Susurros del Frio y el Alba

Vientos del Crepúsculo 10

"Tras la caída del Imperio Stornelgang, gran parte del equipamiento forjado por Volundir desapareció de los registros históricos. No está claro si fue destruido, dispersado o deliberadamente ocultado.

A partir de este periodo, las menciones a armas con características similares se vuelven extremadamente escasas, lo que refuerza la idea de que su conocimiento no fue transmitido o no pudo ser replicado."

Fragmento de: Última edición - Historia de Offrasolned. Libro oficial de historia para las escuelas de Gavasta.

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La biblioteca de la fortaleza subterránea era un espacio solemne, profundo y silente, un lugar donde incluso el viento se negaba a perturbar la quietud de los libros. Había estanterías colosales de madera oscura que se alzaban ocupando todas las paredes, podían verse cubiertas de libros con tapas gastadas, encuadernaciones con filigranas metálicas, y sellos que brillaban débilmente a la luz cálida de las grandes chimeneas encendidas.

Entre las paredes y estantes sobresalía una gran mesa tallada a mano donde se reunían cinco figuras muy distintas entre sí, pero unidas por un mismo deber.

La Receptáculo del Crepúsculo presidia la reunión con la espalda bien recta y el rostro frio, a su derecha estaba Eydisjar intentando estar igual de firme, a la izquierda estaban las dos integrantes de Bellanoche: Elia, alta y seria, y Evania, de gesto suave y mirada tranquila. Sobre la mesa frente a ellos se hallaban mapas, hojas llenas de símbolos y escritos en distintos idiomas. Entre los cuatro estaban trazando un plan de como encargarse del hibrido de un Glypti.

En el extremo opuesto de la mesa estaba Loren, el muchacho hacia lo posible por no parecer perdido. Era un Vermibus, pero sin maestro y tampoco formaba parte de Bellanoche así que intentar participar de la reunión restaría más de lo que podía llegar a agregar. Aunque tampoco quería quedarse allí sin hacer nada y parecer un idiota, él tenía que demostrarles lo contrario por lo que se le ocurrió algo.

Entendía poco sobre los escritos de la mesa, los símbolos y rituales era lo que más se escapaba de su comprensión. En oposición lo que más entendía eran los libros y escritos hechos en el Lenguaje de la Muerte, no dominaba ese idioma en su totalidad, pero sí bastante ya que era una parte indispensable para poder usar la magia que adquirió después de morir y ser traído de regreso en su cadáver.

El punto medio entre ambas cosas era el idioma más usado de este planeta <Lo estuve practicando y estudiando mientras venia en camino, igual tengo que pulirlo más>. Con eso en mente se levantó de su asiento, los demás apenas se concentraron un instante en lo que hacía antes de regresar a lo suyo, como si supervisaran a un perrito travieso para que no se metiera en problemas.

Solo que él iba a hacer todo lo contrario de meterse en problemas, iba a demostrarles su valía. Con pasos lentos y disfrutando el fuego de la chimenea cercana se acercó a unos estantes. Empezó a revisar cada uno de los libros para elegir uno para leer y perfeccionar más su comprensión del idioma.

Un libro de tapa roja había captado su atención por un momento así que lo tomó. —Unión de Chispas —leyó. Le dio una ojeada rápida, el libro era una investigación, análisis y reflexión sobre la naturaleza de la magia de este mundo; cosa que no le llamó mucho la atención así que lo dejó en su lugar y pasó al siguiente.

Llegó a otro libro más voluminoso y lleno de anotaciones a los márgenes, al agarrarlo logró traducir el titulo como “Vientos y Designios Divinos”. Un vistazo rápido reveló que era un libro de teología, lo cual le pareció insoportablemente aburrido. Con una mueca lo dejó donde estaba y decidió mejor pasa a otro estante, a la par podía escuchar un poco de la charla de los demás.

—Podemos intentar desterrarlo a donde están todos los de su tipo.

—No sé si el ritual funcionaría, él no pertenece en su totalidad allí, así que el acuerdo que los encarcela podría no cumplirse.

—¿Y qué opinan de sellarlo?

En otra estantería los dedos con uñas pintadas de negro de Loren se detuvieron en un tomo más delgado, de cubierta azul pálida y con letras plateadas. —Canticos del Viento y el Ocaso —leyó en voz baja—. Suena místico. —Parecía tratarse de un libro que recopilaba mitos y leyendas, algo más interesante, así que se lo llevó y regresó a acomodarse en su silla.

Los demás seguían sumidos en su conversación, se oían fragmentos de dudas, estrategias y posibilidades. Mientras que el neonato estaba más interesado en leer, aunque un lado de su curiosidad se mantenía atento para saber cualquier chisme. En parte eso se debía a que podía entender cuando hablaban, en comparación a su vista que se arrastraba con más dificultad por los párrafos del idioma local, en los que se trababa demasiado al distinguir algunas palabras.

Y fue cuando ocurrió.

El sonido de las voces cesó de golpe, como si una ráfaga invisible hubiera barrido el aire. Foran se quedó inmóvil, tan quieta que por un momento parecía esculpida en hueso viejo. Mantenía sus ojos abiertos aunque sin expresión alguna (algo casi habitual en ella), aunque ahora estaban fijos en un punto inexistente en el centro de la mesa.

El muchacho levantó la cabeza con lentitud y sintió un escalofrió recorrerle la espalda, de reojo pudo notar como las llamas de la chimenea también titilaban, como si respondieron a la presencia de algo. —¿Foran…? —murmuró Elia con preocupación.

Al otro lado Eydisjar se incorporó con ligereza, manteniéndose alerta. Evania dejó de tomar apuntes y bajó la pluma a la mesa, observando la extraña y estática postura de la Receptáculo. El silencio que se había generado duró unos segundo más, cosa que para Loren se sentía más extensa.

No obstante, con la misma brusquedad con la que se había detenido la mujer de cabello castaño ocre volvió a parpadear. Ella respiró hondo y se irguió todavía más, dejando escapar sus palabras con la certeza dura y absoluto del hielo. —Ya están llegando —anunció con una voz que no parecía admitir replica—. Mi vicecapitana y el grupo están aquí.




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