El alba rompía suavemente sobre el horizonte, iluminando el bosque con un dorado tenue. Lía despertó con el primer rayo de luz deslizándose a través de las ramas y llenando el claro con su calor. La noche anterior había sido intensa, llena de miedos y la firme resolución de no rendirse. Pero el peligro aún acechaba. Aún quedaba una larga travesía por delante y desafíos por enfrentar.
Mientras todos comenzaban a despertar, Lía se levantó y fue hacia el río que corría cercano. Sabía que era vital mantenerse tranquila y concentrada. Miró el agua, un torrente que se movía velozmente, purificándose con cada gota. En su mente, el agua simbolizaba la libertad: siempre fluyendo, siempre avanzando.
“Debemos prepararnos. No sabemos qué nos espera”, dijo Samuel mientras se acercaba a ella, rompiendo sus pensamientos. Sus ojos reflejaban la determinación que irradiaba en el grupo. “Hoy continuaremos hacia el pueblo. Necesitamos obtener información sobre el refugio, pero también conseguir provisiones”.
Lía asintió. “No podemos descuidar la seguridad. Si nos ven, todo habrá sido en vano”. El recuerdo de cómo las voces de los cazadores habían retumbado en su mente la llenaba de un pavor palpable.
Mientras regresaban al claro, Thomas organizó a todos. “Necesitamos agua y algo de comer. Quizás podamos encontrar frutas o raíces a lo largo del camino. Estén atentos a la dirección del viento y a cualquier ruido extraño. La vigilancia es nuestra mejor protección”. La urgencia en sus palabras impulsó la determinación del grupo.
El día avanzó y, a medida que exploraban el bosque, el silencio se sentía pesado. Las sombras crecían a medida que el sol se elevaba, y el grupo se mantuvo alerta. Lía se dedicó a observar la vegetación que los rodeaba: cada hoja, cada rama, parecía susurrar secretos de aquellos que habían pasado antes.
De repente, un sonido distante llegó a sus oídos, una melodía -la flauta de un hombre- que flotaba en el aire. Lía detuvo sus pasos, una tristeza y nostalgia aflorando en su corazón. ¿Sería un espíritu, uno de los muchos que había perdido? ¿O una persona que también buscaba lo que había perdido? Un leve murmullo escénico llenó su mente. “Podría ser un amigo”, murmuró.
“¿Qué dices?” le preguntó Samuel, notando la preocupación en su rostro.
“Ese sonido… parece... lejano, pero familiar. Tal vez es alguien que también busca lo que hemos perdido”, dijo Lía, impulsada por un sentimiento tan profundo que resonó en el aire.
Hacia el sur, en la distancia, se vislumbraba un sendero. Thomas lo notó y rápidamente dirigió al grupo hacia él. “Un camino. Tal vez nos lleve al pueblo. Debemos ser cautelosos, pero este podría ser nuestro camino a seguir”.
Sin embargo, la incertidumbre se cernió sobre ellos. Mientras avanzaban, el canto de la flauta se desvaneció en el aire, dejando solo el golpeteo de sus corazones y el sonido de las hojas crujientes bajo sus pies. Preocupaciones crecieron: estarían en la dirección correcta, o incluso podrían estar caminando hacia un final no deseado.
Finalmente, después de horas de caminar, llegaron a un claro. Desde allí, el paisaje se expandía en un mar de verde y marrón. “¡Miren!”, exclamó Samuel, señalando en la dirección opuesta. Era un asentamiento, una colección de casas de madera dispersas, humeantes chimeneas que indicaban que allí había vida.
“¿Entramos?” preguntó Mariah, su voz temblando. El miedo de regresar era palpable en su tono. Lía sintió que su propio corazón se dividía. Estar tan cerca de otros significaba posible apoyo, pero también el riesgo de ser reconocidos y atrapados.
“Si son aliados, podríamos encontrar la ayuda que necesitamos”, respondió Thomas, aunque su voz también traía la incertidumbre del encuentro. “Pero si son enemigos, ese será nuestro final”. La verdad de cada palabra era tangible, un recordatorio de que el futuro que soñaban dependía de su valentía y astucia.
Con cautela, el grupo se acercó a la aldea. Entre susurros y miradas atentas, se movieron a través del verde fresco, buscando un refugio que tal vez los ayudaría a escapar de sus horrores pasados. La fragancia de la comida cocinándose llegó a ellos, su estómago rugía, haciendo eco de las primeras alegrías en meses.
Al llegar a la entrada, un grupo de hombres se encontraban afuera, conversando. Lía sintió una mezcla de emociones: un deseo de acercarse y obtener ayuda, pero también un temor abrumador de ser capturados nuevamente. Intercambiaron miradas, decidiendo quién se atrevería a dar el primer paso. Era un momento crítico; el destino de todos pendía de un hilo.
“Nos acercaremos con calma”, sugirió Samuel. “Solo uno de nosotros debe hablar. Si somos recibidos con hostilidad, tenemos que estar listos para huir”.
Lía tomó una profunda respiración, sabiendo que en sus manos estaba el futuro del grupo. “Soy yo”, dijo, con una voz que sonó más firme de lo que se sentía. “Dame la oportunidad”. Sus compañeros la miraron con sorpresa y preocupación. Pero en su interior, conocía a su abuela y cómo nunca había dejado que el miedo la frenara.
Avanzó hacia el grupo de hombres y, con destreza, empezó a hablar. “¡Por favor, escuchen!”, comenzó, la urgencia en su voz atrayendo la atención del grupo. “Venimos de lejos, de una plantación donde vivíamos como esclavos. Hemos escapado, pero necesitamos ayuda. No queremos ser una carga, solo buscamos refugio”.
Los hombres la miraron, sus rostros impasibles. “¿De qué plantación ven?” preguntó uno, de voz profunda y firme. “¿Qué pruebas hay de que su historia sea cierta?”.
Lía sintió la presión. Sabían que podían ser despedidos de inmediato. “Soñábamos con la libertad. Nos hemos cruzado con otros que han luchado por ello. Creemos que ustedes también pueden entender lo que significa luchar por su vida”.
Un murmullo pasó entre el grupo mientras Sostenía una mirada firme. Cada uno de los hombres parecía evaluar su historia, y en el fondo de su ser, Lía sintió que la historia que compartía podría irse desvaneciendo como la luz del día.
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Editado: 21.01.2026