"Forma el círculo con ellas.
Piedras negras, marcadas con líneas blancas como grietas en la escarcha.
Cada línea debe ser imperfecta, pues la justicia de Sais nunca es recta."
Fragmento de:
Susurros del Frío y
el Alba.
-----O-----
De a poco podía sentirse como la brisa diurna empezaba a desvanecerse y el viento de una brisa nocturna se asomaba, el final de la trayectoria del sol en el cielo también apoyaba eso. En el taller, el aroma a madera recién lijada se mezclaba con el eco apagado de los últimos martillazos. Un noble de ropas elegantes y marcas de copos de nieve en sus mejillas inspeccionaba un armario de madera con la satisfacción de quien recibe algo que ha superado sus expectativas.
–Impecable –dijo con una sonrisa aprobatoria, arrugando un poco las marcas en sus mejillas. Acarició con la palma la puerta tallada del mueble–. Realmente magnifico.
El amigo de Oak, con las mangas arremangadas y polvo de serrín en los antebrazos, asintió con humildad y gratitud. –Me alegra mucho que haya sido de su agrado Blanco Señor. Le aseguro que mi compañero y yo lo hicimos con el mayor esmero.
El noble extrajo una pequeña bolsa de cuero de su cinturón y se la entregó, el tintinear del metal fue breve pero pesado. –Por favor, haga extensivo mi agradecimiento a su compañero también –añadió el noble–. Me hubiera gustado saludarlo.
–Justo tuvo que salir a hacer un encargo –respondió con voz tranquila luego de una pequeña pausa. Él no mentía, pero tampoco decía toda la verdad–. Pero le haré llegar sus palabras, se lo aseguro.
Con un movimiento de la mano del noble un pequeño grupo de alvinters ingresaron al taller, bien coordinados se pusieron en posición y levantaron entre todos el mueble para poder llevarlo a una carreta. El hombre asintió conforme y se despidió con un breve gesto antes de abandonar el lugar.
La puerta se cerró despacio tras él, y el silencio volvió a llenar el espacio. El artesano se quedó inmóvil unos momentos, tanteando el peso de las monedas de metal en la bolsa de su mano. Necesitó unos momentos a que el eco de los pasos desaparecieran del todo, y su tranquilidad no llegó hasta que escuchó las ruedas del vehículo partir.
Fue entonces que el artesano se dirigió al fondo del taller, pasando entre bancos de trabajo, herramientas colgadas en cierto orden y virutas que aun danzaban en la luz de las velas encendidas hace poco. Se detuvo frente a la puerta de un armario viejo de madera, respiró hondo y la abrió con cuidado.
Dentro, sentado en cuclillas, se encontraba Oak rodeado de tablones de madera polvorientos. Su cabello había perdido el color castaño habitual, reemplazado por un blanco sin vida. Sus ojos, antes amables y cálidos, eran ahora pozos negros sin pupilas, profundos y vacíos. Y sin embargo seguían reflejando algo humano, algo dolido.
–Lo siento, Oak –dijo su amigo, apoyando la mano contra el marco–. Sé que no está bien hacerte esconder asi, pero si ese noble se enteraba de que habías perdido tu Chispa, seguro nos cancelaba el trabajo.
Oak se puso de pie despacio, sin enojo. Se sacudió un poco el polvo de las piernas y cruzó el umbral para salir. –No tienes que disculparte –contestó con una voz resignada–. Lo entiendo muy bien, perder la Chispa no solo te cambia por dentro, sino también como te ven. Y yo fui un reverendo estúpido.
Por un instante su amigo frunció el ceño molesto. –¿Estúpido por qué? ¿Por haber amado y confiado en alguien? –dijo intentando no sonar como si se lo recriminara, pero tampoco quería ver como su amigo y compañero se enterraba en lo profundo de una avalancha–. Claro que cometiste errores, y ya está, lo importante es que aprendas de ellos. Tendrás que ser más precavido.
–¿Precavido para la próxima? Mis últimas ganas de amar se congelaron en mis intentos de encontrar a Bela, pero no hay caso. Sin duda desapareció sin dejar rastro.
Los dos hombres se quedaron en silencio un rato, el amigo le puso una mano en el hombro y la apretó con fuerza. –Sabes que es muy probable que consigas otra Chispa, solo date tiempo.
Oak sonrió levemente, sus labios formaban una curva cansada pero genuina. –Es verdad, igual, mientras siga teniendo manos para trabajar y a alguien que confié en mí, sabré que voy a estar bien hasta ese momento.
-----O-----
La brisa nocturna en Gnisdelgaus se sentía como un velo espeso, profundo, como si la oscuridad se negara a retroceder incluso ante las luces tenues que colgaban de los faroles o emanaban desde algunas ventanas empañadas. En las calles, el frio se sentía más penetrante y cortante, pero en aquel sector olvidado por la luz solar, la oscuridad ofrecía otra clase de abrigo.
Entre las sombras es que caminaba Oak, la capucha de su abrigo le cubría el cabello blanco como escarcha. Sumado a eso mantenía la mirada baja, por vergüenza y costumbre, adquirió el hábito cuando los ojos de los otros no buscaban encontrarlo sino esquivarlo. Por eso caminaba ahora en silencio, entre otros como él: mujeres y hombres, humanos y alvinters, todos quienes entregaron sus Chispas; ya sea por amor, por fe, por dolor o necesidad.
Y solo cuando las calles dejaban de estar tan transitadas en la oscuridad es que podían encontrar un momento de existir fuera.
El hombre pasó frente a una tienda, pero no era lo que estaba buscando. Fue a otra y la encontró cerrada. En la tercera preguntó con una voz tranquila si era la infuseria que buscaba. Un anciano, sin Chispa, que atendía le sonrió con amabilidad desde dentro y negó con la cabeza. Oak no se desanimó, ya que al menos en esta zona de la ciudad y en esta etapa del soplo recibía un trato más respetuoso que en la brisa diurna.
Siguió caminando con los pasos resonando apenas sobre la piedra. Fue entonces que sintió una presencia suave y ligera como la nieve recién caída, una figura se le acercó sin apuros, sin tensiones. Cuando levantó la mirada Oak se encontró con un alvinter.
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Editado: 10.06.2026