La noche se alargaba sobre el bosque, envolviendo a Lía y su grupo en un manto de incertidumbre. El eco de los pasos de sus perseguidores se desvanecía gradualmente, pero el terror de ser atrapados jamás los abandonaría. Lía sabía que cada sombra a su alrededor podía esconder un nuevo peligro, pero el deseo de seguir adelante era más fuerte.
“¿Qué vamos a hacer ahora?” preguntó Mariah, su voz apenas un susurro. La presión del miedo se había apoderado de su ser; el recuerdo de su hijo seguía resonando y marcando su corazón. La tristeza y la determinación se entrelazaban en su voz. “No podemos seguir huyendo indefinidamente”.
Samuel, sintiendo la angustia del grupo, tomó la delantera. “Primero, necesitamos un lugar seguro para descansar. No podemos continuar sin un plan. Ahora es más importante que nunca que trabajemos juntos”, dijo, su mirada firme. “Debemos encontrar a alguien que pueda guiarnos al refugio, a un lugar donde podamos descansar y organizarnos”.
Lía asintió y una chispa de esperanza se encendió en su corazón. Había llegado demasiado lejos para desistir. La memoria de su abuela resonaba en su mente. “La libertad está en la lucha”, le había dicho un día, y ahora el fuego de esa lucha ardía en su interior.
Mientras se movían sigilosamente por el bosque, el grupo se sumió en un sólido silencio, interrumpido solo por el susurro del viento entre los árboles. Era un ambiente tenso; cada crujido bajo sus pies resonaba como un trueno en sus corazones. Fue entonces que vieron un pequeño claro, iluminado tenuemente por la luz de la luna.
“Podemos quedarnos aquí por un momento”, sugirió Thomas, su voz más suave. “Es mejor estar fuera de la vista y en silencio. Necesitamos replantear cómo proseguir y evaluar nuestras próximas acciones”.
Se acomodaron en el claro, el sonido del bosque envolviéndolos en su tranquilidad engañosa. Lía cerró los ojos un momento, permitiéndose sentir la presión y el cansancio de los días previos. Pero justo cuando creía que el descanso les sería benéfico, un sonido distante llegó a sus oídos.
Un tamborileo en la tierra, como un latido, reverberaba. Lía centró la atención en el sonido, su corazón acelerándose al reconocerse el eco de la marcha. “¡Escuchen!”, dijo, su voz crispada con la atención. “Veo luz a lo lejos”.
Los otros se enderezaron, inquietos. Thomas miró en la dirección que Lía señalaba. “Podría ser un grupo de abolicionistas. O un peligro. Necesitamos usar el sigilo”.
Lía sentía un torbellino de emociones; la cercanía de otros seres humanos podría significar aliados o enemigos. Con la esperanza aferrándose a su corazón, se atrevieron a avanzar hacia el sonido.
Con cautela, se acercaron al lugar donde resplandecía la luz, y pronto pudieron ver figuras moviéndose en la penumbra, sus siluetas danzando ante una fogata. Había rostros que se reunían en la calidez del fuego, y al acercarse un poco más, comenzaron a escuchar fragmentos de la conversación.
“Hay más fugados. Hemos de avisar a los vecinos. La situación se agrava”, decía un hombre robusto cuyas manos se movían con decisiones. “Si no actuamos rápido, perderemos la oportunidad de ayudarles”.
Lía sintió una oleada de alivio y ansiedad al mismo tiempo. Aunque temerosos, decidieron que aquello era su oportunidad. “Debemos acercarnos”, dijo Thomas, su voz impregnada de alta determinación. “Podría ser nuestra única oportunidad de hallar apoyo”.
Sin embargo, Lía dudaba. “¿Y si no nos reciben? ¿Y si se nos considera una amenaza?”. Pero al mirarlos, vio la luz de esperanza reflejada en sus ojos. La incertidumbre del camino que habían recorrido y la lucha resonaban profundamente.
Con pasos sigilosos, se acercaron hacia el grupo iluminado por el fuego. Una vez que se sintieron a la distancia adecuada, Lía dio un ligero toque a los hombres, y pronto todos se encontraron en la misma situación. Unirse a la lucha era el camino que debían seguir, y la fe en sí mismos se hacía más fuerte.
“¡Esperen!”, gritó una voz mientras algunos miembros del grupo se giraban hacia ellos. “¿Quiénes son?”.
“Venimos de una plantación”, dijo Lía con valentía, su pecho llenándose nuevamente de determinación. “Escapamos y buscamos protección. Queremos luchar por la libertad”.
Los miembros se miraron entre sí, evaluando la honestidad de su mensaje. Había inquietud en sus gestos, pero también un destello de compasión. “¿Y cómo sabemos que no son espías?”, preguntó el robusto hombre.
Thomas dio un paso al frente, su cuerpo aún tenso pero lleno de la calidez de la valentía. “No somos espías. Somos hombres y mujeres que han vivido el horror de la opresión. Estamos buscando un lugar donde nuestras historias sean escuchadas y donde nuestra lucha pueda unirse a la suya”.
La tensión en el aire se mantuvo, pero la posibilidad de encontrar una comunidad de apoyo parecía tomar el centro del escenario. Se hicieron preguntas y compartieron historias, pero en el fondo todos sabían que el reto era seguir adelante.
“Si lo que dicen es verídico, entonces deben unirse a nuestra causa”, dijo el líder del grupo, su mirada escrutadora. “Estamos organizando una resistencia. Es un camino peligroso, pero si están dispuestos a arriesgarlo todo, pueden unirse a nosotros”.
Lía sintió que el futuro del grupo pendía de un hilo frágil. La seriedad del momento la llevó a tomar una decisión. “Estamos dispuestos a luchar. No volveremos atrás. La libertad es lo único que queremos”. Su voz se elevó no solo por ella, sino por la lucha de cada uno que había estado a su lado.
Los abolicionistas intercambiaron miradas, un resplandor de determinación en sus ojos. “Entonces, bienvenidos”, dijo el líder, una sombra de una sonrisa asomando. “Con nosotros, deberán lidiar con la resistencia del mundo exterior y luchar por la vida que todos merecemos”.
La calidez del fuego envolvía el aire, y Lía sintió una renovada esperanza florecer en su corazón. Ser parte de una comunidad más grande era un paso decisivo hacia lo que habían soñado durante tanto tiempo. Sin embargo, su viaje no había terminado.
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Editado: 21.01.2026