Había asesinado a su progenitor, o al menos eso es lo que pensaba, en realidad no llevaba mucho tiempo desde que salió del vientre de su madre, asesinándola en el proceso, por lo que todavía se le escapaban muchas cosas. Lo que si tenía claro es que ya no se encontraba ni en este planeta o en algún lugar del cosmos, si había muerto aquí entonces de seguro regresó a la dimensión donde estaba encarcelado. Y sin nadie para invocarlo no podría volver a salir.
Eso dejaba más tranquilo a su descendiente, un hibrido creado mezclando la genética de un Gigante de Hielo con Esencia Arconte. Al final de cuentas su progenitor quería acabar con el mundo, destruirlo sin dejar nada reconocible ¿Cómo fue tan estúpido de pensar que su hijo quería lo mismo? Tal vez con su padre no fuera el caso, pero el hibrido había nacido en Hibernia Minor, era un habitante más del planeta y lo consideraba su hogar. Obvio que no iba a querer destruirlo.
No obstante, eso no significaba que no quisiera un cambio.
Una conexión rápida con los circuitos del mundo le revelaron como su especie es tratada, despreciada por las demás, exiliados y obligados a vivir en las cuevas en las montañas restantes ¿mientras que? Otros seres más débiles como los humanos y los alvinter ocupaban todo el terreno de la región, construían ciudades y se organizaban para matar a cualquier Jotun que se acercara.
No, no, no. Eso ya no sería más asi, las cosas estaban a punto de cambiar. El hibrido había unido a todas las tribus de Jotuns: ya no peleaban entre ellos, ahora estaban más organizados, estaban desarrollando una sociedad y expandiendo su cultura. El hibrido se encargaría de demostrarles a todos los demás su error al subestimar a los Gigantes de Hielo, por eso atacó y destruyó la ciudad, la reclamó para sí.
Asi como los demás tienen las suyas propias él le daría inicio a una ciudad-estado solo para Jotuns, algo jamás visto antes. Elevaría su raza hasta lo más alto, y el proceso ya había comenzado. Destruyó todos los edificios para poder limpiar el terreno y construir los suyos propios, ya habían organizado su comida para muchos soplos apilando todos los cadáveres de los antiguos habitantes, y tenían enormes fogatas para proporcionar calor, luz y calentar la carne para ya no comerla cruda.
Él podía sentirlo, el aire que antes cargaba el murmullo del comercio y la vida ahora estaba inmóvil, denso, empapado del olor a ceniza y sangre seca. Lo que una vez fue la orgullosa ciudad de Gnisdelgaus, con sus plazas verdes bien decoradas, talleres artesanales y casas llenas de calor, ahora yacían en ruinas, aplastadas bajo el peso de un nuevo orden impuesto.
A través del manto de nubes bajas y del humo el hibrido cruzaba en vuelo, aleteaba sin esfuerzo, las alas que lo sostenían no eran de carne ni de membrana; sino de nieve mágica corrupta: filamentos de escarcha violácea entrelazados en formas fractales, daban la sensación de que absorbían la luz circundante y dejaban tras de sí una estela de penumbra viva.
El pelo gris que llenaba sus brazos y pecho marcados se sacudía con el viento al volar, supervisaba con satisfacción el progreso. En la plaza principal, donde antes se celebraban ferias y festivales con pan caliente y canticos, ahora se extendía una fila de Jotuns muy variados. Todos esperaban pacientes y en orden, como niños disciplinados, por su ración de carne.
A un lado se haya una gran pila de cadáveres humanos y alvinters, congelados en grotescas expresiones de dolor, todos aguardando su destino. Un grupo de Jotuns de meno estatura se encargaban de despojar los cuerpos fríos de sus ropas y pertenecías, clasificaban telas y metales, separando lo útil y lo fundible de lo inservible.
Mientras tanto otros, a los que el propio hibrido les enseñó, manipulaban de forma más hábil el fuego, troceaban los cadáveres y llevaban las extremidades a las fogatas para ser cocinadas. Todo ocurriendo de forma precisa, ya era una rutina que iban asimilando.
El hibrido sonrió con satisfacción ante aquello, el mundo como los demás lo conocían se estaba desmoronando para darle paso desde los escombros a algo mejor. Asi que siguió surcando el aire para poder cumplir su propia labor de la mejor manera también.
Vigilaba el corazón devastado de la ciudad y moviéndose más para los bordes del centro de la ciudad se encontraban otro grupo de Jotuns trabajando sin descanso, sus enormes manos de un color azul oscuro recolectaban piedras, troncos y restos útiles. Todo para poder darle inicio a un asentamiento para gigantes.
A sus ojos todo marchaba perfecto, no parecían quedar humanos o alvinters por la ciudad. La ultima resistencia había sido aplastada hace varios soplos <No tendríamos que haberlos matado a todos> empezó a pensar <La ciudad está limpia de otras razas, pero eso significaba que ahora nuestro alimento será limitado>.
Si los humanos y alvinters tenían granjas con animales, ellos tendrían que haberlos dejado vivos para hacer sus propias granjas, dejarlos reproducirse, crecer y alimentarse. Ese era el camino natural de la vida. <Tal vez nos dejamos llevar de más al cazarlos y matarlos, ahora tengo que pensar otras formas de generar comida. Por suerte tengo tiempo>.
Sin embargo, un leve sonido rasgó el velo de sus pensamientos.
Primero fue el eco distante de escombros cayendo, un detalle insignificante entre tantos otros ruidos. Pero luego llegó algo más agudo, más vivo: era un grito. No uno de desesperación o agonía, sino más un chillido agudo y breve.
El hibrido se detuvo de forma abrupta en el aire, el agradable viento en su cara se detuvo también. Sus ojos de obsidiana brillante se entrecerraron, a lo lejos, entre los escombros de un edificio caído pudo notar algo moverse, meterse en lo que sería un sótano.
–Interesante –susurró para si–. ¿Aún quedan piezas vivas en este tablero roto?
Giró con elegancia y descendió en esa dirección, se detuvo justo encima del lugar donde creía haber oído el sonido y alzó una mano, era de un color azul oscuro, con pelo en la parte superior y líneas grises atravesándola.
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Editado: 10.06.2026