El amanecer se filtraba a través de los árboles, tiñendo el claro con tonos de naranja y dorado. Lía se despertó rodeada por el cálido resplandor de la fogata, aún ardiendo tenuemente, alimentada por los leños que habían recogido la noche anterior. Mientras sus compañeros aún dormían, se tomó un momento para reflexionar sobre la jornada que se avecinaba.
A medida que los últimos ecos del sueño se desvanecían, la memoria de las luchas pasadas empezaba a aflorar. El sonido de las risas compartidas, la presencia de la comunidad que habían encontrado, el fuego de la resistencia. La noche anterior había traído consuelo, pero también una sensación de urgencia que seguía palpitando en su interior.
Hoy sería un nuevo desafío. La lucha por la libertad no había hecho más que intensificarse, y mientras recordaba las palabras de su abuela, “La libertad comienza en el corazón”, Lía sintió una determinación creciente aferrarse a su espíritu.
Mientras los demás comenzaban a despertar, Lía se acercó al río cercano para lavarse la cara y refrescarse. El agua fría la despertó de su letargo, y con cada gota, sentía que se llenaba de vitalidad. Había algo purificador en ese momento, recordándole que cada día era una oportunidad para renovarse.
Cuando regresó al claro, Thomas y Samuel ya estaban organizando a todos para el día. “Es importante que definamos nuestro camino”, dijo Thomas, rodeado por la mirada atenta del grupo. “Debemos encontrar un nuevo refugio y evaluar la situación en el pueblo”.
Esa mezcla de organización era clave. “Además”, agregó Samuel, “será vital contactar a otros grupos, ver si hay más aliados dispuestos a unirse a nuestra causa”.
“Pero, ¿y si el peligro acecha?”, interrumpió Mariah, sosteniendo a Elías en sus brazos mientras miraba alrededor con preocupación. “No quiero que pongan a mi hijo en riesgo una vez más”.
“Debemos ser astutos”, aseguró Lía, empujando su propio temor hacia atrás. “La lucha es nuestra, sí, pero la unidad con estos nuevos aliados nos ofrecerá la protección que necesitamos”.
Dedicaron un tiempo a organizarse, haciendo un inventario de lo que tenían y de lo que necesitaban. Mientras coordinaban sus recursos, Lía sentía que cada uno de ellos traía una carga en sus corazones, pero la posibilidad de un futuro no estaba tan lejos.
Con el plan trazado, se disponían a moverse a través del denso bosque. El sol comenzaba a elevarse, y con cada paso, el camino oscuro comenzaba a iluminarse. La comunidad había crecido en conexión; juntos formaban una resistencia basada en las historias compartidas, en el sufrimiento y en la unión. Sin embargo, la sombra de lo que habían dejado atrás seguía cerniendo sobre el grupo.
A medida que se adentraban más en el bosque, Lía no pudo quitarse la sensación de que el peligro siempre estaba presente. Nuestro mundo es impredecible, pensó, su mente cargada de recuerdos de la plantación y el hambre de libertad que ardía con fuerza.
Pronto se encontraron cerca del pueblo, el bullicio de la vida diaria palpable en el aire. A medida que se aproximaban, Lía sentía un nudo en el estómago: ¿Qué pasaría si eran reconocidos? ¿Qué pasaría si las sombras del pasado regresaban a reclamar lo que había sido?
Decididos a encontrar aliados, comenzaron a recorrer las calles con cuidado, buscando el momento adecuado para hablar con otros que pudieran unirse a la causa. Entre las luces de las casas y las miradas curiosas de los habitantes, Lía se mantenía alerta.
“Vamos a la plaza”, sugirió Samuel, alzando la vista hacia el centro de la actividad. “Aquí será más fácil encontrar a otros que quieran unirse a nosotros. Allí hay un estante donde algunos abolicionistas dejan información”.
Mientras se dirigían hacia allí, el bullicio de la plaza se hizo más intenso. El sonido de las conversaciones llenaba el aire, resonando con momentos de alegría y risas, pero también pesados de intrigas. Lía y los demás se adentraron entre la multitud, sintiendo que la tensión iba en aumento. Tenían que estar listos para cualquier eventualidad.
Al llegar a la plaza, observaron la figura de un hombre de pie en un podio, su voz resonando entre la multitud. “La lucha por la libertad es nuestra y debemos asegurarnos de que nuestras voces sean escuchadas. No debemos desfallecer; seremos el eco de aquellos que levantan sus voces en nombre de todos los oprimidos”.
Lía sintió una chispa de esperanza encenderse en su interior. Las palabras resonaban como un himno, un recordatorio de que no estaban solos. Eran parte de un movimiento más grande, uno que desafiaba la opresión y buscaba un futuro diferente.
Pero, mientras se sumergían en la conversación, la presentía. Un grupo de hombres armados entró en la plaza, sus ojos escudriñando a los presentes en busca de cualquier indicio de fugitivos. Lía sintió el golpe de la adrenalina en su sistema; la presencia de los cazadores traía recuerdos inquietantes.
“¡Allí están! ¡No se muevan!” gritó uno de los hombres, y el clamor de la multitud se convirtió en una confusión colectiva.
“¡Corran!” exclamó Thomas, pero ya era demasiado tarde. La tensión se desató en una escena caótica mientras todos intentaban desesperadamente escapar de la plaza. La lucha por la libertad se tornaba en el enfrentamiento que habían temido.
Lía se vio atrapada entre el miedo y la determinación, mientras la multitud corría en todas direcciones. “¡Sigue! ¡No pares!” gritó Samuel, llevándola de la mano mientras se dirigían hacia la salida de la plaza. El corazón le latía desbocado mientras la presencia de los cazadores se hacía más intensa.
Sin embargo, a medida que salían del bullicio y la confusión, se alejaban de los ecos de sus perseguidores. El bosque se convirtió en su refugio una vez más, una sombra de seguridad donde podrían intentar encontrar un camino alternativo.
“Permaneceremos juntos”, dijo Lía, sosteniendo la mirada de su grupo. “No podemos dejar que el miedo nos divida. La libertad es nuestra por derecho y siempre lucharemos por ello”.
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Editado: 21.01.2026