Susurros del Frio y el Alba

Capítulo 16

"La obtención de muestras fue limitada debido a las estrictas restricciones impuestas por los vargnis, quienes consideran la NDG (Lágrimas de Nedgaus) parte de su patrimonio. Por lo que la cantidad de pruebas es muy limitada."

Extracto de:

Tesis sobre la Opstelamancia

en otros mundos

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Ocurrió lo mismo que antes: la compuerta trasera del vehículo aéreo, de metal y cristal, se deslizó hacia abajo hasta hundirse con un ligero toque en la alfombra de nieve. Al abrirse, el compartimento posterior que estaba separado del laboratorio central por una pared metálica quedó expuesto al exterior, perdiendo su calor en cuestión de segundos.

Los primeros en salir no fueron humanos, ni alvinters, ni siquiera los Solfodd. Fueron los grones: aquellas extrañas esferas metálicas que habían permanecido ancladas en la parte superior de la pared, en ranuras que parecían hechas a medida para albergarlas. Con la escotilla ya abierta, comenzaron a activarse. Se despegaron del techo con un leve zumbido y flotaron con elegancia en el aire gélido, resistiendo con firmeza el susurro cortante del frio.

La mitad inferior de cada gron se iluminó con una luz suave, generando un halo cálido que delineaba su entorno inmediato. No solo ofrecían visibilidad: también proyectaban un suave campo de calor, lo justo para combatir la mordida del clima y dar un mínimo de comodidad a quienes estuvieran por salir.

Después de eso fue que la puerta del laboratorio se abrió, en realidad para Hakon era más correcto decir que de alguna forma se deslizó para un costado metiéndose en la pared. Tanto el noble como el campesino vacilaron antes de dar un paso. Ya no llevaban encima las pesadas y gruesas prendas diseñadas para esta época del ciclo; en su lugar, vestían únicamente una fina prenda de un material desconocido que se adhería a la piel como una segunda capa.

Habían comprobado con sus propios ojos que esa vestimenta podía mantener con vida incluso a alguien expuesto al clima extremo, como sucedió con Raidia, y, sin embargo, sus cuerpos se resistían. Su subconsciente no creía lo que sus ojos afirmaban.

En medio de esa duda silenciosa, el primero en abandonar la nave fue Magnus, el enorme lobo. Nunca se había sentido del todo cómodo allí dentro. Durante varios soplos antes de que iniciara esta estación su cuerpo había estado preparándose para el frío, reforzando su pelaje en previsión, y el calor artificial de la nave resultaba casi insoportable. No necesitó pensarlo dos veces: su instinto lo guío hacia la oscuridad exterior. Pasó ágil entre las piernas de Kari y cruzó por la compuerta, con paso firme y un suspiro de alivio que solo su cuerpo entendía.

Eso sirvió como el impulso necesario para hacer actuar a los dos guías, era una de las razones por las que había traído a Magnus consigo. No es que solo se complementaran entre Hakon y Kari, su compañero de cuatro patas era una pieza muy clave que terminaba de complementar su triangulo.

Dejando las preocupaciones a un lado, ambos guías se pusieron en marcha. Atravesaron la división del laboratorio y salieron hacia la parte trasera de la nave. Sus mechones rubio cenizo de uno, y plateado del otro se sacudieron levemente al compás de los susurros del frío y la oscuridad. Sin embargo, no se formó vaho en sus respiraciones, ni sintieron el clásico ardor helado pinchándoles los poros del rostro. Y mucho menos sus cuerpos se entumecieron por la gélida temperatura.

Las vestimentas que llevaban podían parecer frágiles y delgadas, pero cada línea que recorría la superficie gris irradiaba un calor constante y envolvente, como un escudo invisible que contrarrestaba el clima mortífero del exterior. Todo ese abrigo invisible provenía del refulgestrella, guardado dentro de la pequeña mochila que llevaban adherida a sus espaldas.

Los pies de ambos pasaron de pisar la superficie metálica que antes fue una pared al suave abrazo de la nieve, tan fría que podría quemar, y aun así sus cuerpos estuvieron bien. No, de hecho, estuvieron mejor porque una de las seis esferas flotantes se posó sobre ellos haciendo todo todavía más reconfortante.

Como fue dicho, por detrás los siguieron los investigadores que los contrataron: Raidia, Lucien y Élodi. Ellos tampoco sentían frio en lo más mínimo, aunque además de sus cabellos los susurros del frio también sacudían las batas blancas de laboratorio que tenían sobre sus trajes térmicos.

La oscuridad debería ser casi total, salvo por el tenue resplandor de la luna azul, que iluminaba sólo aquello que su capricho le dictaba. Sin embargo, Hakon no dejaba de sorprenderse ante cómo esos seres, los Solfodd, rompían con toda lógica conocida. Seis esferas metálicas flotaban a su alrededor, emitiendo su propia luz y calor, como si fueran pequeños soles al servicio de su presencia. Del mismo modo, los ojos de Raidia y Élodi brillaban con un dorado intenso, tan vivo que el noble estaba convencido de que podría distinguirlos incluso en la negrura más densa de la Luna Eterna.

No obstante, los ojos de Lucien eran grises, como los suyos. Y, aun así, en su mirada se formaba la misma figura peculiar que se dibujaba en la de Raidia. Por lo tanto, el cambio de color no podía deberse a esa marca. La hipótesis que Hakon elaboró en ese instante fue sencilla, aunque no exenta de simbolismo: tal vez solo las mujeres Solfodd poseían ojos dorados como un soplo con el sol, mientras que los hombres cargaban con la nocturnidad en la mirada.

De todos modos, el humano no le dio demasiada importancia en ese momento. Los tres investigadores habían descendido con mochilas adicionales y unas extrañas cajas de cristal y metal, con pequeños palitos también metálicos que salían de ellas. Se concentraron en esos objetos mientras daban pequeñas vueltas sobre sí mismos, como si buscaran algo en el aire.




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