"Las armas y armaduras forjadas por Volundir presentan características que, incluso hoy, resultan difíciles de explicar.
Las crónicas describen espadas de filo inusualmente duradero y capaces de envenenar el cuerpo, junto a armaduras capaces de resistir impactos que destruirían cualquier otra pieza de su época. Todo ligero como copo de nieve y capaces de durar cientos de ciclos intactas.
Lo más llamativo es que, según los registros, Volundir no utilizaba materiales distintos a los de otros herreros. Este hecho ha sido objeto de múltiples estudios, aunque ninguno ha logrado reproducir sus resultados."
Fragmento de: Última edición - Historia de Offrasolned.
Libro oficial de historia para las escuelas de Gavasta.
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Caminando por uno de los pasillos de piedra del lugar subterráneo Loren tenía un paso algo errático, sus manos estaban enterradas en los pliegues de su abrigo grueso prestado, pero una de ellas se deslizaba a cada rato hacia su rostro. Los dedos recorrían la mejilla izquierda, justo donde antes había sentido el peso de un golpe inesperado, aun podía sentir la agresividad sobre su piel. Lo que lo llevaba a apretar los labios con desdén.
—Ese noble farsante no tiene idea —murmuró con voz baja y cargada de veneno, aunque el timbre agudo del orgullo herido le robaba algo de seriedad a su intención de enojo. Cerró los ojos un momento, respiró hondo y dejó caer la mano. El dolor comenzaba a desvanecerse, pero el fastidio seguía muy latente bajo sus costillas frías.
Sin darse cuenta llegó a una intersección amplia, donde los corredores se ramificaban como las venas de una criatura enterrada en la montaña. Se detuvo y alzó la vista hacia el techo abovedado adornado por madera y piedra tallada, justo a algunos espejos que brillaban con la tenue luz de las decenas de lámparas con antorchas.
—Sí que es una zona grande —dijo para sí. Giró sobre sus talones para observar su alrededor—. ¿Por qué las hacen tan laberínticas? Parece adrede, como si quisieran perder a la gente.
Sin pensarlo mucho eligió el pasillo de la derecha, sus botas resonando con ecos suaves sobre el suelo de losas bien encajadas y pulidas. Mientras avanzaba dejó que su mirada vagara por los detalles de la arquitectura, la piedra pulida con cuidado, los relieves tallados en las paredes, las pinturas y chimeneas. Todo junto daba un aire de solemnidad.
Le fue imposible no compararlo, la estructura que cumplía la misma función en su mundo era demasiado distinta. Fría, aunque no por el clima. Era todo metal, puertas que se abrían solas y chirriaban al hacerlo, paneles oxidados y carteles con letras grandes que advertían sobre la radiación, zonas toxicas y un clima mortal mientras uno más se acercaba a la salida.
No había arte, ni creatividad, y mucho menos se sentía la vida (algo irónico para muertos revividos). Solo quedaba la certeza de que se estaba en un lugar peligroso donde un descuido en falso se pagaba con dolor.
—Esta por lo menos es linda —mustió con honestidad, aunque al instante encogió los hombros, restándole importancia a sus propias palabras.
Decidió dejarle de dar más vueltas al tema, quería un descanso y por eso se fue de ese lugar. Aunque además de eso también fue porque lo sacudió una punzada desde el centro del estómago, extendiéndose como un rastro de escarcha por sus vertebras y subiendo hasta su cráneo.
Su cuerpo se tensó, y al llevar una mano a su boca notó como un par de colmillos alargados asomaban con descaro entre los labios abiertos. Un hilo de saliva le resbaló hasta el mentón, y el aire frio del pasillo la convirtió en una sensación helada que erizó su piel.
—Por deus… —gruñó—. Discutir y pelear con ese tonto sí que me abrió el apetito. —Chasqueó la lengua con molestia, limpió su boca con la manga del abrigo y giró la cabeza a ambos lados del pasillo como un sabueso frustrado buscando un hueso.
—¿Dónde guardan la comida por aquí? —rezongó. Acto seguido frunció el ceño con una inquietud que no logró disfrazar—. ¿Y que hizo el Receptáculo con los demás vermibus del lugar? —Habían sido recibidos por Foran y el estúpido de Eydisjar, y desde ese momento no se toparon con nadie más. Debería haber muchos de los suyos cuidando y manteniendo este lugar, eso incluía a quienes se encargaban de la comida.
No era buena idea tener a un neonato con hambre y sin supervisión, no le gustaría que su sed le hiciera atacar a la única persona viva del lugar, porque era más que seguro que no ganaría. Así que con eso en mente aceleró su andar por el pasillo, abriendo cada puerta buscando el comedor o la cocina. Le tomó un rato, pero llegó a un par de grandes puertas.
—Sin duda debe ser aquí —soltó. No obstante, cuando empujó ambas puertas lo que encontró del otro lado lo hizo reaccionar de una manera inesperada.
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La sala estaba sumida en una calma tensa, se sentía un compromiso formado más por el respeto y miedo que otra cosa. Algo que no lograba pasar desapercibido por el crepitar de una chimenea empotrada en la piedra, las paredes estaban cubiertas de estandartes desgastados, dando lugar a más peso que comodidad.
Manteniéndose de pie Foran estaba junto a una pintura de un bosque de árboles negros con líneas blancas y hojas de tonos cafés y amarillos, la observaba fascinada por la imaginación de quien pintó algo así. A su espalda y sentado en una silla de respaldo alto estaba Eydisjar, ambos mantenían el rostro serio.
—¿Crees que podemos confiar en esos tres? —preguntó el Receptáculo con voz firme, sin necesidad de elevar sus palabras que ya cortaban el aire.
El Neamh Mairbh no respondió de inmediato, cruzó una pierna sobre la otra y apoyó un codo en el brazo del asiento. Seguido acarició su mentón con parsimonia, dejando que el silencio pesara lo justo y necesario.
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Editado: 01.07.2026