La noche estaba envuelta en un manto de oscuridad total, mientras Lía y su grupo se lanzaban a través del bosque, sus corazones golpeando con una furia renovada. “¡No mires atrás!” le gritó Samuel, mientras la adrenalina los impulsaba, saltando sobre raíces y evitando ramas que parecían querer atraparlos. Cada paso era una mezcla de miedo y esperanza, con el eco de los gritos del capataz resonando a sus espaldas.
La luna llena, alta y brillante, les proporcionaba una tenue luz para guiarlos, pero también exponía sus figuras en la noche. Lía podía sentir el sudor escurriendo por su frente, pero en medio del pánico, había un sentido de propósito. Aquella no era solo una huida; era una reclamación de su vida, una lucha por su libertad.
“¡Rápido, hacia el pantano!” exclamó Thomas, con la voz firme a pesar del caos. La idea de cruzar un terreno tan traicionero parecía aterradora, pero cada segundo contaba. Con la amenaza del capataz en su estela, no había tiempo para dudar. Lía siguió al grupo mientras se lanzaban a las aguas oscuras, su corazón latiendo más rápido que nunca.
El pantano era un denso laberinto de agua y barro. El sonido del agua chapoteando y el crujir de las ramas parecían resonar en un eco desesperado. Lía sintió que, a cada paso, sus pies se hundían más en el lodo, intentando mantener el ritmo. “Sigue adelante, Lía, no te detengas”, se dijo a sí misma, focalizándose en la luz de la luna que guiaba su camino.
Algunos de sus compañeros luchaban por mantenerse a flote, el barro los retorcía con cada intento de avanzar. Mariah gritó cuando una rama afilada rasgó su piel. Lía se detuvo un instante para ayudarla, pero el temor en su pecho le decía que no podían permitirse el lujo de perder tiempo. “¡Vamos, Mariah, apúrate!” La urgencia en su voz la instó a seguir.
Mientras cruzaban, los gritos del capataz resonaban más cerca. “¡Desgraciados! ¡Los encontraré!”, clamaba, su voz llena de rabia e impotencia. Lía sentía que cada palabra era un golpe, una amenaza que acechaba su deseo de libertad. A pesar de la opresión, sopesaron la realidad: no se rendirían.
Finalmente, lograron salir del pantano. El grupo se detuvo momentáneamente, sus pechos agitados subiendo y bajando. “Debemos seguir moviéndonos”, dijo Samuel con una voz entrecortada. “No podemos quedarnos aquí. Necesitamos encontrar refugio y planear nuestro próximo movimiento”. La realidad de lo que enfrentaban comenzaba a asentarse en sus corazones. La libertad estaba más cerca, pero no sin el precio del sacrificio.
Mientras el grupo avanzaba por un sendero apretado, los susurros de la naturaleza parecían unirse a su lucha, mezclándose con el sonido de sus pasos. Lía buscaba encontrar la calma en medio del caos, la esperanza que había estado alimentando en su interior.
Aumentando su paso, se alejaron del claro del pantano hacia un denso bosque, donde el refugio de los árboles creaba un escondite natural. A medida que se adentraban más, Lía notó que los susurros de sus compañeros se desvanecían, su agotamiento comenzaba a hacer mella en sus cuerpos. Sin embargo, Lía estaba decidida a no permitir que el miedo los detuviera.
Después de lo que pareció una eternidad, llegaron a un pequeño claro, un lugar alejado de los caminos de la plantación. Era un refugio temporal, pero aseguraron que, al menos por ahora, el peligro no estaba tras ellos. Mientras se sentaban, la ansiedad de cada uno comenzó a vagar por el aire, llevándose consigo la fe que habían mantenido hasta ese momento.
“¿Qué haremos ahora?”, preguntó Mariah, quien temía por su hijo, su voz temblando de preocupación. El silencio cayó sobre el grupo, y la verdad se hizo evidente: estaban en un terreno desconocido. La posibilidad de haber dejado su antiguo hogar atrás se daba de manera lenta, pero la realidad de su situación aún era aterradora.
“Debemos descansar y luego formular un nuevo plan para salir de este estado”, respondió Thomas, quien había estado asumiendo el liderazgo. “No podemos quedarnos aquí para siempre. Una vez más, deberemos avanzar al amanecer”.
Mientras la noche caía, Lía sintió que el tiempo se podía escabullir. Con las palabras de su abuela resonando en su mente, una mezcla de esperanza y miedo la consumía. “La libertad es un derecho”, pensó, recordando cada historia que la había guiado. Ahora, esa libertad estaba justo frente a ella y no iba a dejar que se le escapara.
Cuando todos se acomodaron en el suelo del claro, la vigilia hacia el peligro los mantenía a la espera. La luna las observaba, testigo silencioso de su lucha, mientras Lía y sus compañeros compartían sus historias, pasando de las lágrimas a las risas, como un brebaje sanador en momentos de lucha.
A medida que la noche avanzaba, el cansancio se transformó en angustia. Lía no podía cerrar los ojos, la preocupación por su futuro la mantuvo despierta. En sus pensamientos, la imagen de un horizonte lleno de posibilidades danzaba junto a la sombra de sus miedos; el deseo de libertad seguía pulsando en su interior, creciendo más potente. Pero cada paso que tomaban los conducía al riesgo, la incertidumbre era un peso en su pecho.
Cuando el primer rayo de sol comenzó a asomarse entre los árboles, Lía supo que era hora de actuar. Aquella mañana marcaría un nuevo comienzo, no solo para ella, sino para todos.
“Debemos dirigirnos al norte. Hay rumores de un refugio para aquellos que escapan en la siguiente ciudad que está a una jornada de distancia”, dijo Thomas, rompiendo el silencio. “Allí, podremos encontrar ayuda.”
Una mezcla de alivio y ansiedad deslizó por los rostros de los presentes. Ciertamente estaban ansiosos por el camino que los aguardaba, pero por primera vez en mucho tiempo, había luz en su camino, un atisbo de libertad.
Mientras empacaban lo poco que tenían, Lía sintió que la vida empezaba a renacer entre las sombras de la opresión. Sin embargo, la imagen del capataz se cernía sobre su mente. ¿Realmente tendrían la oportunidad de alcanzar el refugio soñado, lejos del horror que habían vivido?
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Editado: 21.01.2026