Susurros del Frio y el Alba

Capítulo 11

"Si llegas a leer esto, quiero que sepas que mi ausencia en casa no es porque dejé de buscarte. Estoy fuera preguntando, curando, caminando, siguiendo cualquier rumor, cualquier rastro que me acerque a ti."

Nota extraída de:

Libro de recetas

de la casa Kristensen.

-----O-----

El fuego chisporroteaba dentro de la fogata, rodeado y limitado por piedras, se encontraba en la punta de la mesa y era donde se colocaban las ollas o rendijas para cocinar. Aun así el verdadero encargado de llenar de calor y resplandor la casa era el destallasol colgado de una viga de madera en el techo.

Después de que volvieran a tocar la puerta, Hakon se había acercado para abrirla y dejó pasar a la extraña pero amigable chica que conoció en el mercado, ella venía a buscarlos pero manejaban un buen tiempo así que aceptó pasar un rato. Además, Raidia sabía lo que iba a suceder a continuación.

La potente luz del fruto colgando del techo pintaba sombras en los presentes, la anciana se había sentado en una silla justo cuando llegó su otra invitada pero no tenía intenciones de volver a levantarse, tal vez se debía a lo cómoda que estaba con una manta sobre sus piernas; así que se limitó a saludar a la otra chica. Raidia le devolvió un cálido saludo aunque permaneció a un lado de la puerta cerrada.

Desde su silla en la mesa la anciana reflejaba una fría calma en su rostro surcado de arrugas, aunque en su mirada el “familiar” de ella podía notar un tenue calor de preocupación iluminarle los ojos entrecerrados. Aun así, ya era hora de que se marcharan y tenían que despedirse como correspondía, a pesar de ser Hakon quien había estado en contra de irse fue Kari al que más le costó decir un adiós, aunque fuera solo temporal.

El campesino permaneció de pie un momento, tenía la espalda rígida y las manos bien apretadas a los costados. Su expresión era inescrutable, pero la tensión en su mandíbula calentaba la lucha interna que tenía. Ya que parecía tener problemas para hacerlo el joven de cabello rubio ceniza decidió dar el primer paso.

Hakon se acercó y se inclinó levemente hacia la anciana, tanto a la hija del Baron como a la invitada les resultó un poco extraño que el muchacho no se sacara la bufanda de la boca cuando le dio un beso en el cachete. Igual le atribuyeron ese comportamiento a alguna costumbre rara de la ciudad de la que provenía.

Seguido del suave beso y antes de alejarse, el “familiar” tomó con lentitud una de las manos envejecidas de la anciana entre las suyas, él pudo sentir el temblor ligero pero constante de los dedos. —Volveremos pronto —dijo con una sonrisa segura.

Luego de eso fue que se separó, a la par el Elfo Invernal pudo apaciguar su conflicto interno gracias al tiempo extra que ganó y verlo a Hakon despedirse también lo alentó mucho para hacerlo. Descongelando sus piernas caminó para acercarse hacia su abuela mientras el humano se hacía a un costado, observó hacia la dirección de la puerta y se encontró con Raidia hablando casualmente con Signe, por lo que no se preocupó por el tiempo.

La anciana, con algo de dificultad, abrió más sus ojos para revelar el color azul que tenían. Los usó para recorrer el rostro de su nieto con ternura, seguido acarició su mejilla con la yema de los dedos como si quisiera memorizar cada línea, cada detalle de quien estuvo siempre con ella. A pesar de haber logrado mover su cuerpo, Kari tuvo otro conflicto para poder sacar las palabras que necesitaba, eso parecía lastimarlo mucho por dentro.

—El viento cambia rápido en estas tierras —dijo susurrando—. No dejen que los arrastre demasiado lejos.

Ese si fue el impulso necesario para que el alvinter pudiera liberar lo que tenía estancado en su interior. —No, claro que no. —Al decirlo mostraba su intento de contener las lágrimas—. Volveremos pronto —concluyó sin mucho más. Sabía que si no cortaba esto pronto solo se le dificultaría más hacerlo con cada momento extra.

—Tengan cuidado —le dijo la mujer con una dulzura que lo desarmó.

No obstante, esta vez no hubo respuesta. Kari se limitó a asentir con un leve movimiento de la cabeza y se dio media vuelta para ir junto a Hakon. Ahora el gran lobo Magnus aprovechó para acercarse y despedirse también, mientras los otros dos se acercaban a las chicas.

—Quiero decir, ya sabes, si llegas a sentirte mal solo háblanos —le informaba Raidia a la hija del Barón, esta asintió con la cabeza y la mujer se concentró en su nuevo grupo—. ¿Ya se encuentran preparados? —Los dos le dieron respuestas afirmativas, aunque una fue con más entusiasmo que otra y un momento después también se colocó el ladrido del lobo.

La mujer, con ese objeto negro cubriendo la luz de sus ojos solares, se dio media vuelta rumbo de regreso a la puerta. Hakon tomó la delantera para ir a abrirla y antes de que Kari pudiera seguirlo Signe lo agarró de su ropa de abrigo. —Voy a dar todo de mí para cuidarla —susurró llena de determinación.

—No lo dudo. —Se forzó a decir el alvinter—. Muchas gracias por todo.

No hubo ningún cantico o susurro, solo el silencio apoderándose de todo mientras la puerta de madera rechinaba al volver a abrirse. La anciana tampoco dijo nada más, solo se limitó a mirarlos con una expresión que decía todo lo que las palabras no podían.

Y cuando la puerta se cerró detrás de ellos, el frio los envolvió sin piedad.

-----O-----

El Kvallvig, Kvalljup o también llamado Luna Eterna poseía una oscuridad que no era solo la ausencia de luz, sino algo más, un manto espeso y sofocante capaz de cubrir el mundo. Ahogaba los colores y contornos hasta dejarlos en un limbo de sombras difusas. El cielo se transformaba en una vasta cúpula de negrura insondable, se alzaba sin estrellas, sin la más mínima promesa de un amanecer; pero si se distinguía el suave color azul de un enorme circulo. Una luna que reinaba sobre todos con un poder incrementado 100 veces.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.