Susurros del pasado: la vida de una esclava

Capítulo 6: Enfrentando los Fuegos del Pasado

El amanecer trajo consigo un aire de expectativa, una mezcla de esperanza y ansiedad que flotaba sobre la pequeña comunidad de fugitivos. Mientras la bruma se disipaba en el claro, Lía respiró profundamente, sintiendo que cada inhalación la llenaba de determinación. A pesar del miedo que había sido su compañera durante tantos años, la libertad parecía estar al alcance de sus manos.

Junto a Samuel, Thomas, Mariah y los otros, se prepararon para afrontar el camino hacia el norte, un viaje que prometía ser arduo y lleno de peligros, pero que también podría traerles la oportunidad de un nuevo comienzo. El seguimiento del río, que se decía que guiaba hacia el refugio para aquellos que escapaban, era su única esperanza.

Mientras avanzaban, el grupo se adentró en el paisaje vibrante de verdes y dorados. Sin embargo, dentro de él, Lía sentía un tumulto de emociones. Aunque sabía que las cicatrices de su pasado nunca desaparecerían, el deseo por romper esas cadenas invisibles era más fuerte que cualquier otro recuerdo. Sin embargo, no podía evitar que flashes de su vida en la plantación perturbaran su mente: los rostros de aquellos que habían luchado a su lado, el dolor del sufrimiento y la desesperación.

“¿Qué haremos si nos atrapan?”, volvió a murmurar Mariah, su voz un hilo tenso. “No puedo volver a lo que hemos dejado atrás. No puedo perderme ni a mí misma, ni a mi hijo”. Esa pregunta, repetida ya en varias ocasiones, parecía como un eco que acechaba en la mente de todos.

“Debemos mantener nuestra fe”, respondió Lía, volviéndose hacia ella y sintiendo un fuego renovar su voz. “Cada paso que damos nos lleva más lejos de ese lugar. Si luchamos juntos, no hay una fuerza que nos detenga”.

Las palabras de Lía resonaron con un ardor renovado en el grupo, pero también redoblaron los latidos de su corazón, conscientes de que el tiempo se les agotaba. Mientras trabajaban en silencio, sus pies pisaron la tierra húmeda que se volvía cada vez más resbaladiza por las lluvias recientes, y una sinfonía de sonidos naturales sobrecogía cada rincón.

El viaje los llevó por un sendero que se adentraba en un bosque frondoso, donde los árboles altos parecían protegerlos, pero también ocultarles los peligros que acechaban. A medida que se adentran más en la espesura, Lía sintió que los recuerdos del pasado la perseguían, como sombras inquietantes que nunca la abandonarían por completo.

“Lía”, la voz de Samuel interrumpió sus pensamientos. Tenía una mirada grave, como si sentiese lo que su corazón había estado albergando. “¿Estás lista para lo que está por venir? El camino será incierto, y quizás tengamos que enfrentar a quienes una vez nos mantuvieron cautivos”.

La pregunta tenía un peso en sus palabras. Lía tragó saliva, recordando las palabras de su abuela sobre la fuerza que reside en el corazón de cada uno. “Estoy lista”, respondió, su voz firme. “No puedo dejar que el pasado me atrape. Lo que hemos vivido no definirá nuestro futuro”.

Mientras continuaban su camino, la inquietud inicial fue seguida por una resolución palpable. Aunque el miedo aún acechaba, el deseo de llegar al refugio comenzó a ocupar un espacio cada vez mayor en sus corazones. Se sentían como un torrente de agua que corría hacia lo desconocido, llevando consigo la carga de sus experiencias pasadas.

Sin embargo, los peligros inminentes no podían ser ignorados. A medida que el sol empezaba a descender, el grupo se detuvo cerca de un pequeño arroyo, cubriéndose entre todos. No podían avanzar mucho más sin riesgo de ser descubiertos por el nuevo capataz, que seguramente había organizado una búsqueda sin descanso.

Aventurarse por el norte requeriría más que braveza: debían ser astutos y precavidos. Mientras se acomodaban, Lía sintió la tensión en el aire, esa mezcla embriagadora entre el miedo y la esperanza. En su mente, recordaba a su madre, cantando en la oscuridad del día. La memoria de su abuela, firme y anclada, también afloró; les había enseñado que no se podía doblegar el espíritu humano.

Sin embargo, justo cuando comenzaron a compartir sus historias sobre el viaje, un ruido rompió la calma. Un grupo de hombres, armados y furiosos, apareció al otro lado del arroyo. Sus corazones se detuvieron. Eran un grupo de cazadores que patrullaban el área por orden del capataz. “¡Vengan, son los que se han escapado!”, gritaron, sus ojos buscando peligrosamente, dispuestos a capturar a cualquiera que se interponga en su camino.

“¡Corran, por aquí!” gritó Samuel, mientras el grupo se movía en otra dirección, buscando refugio en la maleza. Sin embargo, la desesperación se apoderó de cada uno de ellos. El sonido de las botas que se acercaban llenaba la atmósfera de un fuerte eco, haciéndolos sentir encarcelados entre sus propios miedos.

Mientras se movían a través del espesor, Lía sintió que su respiración se aceleraba. No solamente estaban luchando por sus vidas, sino que esos momentos ardientes en el bosque serían el vínculo que los uniera o la prueba que los separara.

“¡No nos detendremos!”, acordaron mientras se movían con rapidez. Era una prueba del fuego, una lucha por mantenerse unidos mientras una marea de incertidumbre los rodeaba. En esos instantes, el pasado parecía estar al acecho y el futuro desdibujado.

Mientras corrían por el bosque, los gritos ya no se dejaban escuchar, pero la sensación de peligro persistía en el aire. La verdad era que el camino hacia la libertad podría llevarles a enfrentar demonios que pensaban haber dejado atrás.

El costo de la libertad parecía tan alto cada vez que un nuevo peligro se interponía entre ellos, pero Lía se aferró a la esperanza de que su unidad, su lucha y el deseo de un nuevo comienzo los llevarían a un futuro que aún no podían imaginar.

Desesperadamente, la búsqueda sigue, con cada día renovando la tensión en sus corazones. ¿Lograrían hallar el camino al refugio antes de que sus perseguidores los atraparan nuevamente?




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