esperaba Kari es que su abuela lo escuchara bien, estos últimos soplos estuvo con problemas de audición y aquello le dio una pequeña esperanza de que las cosas pudieran mejorar. —Signe —contestó ella deteniéndose un momento, trasmitiéndole a los vientos una sensación dulce—. ¿Qué te dijo? ¿Cómo se encuentra?
—A mí me da curiosidad —agregó la voz de Hakon cuando la abuela terminó de hablar, lo que le provocó un cosquilleo interno al campesino—. ¿Por qué se presentaría la hija del Barón aquí? Mas tomando en cuenta que estamos en la Luna Eterna.
Una inquietud empezaba a surgir en el alvinter, como un copo de nieve que desata una avalancha. Se le dificultaba hablar con el humano porque se ponía nervioso de que decir, por un momento pasaba por su mente la imagen de que ante cualquier palabra Hakon lo callaría con otro beso. Y esa idea no le desagradaba, pero si llenaba su cabeza de sentimientos que le costaba procesar, inclusive de identificar del todo.
Para su suerte, quien habló fue la abuela. Con ayuda del noble se agachó para buscar algo de pan, queso, jamón, y unos sacos de infusión. —Por favor, ¿creo que sería mejor si yo me encargo de eso? —preguntó nervioso, listo para actuar cuando obtuviera una respuesta afirmativa.
—Ay no digas tonterías, yo puedo perfectamente. —Minimizó la situación la abuela. Una vez con todas las cosas en sus manos se volvió a levantar, con ayuda del joven, dejando de lado su bastón (u olvidándoselo) y caminando hasta la mesa con Hakon agarrándola de los costados para que no se cayera.
Al llegar a la mesa dejó las cosas, pero sus parpados se abrieron de más para revelar un color azul al notar algo extraño. —Ah, ya había sacos de infusión aquí. No los había visto jajajaja.
—Yo me encargo. —Pudo sacar Kari esas palabras de su interior, seguido se movió rápido para tomar los saquitos extras y volver a guardarlos. Él sentía que estar en movimiento le ayudaba con su conflicto interno, le hubiera encantado demasiado poder salir a buscar pinebras pero el clima no se lo permitía ni de casualidad.
—Entonces… ¿Por qué fue que ella vino? —Aunque la pregunta del noble fue en general para ambos el campesino sentía un peso sobre él, como si Hakon quisiera que en especial él la respondiera.
Por suerte, fue la abuela quien recordó el tema y respondió. —Ah, sí, sí. Los nobles están para guiarnos, pero también para cuidarnos… De lo contrario nadie les daría sus lujos —remató con una carcajada, como si fuera una broma, y lo era. Un chiste común entre campesinos.
Kari no pudo evitar reírse un poco al escucharlo; en otro tiempo, se habría reído con más ganas, disfrutando la burla dirigida a Hakon. Pero esta vez, la risa le dejó un leve rastro de culpa.
Luego de eso ella prosiguió. —El Kvalljup es una época dura para todos, no sé cómo lo sobrellevan en la ciudad. Pero aquí el Barón y su familia se encargan de que cada habitante se encuentre bien —explicó mientras ponía el agua hirviendo en cada taza para las infusiones—. Cada ciertos soplos Signe vendrá a preguntar si nos falta algo o cómo va la situación, también nos recuerda que brisa del soplo es por si nos lo olvidamos.
Mientras tanto, el noble permanecía sentado a un lado de la mesa, escuchando con atención. —Vaya… suena como si la familia dirigente de esta comunidad fuera realmente dedicada —comentó con sorpresa, y hasta con un atisbo de vergüenza en la voz.
Aquello le resultó extraño a Kari. Por lo que había escuchado, los padres del noble también eran buenos líderes. Y aunque su visión pudiera estar sesgada ya que, al fin y al cabo, el noble hablaba de su propia familia, él campesino le creía.
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Editado: 20.05.2026