"El impacto del trabajo de Volundir se hizo evidente durante la consolidación del Imperio Stornelgang. Las tropas equipadas con su armamento obtuvieron ventajas decisivas en numerosos conflictos, lo que permitió una expansión rápida y sostenida.
Diversas fuentes coinciden en que este equipamiento fue un factor clave en el establecimiento del imperio, alterando el equilibrio de poder de la región en un periodo relativamente corto."
Fragmento de: Última edición - Historia de Offrasolned.
Libro oficial de historia para las escuelas de Gavasta.
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En estos momentos la cocina era el lugar más caliente de toda la base, y si cierto neonato lo hubiera sabido sin duda habría estado buscando calor allí. El sonido de las ollas hirviendo se entrelazaba con el chasquido de las brasas que crepitaban bajo un caldero ancho, el vapor perfumado del caldo llenaba la cocina de piedra y madera con un aroma espaciado y reconfortante.
Las dos mujeres presentes no estaban cocinando solas, varios esqueletos, reanimados y con órdenes meticulosas, se desplazaban en silencio por el lugar. Algunos cortaban verduras, otros removían mezclas o alineaban platos. Cada uno de ellos era una extensión de la voluntad de quienes los reanimaron.
Por un lado, estaba Elia, alta y recta como la trayectoria de una gota de sangre que cae, ella cortaba pan grueso con una daga afilada mientras murmuraba una melodía baja. A su lado Evania se encargaba de una mezcla espesa que revolvía dentro de un bol de madera, el cual sostenía con manos cubiertas por guantes oscuros. Al hacerlo los ojos de ella brillan con entusiasmo debajo de su uniceja cuando cocina, aunque ahora estaban más apagados, como cubiertos por un velo.
Ladeando la cabeza hacia su compañera Elia le habló sin dejar de cortar. —Noto que no estás del todo bien ¿quieres decirme que pasa? —preguntó con una voz tan serena como el ultimo respiro de alguien que muere en paz.
La mujer a su lado tardó un momento más de lo habitual en responder. Los esqueletos, cuyos huesos oscurecidos estaban unidos por una sustancia negra viscosa y vaporosa, pasaron junto a ella llevando una bandeja llena de raíces peladas. Y después de eso Evania soltó una risa leve.
—No estoy mal —dijo al final, aunque sin mirar a la otra—. Solo estoy concentrada. —Pero su intento de ocultar lo que le pasaba no llegó más de ahí, lo soltó pero deformado—. Bellanoche nos necesita, el trabajo que hacemos es muy importante, más que nuestros pequeños deseos. Ambas ya sabemos cómo es esto.
Con un suave sonido Elia dejó el cuchillo sobre la tabla. Como su compañera no la observaba entonces no se percató, tampoco notó cuando Elia cruzó la cocina en silencio, y sin una palabra de más rodeó a Evania por la espalda con un abrazo lento y cálido. Su mentón algo puntiagudo reposó apenas sobre el hombro de ella, mientras sus brazos la sostenían como si con ese gesto pudiera suturar la herida de su desanimo.
—Eres buena —susurró, con suficiente volumen para sobreponerse a los sonidos de la cocina—. Muy buena, lo eres siempre aunque te esfuerces por esconder lo que sientes. —Esas palabras resonaron profundo en la mujer de labios delgados. Y Elia continuó. —Vamos a hacer este trabajo como siempre lo hacemos, impecable. Y luego, cuando todo haya terminado, nuestras vacaciones van a ser incluso mejores que las que perdimos ahora. Lo prometo.
Evania no respondió de inmediato, en cambio cerró los ojos y dejó que ese momento la envolviera, el abrazo de un cadáver a otro podía ser muy reconfortante. Le generó una sensación de tranquilidad, y sumado al crujido de los panes en el horno con el aroma del estofado eso se potenció.
—Gracias Elia —murmuró al final, dejando que sus hombros se relajaran—. Siempre es bueno recordar las cosas importantes.
La otra mujer sonrió con ternura, y al soltarse del abrazo le dio un golpecito en la espalda para enderezar sus vertebras y volvió a su puesto frente al pan. —Es importante no olvidar, y más para nosotras que ya no estamos atadas al tiempo de la vida.
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El gran comedor estaba iluminado por dos fuentes de luz distintas: la primera era el fuego de las chimeneas encastradas en los muros y las antorchas colgando. Pero lejano al calor que intentaban brindar, la temperatura era gélida, más de lo normal, y no por una anomalía en el propio fuego. La razón estaba vinculada a la segunda fuente de luz, el suave brillo sostenido por los pilares irregulares de hielo rosado que dominaban el recinto.
Allí, detenidos en gestos de ataque y agresión se alzaban vermibus congelados junto a esqueletos armados. Todos atrapados en la eternidad de un combate que jamás llegarían a concretar, algunos tenían colmillos descubiertos en una mueca de furia, otros sostenían armas a media alzar. Eran más de una decena, todos dispuestos en patrones impredecibles las mesas y sillas, dando la sensación de una galería de arte con estatuas más que de un comedor.
En medio de ese espectáculo silencioso y frio, una larga mesa de madera rustica servía de punto de encuentro para alguien vivo y los que ya no lo estaban.
Sentada en la cabecera de la mesa estaba Foran, la mujer de cabello castaño ocre hasta las orejas tenía los brazos firmes y la mirada verde dura, ni las bajas temperaturas ni los cadáveres congelados podían alterarla. A su derecha estaba el primo de una noble, Eydisjar, cuando un esqueleto trajo su plato él empezó a comer de manera altiva.
A la izquierda estaban Elia y Evania, parecían muy sincronizadas y compartían palabras suaves, y junto a ellas, un poco más encogido, estaba Loren.
El neonato se había sentado como si dudara de su derecho a hacerlo, aunque su estómago rugía y sentía la garganta seca, sin embargo, no podía dejar de observar a los demás vermibus congelados. Su mandíbula se apretaba un poco más cada vez que su mirada se encontraba con los ojos fríos y muertos de alguno, sabía, sentía, que no eran tan diferentes a él. Y un paso en falso lo haría terminar de la misma manera.
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Editado: 22.07.2026