Las sombras de la noche se cernían sobre el bosque mientras Lía y su grupo hacían su camino a través de la oscuridad. El bullicio de la plaza aún resonaba en sus mentes, la tensión de la lucha por la libertad palpitando en sus corazones. Cada paso era una mezcla de valentía y peligro, el eco de sus decisiones resonando y guiándolos en la penumbra.
“Debemos encontrar un lugar seguro para descansar y planear nuestro próximo movimiento”, dijo Samuel mientras se adentraban en el espesor de los árboles. Su voz era firme, pero también llevaba la carga de la inseguridad que compartían. Lía sintió como el peso del mundo se cernía sobre ellos, pero también la promesa de una nueva vida en sus corazones.
Mientras avanzaban silenciosos y cautelosos, el sonido del ajetreo del pueblo se desvanecía rápidamente. La noche caía sobre ellos, y al mismo tiempo, la ansiedad y la incertidumbre se hacían más evidentes en el camino. Lía sabía que el riesgo de ser atrapados aún se mantenía, pero la esperanza de un futuro mejor ardía en su interior como una llama inextinguible.
Cruzaron un arroyo que serpenteaba entre las rocas y se encontraron en un claro más amplio, iluminado por la tímida luz de la luna. Allí decidieron detenerse y reorganizarse. “Vamos a hacer turnos de vigilancia esta noche”, sugirió Thomas. “No podemos permitir que nos sorprendan nuevamente”.
“Esto se siente como una batalla continua”, dijo Lía, sintiendo que sus palabras estaban enojadas por la realidad que enfrentaban. “Pero somos más fuertes juntos. Nuestra historia vale la pena”.
Los demás asintieron, encontrando consuelo en el compromiso mutuo. Sin embargo, la sombra de la duda aún acechaba en la mente de Lía. La lucha no era solo contra los capataces que los perseguían, sino también contra las dudas que llevaban dentro de sí mismos. Era un conflicto que había marcado su vida y que se extendía más allá de la persecución física.
Mientras el grupo se sentaba, comenzaron a compartir sus relatos, a contar historias de sus pasados y de las esperanzas por un futuro diferente. La fogata parpadeaba en el centro, su luz proyectando sombras danzantes sobre sus rostros. Lía sintió que había algo sanador en compartir, algo que unía sus corazones en torno a una sola misión.
“Yo vine de una plantación en Carolina del Sur”, comenzó Samuel, su voz grave resonando en la noche. “Perdí a mi madre. La vendieron ante mis ojos, y me prometí a mí mismo que la opresión no tenía lugar en este mundo. Todo lo que hice fue para obtener la libertad de aquellos que amo”.
Lía observaba con atención, sintiendo la pesadez de la tristeza de cada uno. “La historia de mi abuela también está marcada por la resistencia”, respondió Lía, su voz rompiendo el aire de la noche. “Ella siempre me decía que la libertad es un derecho que nadie debería poder quitar. No solo luchó por sí misma, sino por todos los que vendrían después”.
Se sintieron conectados, llevados por la fuerza de sus relatos. Cada historia era un ladrillo en la construcción de la resistencia; juntos crearían un nuevo puente hacia la esperanza. No estaban solos en su lucha; cada uno de ellos estaba dispuesto a arriesgar todo para alcanzar la libertad.
A medida que la noche avanzaba, las sombras se tornaban más intensas; se visualizaban formas al acecho en la penumbra. La idea del peligro todavía era palpable, pero esa sensación se convirtió en un recordatorio de que la lucha estaba lejos de haber terminado.
“Va a ser difícil, pero debemos permanecer unidos”, dijo Lía, sintiendo el peso de la resistencia en sus palabras. “Todo lo que hemos pasado nos ha traído aquí, y no podemos permitir que eso se pierda”.
De repente, un ruido rompió el silencio del bosque. Un crujido de ramas y el sonido del viento pusieron a todos en estado de alerta. “¡Vigilancia!”, gritó Thomas en un murmullo. Sus ojos se enfocaron en la dirección del sonido, una angustia creciente llenando el aire.
La tensión floreció mientras las miradas se cruzaban. El peligro seguía al acecho, como un depredador que jamás abandonaría su cacería. Lía sintió que el tiempo se detenía mientras sostuvieron la respiración, esperando a saber qué sería de ellos.
Cuando la figura emergió entre los árboles, el alivio invadió su ser. Era un scout, un hombre conocido en la comunidad abolicionista que se había acercado para advertirles. “¡Están buscando fugitivos! He oído de los capataces que patrullan el área, y algunos se dirigen hacia este lado”, dijo, el estrés visible en su rostro.
“¿Qué haremos?” preguntó Lía, sintiendo que la incertidumbre se intensificaba. La lucha por la libertad dependía de su capacidad de actuar.
“Debemos movernos rápidamente y encontrar otra ruta para salir de aquí”, sugirió el scout, intercalando la urgencia en su voz. “Los hombres no se detendrán hasta que los encuentren”.
“¿Adónde podemos ir?” preguntó Mariah, la ansiedad estallando en su pecho. El futuro se volvía cada vez más incierto.
El scout miró hacia el norte. “Hay un pequeño refugio en la colina, un lugar seguro. Pueden hacerse pasar por viajeros, pero deben ser rápidos. Tienen que moverse antes de que regresen”.
La determinación en los rostros del grupo se forjó rápidamente. Con una decisión clara en sus corazones, emprendieron el rumbo hacia el refugio. Lía sentía cómo la adrenalina fluía en su pecho, una mezcla de miedo e impulso que los mantenía en movimiento.
Al canalizar sus miedos, tomaron las sendas conocidas del bosque. Aunque las sombras se cernían cada vez más, había una luz tenue guiándolos: la búsqueda de su libertad, la valentía de enfrentar lo desconocido.
Cuando finalmente llegaron al refugio, el alivio los invadió. Era un pequeño espacio rodeado de árboles, y aunque podía parecer vulnerable a simple vista, aprovechaba la sombra y el silencio, un escondite que podría ofrecerles seguridad.
“¿Podremos descansar aquí?”, preguntó Mariah, mientras buscaba la seguridad para Elías. Lía vio cómo la madre se preocupaba por su hijo y sentía la conexión con su propia historia. “Sí”, dijo, determinante y clara. “Este es un lugar seguro por ahora”.
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Editado: 21.01.2026