Susurros del Frio y el Alba

Capítulo 18

"...ademas resulta casi imposible de derretir por medios convencionales. Pero el fuego Opstelamantico provocado por un Ardiente demostró ser mas útil que uno químico."

Extracto de:

Tesis sobre la Opstelamancia

en otros mundos

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La casa estaba envuelta en una quietud apacible, la oscuridad y fríos susurros del exterior no podían penetrar la cálida burbuja que la envolvía. En una esquina de la mesa se hallaba construida una zona de piedra donde podía armarse una fogata en su interior, hasta hace poco allí hubo un caldero donde se cocinó algo rico para comer. La olla de metal ya no estaba, pero los presentes se encargaban de mantener el fuego encendido.

Las sombras de las personas se proyectaban en dos direcciones, la primera y más prominente era resultado del destellasol que colgaba de una viga de madera, mientras que la segunda era del propio fuego de la fogata que chisporroteaba dentro de la madera seca.

Sentadas alrededor estaban las dos mujeres de la casa, una chica joven con el estatus de hija del Barón del pueblo, y cerca una anciana de nariz grande y cabello gris por la edad. Sus ojos azules estaban casi entrecerrados, pero aun así podía seguir adelante con su actividad.

Ambas compartían uno de esos momentos que parecían destinados a permanecer en la memoria, sencillo pero bañado en calor. Era algo que Signe solía hacer con su madre en esta época del ciclo, cuando el trabajo que tenía disminuía.

Sentada en una silla de madera y con una cobija sobre sus piernas, la anciana tejía con una paciencia casi ritual. Sus dedos temblorosos y arrugados se deslizaban entre los hilos, como si aún llevara el ritmo de cuando era más joven. En comparación la muchacha de cabello castaño avellana ayudaba a mantener el hilo firme con una madeja entre las manos.

Sus manos estaban más hechas para escribir, era lo que hacía, por lo que a veces se equivocaba y el hielo se enredaba un poco. En respuesta la señora se reía por lo bajo y le decía que no se preocupara. Signe se ponía demasiado nerviosa con los errores y se le solía cerrar la garganta de la presión, no podía ser para menos siendo que todo un pueblo dependía de ella y su familia.

—De niñas, tu madre y yo ayudamos a cuidar y formar el rebaño del que ahora viene esta lana —comentó la mujer mayor de repente. Solía hacerlo, parecía que la tranquilidad le daba espacio a pensar y eso desempolvaba recuerdos. Algo que a ella le gustaba compartir con melancolía y que a Signe le gustaba escuchar, más cuando involucraban a su madre.

La anciana prosiguió. Tal vez le fallara un poco la memoria y no viera o escuchara bien, pero era capaz de hablar con claridad al tiempo que tejía con precisión. —Es suave porque esas eran épocas más duras, y uno aprende a proteger lo que anhela cuando el frio aprieta.

Sin poder evitarlo una tierna sonrisa apareció en el rostro de la joven, con los mechones de cabello cayéndole sobre la mitad izquierda de la cara. Le resultaba tan tierno ver como esa mujer compartía las mismas expresiones que su madre, en verdad habían pasado demasiado tiempo juntas de jóvenes y el calor las había moldeado de forma similar.

En la punta opuesta de la mesa donde estaban ambas se encontraba un hombre adulto de rasgos firmes, el Snognis encargado de proteger a la joven noble. Parecía adormilado pero atento, relajado pero nunca confiado del todo.

La hija del Barón se preguntaba si en serio se estaría aburriendo demasiado, ella la estaba pasando bien aunque visto desde una perspectiva externa la situación podía ser poco interesante. Ella siempre vio a su protector atento, y le daba curiosidad saber si podría llegar a aburrirse tanto como para dormirse.

No obstante, él tal vez no era la única persona cansada. Poco a poco los movimientos de la señora Kristensen empezaban a ralentizarse, las agujas se resbalaban un poco de sus dedos temblorosos provocando un leve tintineo; y el cuerpo se le inclinaba apenas hacia un costado como una rama cansada.

De a poco, hablando cada vez más suave y lento, la mujer iba cerrando sus ojos con la lentitud de una flor que decide no abrirse más al sol <Las personas a esa edad se cansan rápido> pensó la muchacha <Mamá es más joven pero cada vez la noto un poco más cansada>. Y tampoco podía culparla por eso, ambas mujeres les dedicaban toda su vida a sus trabajos. Una ayudando y curando a las personas del pueblo y otra organizándolas y dirigiéndolas.

<Si él también se duerme tendré que despertarlo para que me ayude a llevarla a su cama> pensó concentrándose otra vez en su protector <Oh, y yo que quería agarrarlo dormido. Podría haberlo molestado con eso>. Pero entonces, cuando sus ojos verdes regresaron a la persona mayor la mirada se le endureció, se congelo como el hielo expuesto al frio de esta época del ciclo.

Ella era una noble, la sangre de quien gobernó el antiguo Imperio Stornelgang corría por sus venas y se revelaba en la presencia de las marcas de copos de nieve en sus mejillas. Podía hacer cosas que otros no, ver y sentir el calor de cosas y personas. Aunque con estos últimos también podía interpretarlo.

Esa misma capacidad le permitió notar el calor de la anciana, algo que era sereno y constante estaba cambiando de forma abrupta. Notó como su temperatura era más baja de lo normal, el rostro que irradiaba un calor ahora estaba más pálido. Y, sobre todo, el calor en su pecho, donde está la Chispa, fluctuaba… titilaba.

El corazón de Signe se encogió al notar eso, dejó caer el hilo que tenía entre manos y se puso de pie bruscamente. —Señora… —soltó acercándose de inmediato— ¿Me escucha? —No hubo respuesta, solo un murmullo casi inaudible y un débil movimiento de los labios.

El calor disminuía más.

Con rapidez y creciente desesperación ella giró la cabeza hasta su protector Snognis, este ya se había incorporado como si hubiera sentido la urgencia en las anteriores palabras de la chica. —¡Apresúrate! —gritó, ordenó, rogó—. Ve al pueblo y busca a la Laeknir. Dile que es urgente, que estamos perdiendo a la señora Kristensen.




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