Susurros del Frio y el Alba

Capítulo 7

"Hijo mío… Hoy la tormenta volvió a levantarse, como si los cielos no quisieran calmarse desde que te fuiste. He dejado esta receta aquí, aunque sé que ya la sabes de memoria.

En realidad solo necesitaba escribirte algo, para cuando regreses."

Nota extraída de:

Libro de recetas

de la casa Kristensen.

-----O----

De una de las vigas del techo colgaba el destellasol, un fruto con forma de estrella de cinco puntas que desprendía una luz cálida y reconfortante, suficiente para desafiar la gélida penumbra que traía consigo la llegada de la Luna Eterna. Su resplandor dorado bañaba con suavidad la habitación, proyectando sombras suaves y danzantes en las paredes de madera.

Justo debajo, una anciana estaba sentada en una silla. A su lado, apoyando la cabeza pesada sobre sus piernas, descansaba un imponente lobo de pelaje blanco y gris. Magnus respiraba con lentitud, completamente entregado a la tranquilidad que le provocaban las caricias temblorosas de la mujer, quien le rascaba las orejas y la frente con dulzura.

Sin embargo, la mente de la anciana vagaba lejos de aquel momento. Sus ojos casi entrecerrados se perdían en las páginas abiertas de un viejo libro de cocina sobre la mesa, sus dedos rozaban las esquinas amarillentas con una delicadeza reverente. Su expresión, teñida de melancolía, hablaba de recuerdos que el viento se había llevado.

Ella había dicho que, en su tiempo libre, quería releer algunas recetas para ver si podían preparar algo más rico y variado. Sin embargo, sentado en la esquina opuesta de la mesa, Hakon no pudo evitar sospechar que esa no era la verdad, o al menos no toda. Había algo en la forma en que sus dedos temblorosos pasaban las páginas, en la mirada perdida que se deslizaba entre las líneas sin realmente leerlas, que le decía que su mente estaba en otro lugar.

El noble también estaba ocupado con sus propios asuntos. Antes de que comenzara esta estación del ciclo, durante una salida al mercado con Kari, ambos se cruzaron con una extraña pero simpática chica. Raidia, se llamaba. Estaba acompañada por una de sus esposas, y entre charla y charla, esta última le pidió a Hakon el favor de revisar y corregir un libro de cuentos y relatos sobre la región en el que ella estaba trabajando.

A pesar de pensar que su trabajo no le dejaría mucho tiempo libre, el noble aceptó de igual manera. Ahora, con el Kvallvig imponiendo una calma inesperada sobre sus soplos, había podido dedicarle más atención a la tarea. Incluso el campesino progresaba notablemente con sus prácticas de lectura y escritura, al punto de poder descifrar algunos de los textos del libro. Claro, solo los que Hakon ya había revisado y corregido con previsión.

No obstante, el soplo de hoy lo encontraba más distraído que de costumbre. Leía más lento, con pausas prolongadas. No era que el texto fuera difícil, sino que su atención se desviaba una y otra vez hacia la anciana. De vez en cuando levantaba la vista y la observaba, siguiendo el movimiento de sus manos al pasar las páginas.

Ella hojeaba las recetas, sí, pero Hakon notó que eso no era lo único que capturaba su mirada. A veces, entre las líneas de las recetas, aparecían anotaciones a mano, escritas con tinta de otro color, pequeños mensajes personales que sin duda alguna pertenecían al dueño del libro. Esos fragmentos eran los que más tiempo detenían a la anciana, y Hakon podía ver cómo su expresión cambiaba, atrapada entre la tristeza y una nostalgia melancólica que llenaba el viento del lugar con un suspiro silencioso.

<A veces los adultos se guardan cosas, no las expresan y no se dan cuenta que es el combustible que puede quemarlos por dentro>. Él lo sabía por experiencia, a veces sus padres eran así. Sería una de los pocos defectos que Hakon podría decir que tenían sus padres, pero de igual manera su mente intentaba argumentar aquello porque en serio los amaba.

<Ser Duque no es nada sencillo, y puede haber cosas muy duras sobre administrar una ciudad que no hace falta que un niño vea. Pero para otros problemas menores y más personales que hubo no hay excusa> concluyó intentando dejar ese tema ahí. Él sabía que mientras más tiempo pasara pensando en ellos se pondría más triste, realmente los extrañaba.

¿Tal vez eso era lo que pasaba con la anciana? ¿También extrañaba a un ser querido del pasado? Hakon se descubrió a si mismo apretando con caluroso afecto los anillos con gemas mágicas que habían pertenecido a sus padres, estuvo así unos segundos antes de volver a sacar la mano del bolsillo e intentar concentrarse en su tarea.

<Podría preguntarle a Kari si sabe algo al respecto> esa idea se quemó en su cabeza tan rápido como apareció <No creo que me pueda decir nada, al igual que la anciana él no es de meterse en los asuntos de otros. Si alguien no quiere hablar de un tema ellos no indagaran en eso>. Podría ser que tenga que recurrir a otros medios para intentar averiguar algo al respecto.

Antes de que pudiera perderse en otro pensamiento, el sonido de unos golpes en la puerta rompió la tranquila rutina de la casa. La anciana, absorta en sus recuerdos o tal vez por la edad, no pareció oír el llamado. Solo notó que algo pasaba cuando el lobo en su regazo alzó las orejas de golpe, se incorporó con agilidad y corrió hacia la puerta, ladrando con energía.

—¿Qué pasa, querido? ¿Te pellizqué sin querer? —preguntó la anciana, desconcertada, mientras su mano temblorosa buscaba el calor que Magnus acababa de dejar atrás.

El lobo soltó un par de ladridos más, sus orejas tensas y su cola inquieta dejando claro que algo no andaba bien. Apuntaba insistentemente hacia la puerta con el hocico, pero la anciana, confundida, no lograba entender qué intentaba decirle.




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