"En los registros más antiguos de la región se menciona a un herrero de nombre Volundir, cuya habilidad superaba ampliamente a la de sus contemporáneos. Su figura se encuentra envuelta en ambigüedad... Lo que sí parece consistente entre las fuentes es que su trabajo marcó un antes y un después en la historia militar de la región."
Fragmento de: Última edición - Historia de Offrasolned.
Libro oficial de historia para las escuelas de Gavasta
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Una voz se alzó de pronto, desgarrando el ambiente frio y de piedra, elevándose por encima del crepitar de los fogones que intentaban, sin demasiado éxito, calentar la pesada habitación de piedra. –¡¿Esto es una maldita broma acaso?! –espetó Loren.
El muchacho, un Neamh Mairbh de cabello rizado y negro como las uñas pintadas que adornaban sus dedos, se estremecía de frío incluso estando tan cerca del fuego. Aun así, su cuerpo reaccionó con un sobresalto visceral, empujado más por la indignación que por el gélido ambiente.
Del otro lado del fogón, la mujer interrumpió su relato con la lentitud de quien afila un cuchillo. Su rostro, tallado en piedra, permanecía inmóvil. El silencio se extendió un momento antes de que su voz brotara, seca, cortante y fría como la nieve mágica que manipula. —¿Disculpa? —preguntó de forma tajante.
Ella sabía que, por muy patéticos que le parecieran estos invasores, los necesitaba. Tragarse una reprimenda no era fácil, pero lo hizo, aunque en su mente no podía evitar pensar que, en tiempos del imperio, un gusano como ese ni siquiera se habría atrevido a levantarle la mirada y menos a hablarle de esa forma.
El muchacho prosiguió, liberando con poco filtro su molestia. –Yo sabía que había cosas inútiles pero esto ya es otro nivel ¿Cómo el Ángel Guardián de este planeta no se va a percatar de que un grupo de ingenuos rechazados estaban invocando un Glypti? – Hizo una pausa breve, como si el pensamiento aún le costara procesarlo en voz alta—. Debe sentirse la distorsión y corrupción al planeta.
Una vez que él terminó de hablar Foran desvió la mirada con desdén para posarla en las dos mujeres sentadas juntas. –Son unas pésimas maestras —dijo con voz algo acida—. Deberían enseñarles más modales al neonato que tienen para que no sea tan viento sucio.
Ambas mujeres se observaron entre sí en silencio. Sus cuerpos, desprovistos de vida, no emanaban calor, por lo que la Receptáculo no podía leerlas como solía hacerlo con los vivos. Sin embargo, no le hizo falta. Las expresiones en sus rostros eran lo suficientemente humanas como para encender una tensión que ni el fuego del fogón lograba disipar. –Esto es una confusión –intervino Elia, la más alta de los tres que llegaron–. Este chico no es nuestro aprendiz ni nada.
Loren soltó un bufido suave y cruzó los brazos bajo su grueso abrigo, aunque incluso así no pudo evitar un temblor leve que delataba el frío. –Yo tampoco necesito maestros –murmuró, con un deje de orgullo herido.
–Nosotros nos conocimos de caminó a este lugar —añadió Evania, con un tono más conciliador—. Y como teníamos el mismo plan de pasar una temporada en este lugar fue que charlamos y decidimos compartir el trayecto. Nuestra relación no pasa a ser más que conocidos.
La mirada verde de Foran se entrecerró un poco. –Ya veo, eso explica mucho —musito.
Su atención se centró entonces en el neonato, con una expresión que lo despojaba de todo peso: lo miraba como si fuera una hoja seca, barrida sin propósito por el viento. En los soplos del Imperio, no existía neonato sin maestro. Eran demasiado inestables, demasiado impredecibles; necesitaban control, dirección, vigilancia constante para no perderse ante sus nuevos instintos.
Sin mediar más, Foran alzó una mano, y con su dedo índice con la uña blanca señaló directamente al muchacho. Solo ese gesto bastó para acentuar el leve temblor que ya recorría el cuerpo del joven. Podía ser impulsivo, sí, incluso osado, pero no era lo bastante necio como para olvidar a quién tenía delante: al Receptáculo del Crepúsculo. —Hablar sin pensar solo deja en evidencia tu ignorancia, se nota que no has pasado mucho tiempo en planetas Bendecidos ¿verdad, mocoso?
El niño no dio respuesta, solo se limitó a separar la mirada y redirigirla al fuego que tenía cerca, como si así pudiera obtener más calor. Su silencio no fue indiferente: fue una respuesta. Y para Foran, bastó. Soltó un suspiro breve, cargado de resignación, y murmuró. —Esto no es parte de mi trabajo. –Aunque de todos modos tuvo que hacerlo–. Escúchame con atención porque solo lo diré una vez. Es muy diferente un planeta Bendecido a uno que no, especialmente en mundos como este. El Ángel Guardián de nuestro mundo siente esas interacciones mágicas, por ejemplo, cuando alguien se transforma en licántropo, ese dolor la alcanza. Y con el tiempo, vivir expuesto a ese aluvión constante de sensaciones termina por entumecerlo. Cosas como la invocación de un ser que distorsiona la realidad... pueden pasar desapercibidas.
Del otro lado del fuego, Elia alzó la mano con suavidad y apuntó con la palma abierta hacia Foran. —Por cosas así es por lo que está ella, el Receptáculo del Crepúsculo ayuda al Ángel Guardián de planetas Bendecidos.
Los parpados de Loren se abrieron de par en par, como si una pieza de un rompecabezas al fin encajara en su sitio. –Ahhhhh. —Exhaló con mucha más comprensión—. Por eso en mi mundo contaminado no hay uno. Ya me parecía raro, no entendía porque en algunos mundos si y otros no.
–¿El frio nunca te hizo pasar de agua a hielo verdad? –agregó Foran de forma algo despectiva. La frase, dicha con tono cortante, era un insulto sutil, uno enraizado en la jerga de ese mundo. Pero Loren no lo captó de inmediato. Aun no estaba del todo familiarizado con las sutilezas de la cultura local.
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Editado: 01.07.2026