La noche se convirtió en un escenario de frenética acción mientras Lía y su grupo se movían con prisa por el bosque, el eco de las voces en la distancia resonando tras ellos. Sin embargo, la oscuridad les ofrecía un manto protector que les permitía escabullirse mientras la bruma del amanecer comenzaba a ascender. La luna desvanecía su luz, pero el intenso deseo por la libertad continuaba brillando en los corazones de todos.
Habían pasado por mucho desde que tomaron la audaz decisión de escapar de la plantación, pero el camino no parecía aligerarse. Ahora, en medio de la incertidumbre, se encontraban en un punto crucial, y aunque dudaban de sus pasos, la fe en su lucha seguía siendo más fuerte.
“¿Dónde vamos ahora?”, preguntó Mariah, con la preocupación reflejada en su rostro. Lía pudo ver la lucha interna en su amiga; su amor por Elías siempre pesaba en su corazón, y la búsqueda por la libertad parecía tan peligrosa en esos momentos.
“Debemos encontrar un refugio seguro para descansar y planear nuestros próximos pasos”, dijo Thomas con determinación. “No podemos dar la espalda a nuestra lucha”.
Lía asintió, sintiendo que cada palabra de Thomas resonaba en su propio corazón. “No podemos permitir que el miedo nos detenga. La resistencia está en nuestra sangre, y tenemos que creer que hay esperanza en este camino”.
Se movieron en la penumbra hasta que encontraron un pequeño arroyo, donde el sonido del agua fluyendo proporcionó un momento de calma en medio de la turbulencia. Lía sintió la frescura del líquido entre sus dedos, y aunque el frío la recorrió, le recordó que estaban vivos y que la lucha por su libertad aún estaba presente.
Mientras se sentaban en la orilla, tratando de reponer fuerzas, comenzaron a compartir sus planes. “He oído que hay comunidades en la ciudad que ayudan a los fugitivos”, explicó Samuel, dejando que sus recuerdos fluyeran. “A veces, esos grupos abolicionistas tienen redes secretas, y podríamos unirnos a ellos. Pero para hacerlo, necesitaremos un camino”.
“A veces hay caravanas que transportan mercancías. Podríamos intentar ocultarnos y viajar hasta el norte. Hay quienes hacen el recorrido para ayudar a aquellos que escapan”, sugirió Lía, su mente llena de imágenes de un futuro mejor.
“¿Cómo sabemos que podemos confiar en ellos?”, cuestionó Mariah, todavía llena de incertidumbre. Su rostro, a pesar de la fatiga, mostraba que seguía luchando contra la desesperanza.
“Debemos arriesgarnos”, dijo Thomas, su voz firme. “Si permanecemos escondidos, siempre viviremos con el miedo. La libertad no se gana en la sombra. Debemos ser audaces”.
En medio de la conversación, el sonido distante de caballos acercándose se hizo evidente. El grupo contuvo la respiración. Desesperanzados, Lía sintió el golpe de la adrenalina; la posibilidad de ser recapturados de nuevo era un recordatorio acechante de todo lo que habían enfrentado.
Esos momentos de tensión les recordaron que no podían permanecer juntos si deseaban escapar. “¡Escondámonos!”, gritó Samuel, mientras llevaban a todo el grupo hacia un espeso matorral.
El grupo se escondió en el llano, manteniendo el silencio mientras los ecos de las pisadas se acercaban más. La luz de las antorchas iluminó la escena. “No pueden estar lejos”, escucharon que decía uno de los hombres. “Siguieron el arroyo. Hay historias de quienes se han escapado antes. No podemos permitir que sean libres”.
Lía sintió que su corazón latía con fuerza. El grupo no sólo estaba luchando por sí mismos; luchaban por sus familias, por el legado de quienes habían sido arrebatos a sus vidas. Cuando las sombras de los hombres se adentraban en su escondite, la tensión alcanzó su punto máximo.
Permanecieron inmóviles, la respiración contenida mientras los hombres se movían a su alrededor. “Si los encontramos, serán castigados”, continuó otro, un tono de emoción resonando en su propia voz. “Debemos actuar con rapidez”.
Los hombres comenzaron a discutir, pero Lía se dio cuenta de algo en el aire. Una chispa de temor comenzó a crecer en el interior de su ser. Sin embargo, su deseo de ser libre se reafirmó con cada palabra que pasaba entre ellos. En esa conversación, ella vio que sus luchas debían estar acompañadas de la colaboración y resistencia.
La realidad se cernía sobre ellos cuando, de repente, uno de los hombres giró bruscamente. “Mira, ¡hay huellas a la orilla del arroyo!”. El temor recorrió la espina dorsal de Lía, sintiendo la urgencia de escapar.
“¡Corred ahora!”, gritó Thomas a sus compañeros.
El grupo dejó su escondite y se lanzó rápidamente hacia el bosque, los latidos de sus corazones resonando con la urgencia mientras corrían en busca de un refugio. El sonido de la caza se desvanecía tras ellos, pero en sus corazones la lucha había comenzado una vez más. La adicción a la libertad guiaba cada movimiento, cada decisión, cada paso por el oscuro camino hacia un futuro desconocido.
Después de correr por un tiempo que se sintió interminable, se encontraron en una pequeña cueva oculta, un lugar que distrajo momentáneamente sus mentes. Con el tiempo, la adrenalina del momento comenzó a desvanecerse, dejando tras de sí el cansancio y las tensiones.
“¿Estaremos a salvo aquí?”, preguntó Mariah, con su mirada llena de miedo ante lo inminente. “¿Y si nos encuentran?”.
Lía se sentó en la tierra fría y dijo: “No podemos dejar que el miedo nos detenga. Cada paso del que nos hemos alejado ha sido valioso. Aquí podemos pensar y planear”.
Mientras permanecían en el interior de la cueva, sus corazones encontraban un momento de calma. Pero el peligro había estado con ellos desde el primer paso que dieron, y cada instante era un recordatorio de que el riesgo estaba siempre presente.
Durante horas, se hicieron silencio. Lía miró a su alrededor, sintiendo que las sombras se convertían en una conexión tensa. Su mente fluyó entre lo que había dejado atrás y las incertidumbres por venir. Sin embargo, había algo dentro de ella que no se apagaría. Aunque sus recuerdos la perseguían, la lucha por la libertad la hacía sentir viva.
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Editado: 21.01.2026