La noche de la luna llena se acercaba, y la tensión en "La Esperanza" era palpable. Lía se despertó antes del amanecer, el aire fresco le provocaba un cosquilleo en la piel. Sabía que el día monumental que habían estado esperando había llegado. Sin embargo, el eco de su coraje competía con el temor que se alojaba en su pecho. Hoy, su vida podría cambiar para siempre.
Mientras se preparaba, Lía repasaba cada detalle del plan en su mente. Samuel, junto con Thomas y los demás, había trazado un mapa mental del camino que seguirían. Un camino que se adentraría en los bosques oscuros y pantanosos, donde las sombras podían ser sus aliadas o sus peores enemigas.
Durante el día, las horas pasaban lentamente, cada una de ellas marcada por el sonido del hacha golpeando la madera y los gritos del capataz a los esclavos. Lía y Samuel intercambiaron miradas, reconociendo en la angustia de sus rostros el miedo y la determinación que los consumía a todos. El capataz, retador y agresivo, puso en alerta a todos los trabajadores.
Al caer la tarde, se reunió con el grupo en el claro que se había convertido en su refugio. “Hoy es el día”, dijo Samuel, su voz firme. “Nos reuniremos aquí al caer la noche. Al caer el sol, todas las luces de la plantación se apagarán, y será nuestra señal”.
A medida que la noche se adentraba, Lía sintió la energía y la emoción crecer en su interior. Sin embargo, el repentino sonido de un látigo cortando el aire, lleno de dureza, resonó en la distancia. Los murmullos de angustia emergieron entre ellos. A través de la oscuridad se oyeron gritos y órdenes. Al mirar, vieron al capataz atacando a uno de los nuevos esclavos por no haber trabajado lo suficientemente rápido.
El pánico llenó el aire, y Lía sintió que el coraje comenzaba a desvanecerse. “No podemos dejar que esto nos detenga”, dijo Thomas con una voz colérica. “Este es el momento en que debemos mantenernos unidos. Si permitimos que el miedo nos paralice, nunca seremos libres”.
Con el eco de sus palabras resonando en el aire, el grupo se reunió en torno a un fuego, la luz temblorosa iluminaba sus rostros decididos, pero aún asustados. Era un momento donde la unión de sus corazones les impulsaba a seguir adelante.
Pero la preocupación brotaba, como una sombra en su mente. Mientras la conversación giraba en torno a las estrategias para la fuga, Mariah, con el rostro surcado de líneas de ansiedad y amor, expresó su dolor. “Elías está en casa, y no puedo dejarlo atrás. No puedo arriesgar su vida”.
Samuel intentó confortarla, “Si escapamos, seguro que podremos encontrar un lugar seguro para él. La libertad estará al alcance”.
A medida que el tiempo se deslizaba hacia la noche, el grupo no podía permitirse más tiempo perdido. La luna llena comenzaba a elevarse en el cielo, creando un manto de luz sobre la plantación. Era el momento decisivo. Todos se dieron cuenta de que sería su única oportunidad; la posibilidad de huir estaba a su alcance, pero también el peligro.
Cuando la oscuridad envolvió "La Esperanza", el grupo se alineó. Con el corazón palpitante, Lía se unió a Samuel y a los demás. Sintiéndose parte de algo mucho más grande que sí misma, sintió que el coraje había crecido lo suficiente como para desafiar lo desconocido.
“Recuerden, no nos detendremos”, susurró Samuel. “Solo tenemos que mantenernos juntos y seguir el camino hacia el norte”.
Mientras se movían en silencio entre los frescos aromas de la noche, cada paso se tornó más consciente. La ruta se deslizaba a través de los campos oscuros, lejos de los límites de la plantación. Lía sentía la adrenalina dispararse, y a la vez su mente era un torbellino de pensamientos y recuerdos.
De repente, un grito resonó detrás de ellos. El capataz, despierto y en alerta, había notado su ausencia. La voz de Lía se ahogó en el horror cuando escuchó el sonido de sus botas resonando en el suelo. “¡Imbéciles! ¡Regresen aquí!”, bramó el hombre.
El tiempo se detuvo un instante. Suspenso, el grupo se detuvo, las miradas entre ellos eran de pánico y determinación. ¿Deberían regresar y enfrentar las consecuencias o continuar hacia la libertad a riesgo de ser atrapados?
Lía, sintiendo que todo dependía de su decisión, gritó, “¡Corran! ¡No mires atrás!”. Sin pensar, se lanzó a correr junto a Samuel y los demás, sus corazones latiendo con fuerza mientras el miedo los empujaba. Sabía que las cadenas de su pasado intentaban sujetarla, pero no podía permitirlo.
Ellos se dispersaron por el bosque, mientras el capataz los seguía, sus gritos resonando en la noche estrellada. El miedo era implacable, y cada pisada resonaba como una campana.
“¡Rápido, a la derecha!”, gritó Thomas, guiando al grupo a través de la densa maleza. Con cada zarza que ardía en sus brazos y piernas, el dolor era un recordatorio de lo que estaban dejando atrás.
Mientras corrían a ciegas a través de la oscuridad, ni Lía ni los demás podían ver el futuro que les esperaba. Pero su determinación nunca había sido más fuerte. La libertad era un grito profundo en sus corazones, lleno de promesas.
Sin embargo, mientras avanzaban, una sombra inquietante se cernía sobre ellos: la voz del capataz detrás de ellos se hacía cada vez más cercana. La caza había comenzado, y el tiempo se estaba agotando. ¿Lograrían escapar del infierno que una vez conocieron?
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Editado: 21.01.2026