"No invoques a Sais bajo un cielo vivo.
Debe ser cuando la luna respira, pero el alba ya ha comenzado a herirla.
Ese instante en que el mundo duda, ahí escucha.
Doce llamas deben arder, ninguna igual a la otra.
Viejas como el luto, nuevas como la traición.
De cera, de grasa, de lo que alguna vez tuvo propósito."
Fragmento de:
Susurros del Frío y
el Alba
-----O-----
El sol se desplazaba con paciencia sobre el cielo claro de Gnisdelgaus, filtrando su tibia luz entre los edificios y caminos de la ciudad. Un lugar que se aprovechaba mucho de eso era una de las plazas más grandes de toda la urbe, la Plaza de los Recuerdos, y a un costado del sendero central un hombre se hallaba sentado sobre un banco tallado en piedra sólida, decorado con gravados florales.
Era pleno Dagligt, y la estación siguiente seria Dagvig, por lo que preocuparse por ropa de abrigo no era algo que se encontrara en la mente de las personas. Debido a eso el hombre de cabello castaño corto llevaba consigo un abrigo fino, aunque si destacaba su bufanda azul de nudo doble para combinar con sus uñas tambien azules.

Esas prendas habían sido cuidadosamente seleccionadas con ayuda de su hermana para este soplo en específico, asi podía tener un calor distintivo que iba entre lo casual y lo encantador. La pierna del hombre temblaba de forma apenas perceptible, su cuerpo estaba adaptado biológicamente para soportar el clima por lo que la verdadera razón de ese movimiento era la ansiedad. Su mirada gris se perdía entre su pierna y las personas que caminaban por el lugar.
En un momento levantó la cabeza al cielo y usó la ubicación del sol para poder medir el tiempo <Vine bastante antes de que llegara a estar en la cima, y ahora ya está rumbo a ocultarse> pensó para sí, lo cual traía algo muy trágico consigo <¿Ella no vendrá?>. Oak estaba seguro que superaría que lo dejaran congelado, de todas formas era inevitable que se sintiera mal, había apartado este soplo libre de su trabajo para poder venir y ahora habría sido todo en vano.
El paso del tiempo se volvió pesado, el viento cantaba y esa melodía se transformaba en desesperación para él. Lo bueno era que podía usar este tiempo sentado para mentalizarse que hacer al regresar a casa, primero que nada debía hacer algo que no lo deje enfriarse por completo en la tristeza. No obstante, eso era bastante complicado <¿Y si fue todo una broma? ¿Y si vio que no era su tipo cuando venía y se marchó?>.
Apretó con suavidad el lazo de su bufanda, intentando controlar su respiración bajó la mirada al camino empedrado. Había pasado tanto tiempo esperando que sentía como su cuerpo empezaba a formar parte del banco mismo, su esperanza iba a quedar tallada en la piedra también <Tal vez no pueda controlar lo que hacen los demás, pero si puedo gestionar como me afecta>. Se repetía cada tanto para no deprimirse de más.
Y fue en esa plática mental que escuchó una voz agitada a un costado. –¡Perdón, perdón, perdón por la demora! ¡No sabes el caos que fue conseguir esto!
El hombre se giró con rapidez, sorprendido e incrédulo por partes iguales. Allí estaba ella, la mujer que había conocido varios soplos atrás cuando fue a hacer un encargo a su taller. El pelo rubio oscuro de ella estaba algo despeinado por la prisa y tenía las mejillas enrojecidas por el esfuerzo. Aunque lo más importante fueron sus manos, sus dedos de uñas blancas sostenían una bolsa de tela humeante, como si fuera un trofeo de paz, del objeto escapaba el delicioso aroma de pan recién horneado.
–Tuve que cruzar media Gnisdelgaus para llegar hasta el mercado antes de que se agotara –continuó explicando ella–. Quería traer algo rico para compartir, espero que te guste el pan de menta con savia dulce. Es especial de hoy –dijo con una sonrisa que brillaba tanto como el sol.
Oak la observó en silencio por un segundo más, como si su mente aun estuviera atrapada en la angustia de antes. Pero entonces, el calor de su Chispa derritió el frio que crecía dentro de él. La calidez de ese gesto, lo sincero de la mirada verde que ella tenía, el olor del pan que iban a compartir.
Todo eso fue suficiente.
Él sonrió, apenas ladeando la cabeza con resignación melosa, en el interior de su mente perdonó todo el tiempo que tuvo que esperar. Sintió que había valido la pena y era una muy buena justificación con pruebas tangibles lo que obtenía.
–Me encanta el de menta con savia –contestó él mientras se hacía a un lado para dejarle espacio en el banco de piedra–. Estas justo a tiempo.
Un poco tímida ella tomó asiento. –Ay, está caliente. Qué lindo.
–Lo calenté para ti.
-----O-----
El golpeteo constante del martillo sobre la madera resonaba con suavidad en el taller de roble y hierro fundido, se trataba de un espacio amplio donde el olor a viruta fresca y resina impregnaba cada rincón. Los haces de luz de la brisa vespertina se colaban entre las tablas mal alineadas del techo, tiñendo de color oro el polvoso aire mientras dos hombres trabajaban juntos en el esqueleto de una cama.
Oak sostenía una tabla mientras su amigo encajaba las piezas con maestría, ambos con los antebrazos desnudos y bien marcados y las mangas arremangadas hasta los codos, cubiertos por pequeñas astillas y manchas de tinte.
–El otro soplo nos volvimos a ver, es como el séptimo seguido ya –dijo el artesano de cabello castaño mientras limpiaba con un trapo un borde recién lijado–. Ella me mostró las tiendas donde le gusta comprar, y encima son baratas. Asi que compramos muchas cosas para cocinar. –Soltó una risa breve y cálida–. Después nos quedamos contándonos anécdotas de nuestras infancias, me di cuenta que suele cambiar cada tanto su grupo de amigos.
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Editado: 20.05.2026