La casa de la calle Mezquitán no aparecía en ninguna guía de Guadalajara, pero todos en la Colonia El Retiro sabían dónde estaba. Pegada al muro del Panteón de Belén, con su fachada cuarteada y sus ventanas cubiertas por una película de polvo que ninguna lluvia lograba lavar, parecía menos una construcción que un animal dormido. Los vecinos la llamaban maldita. Decían que las farolas de la cuadra titilaban con voluntad propia cuando alguien pasaba frente a su puerta, y que a ciertas horas se oía, desde dentro, un sonido como de respiración.
Idalia la miró desde la banqueta con la llave del notario apretada en el puño. Veintinueve años, dos maletas y ocho meses sin dormir una noche completa. La ciudad de México se había vuelto un lugar donde cada esquina le devolvía una cara, una voz, un número de teléfono que ya nadie contestaba. Cuando el notario la llamó para decirle que su abuela, a quien apenas recordaba de dos visitas en la infancia, le había dejado una casa en Guadalajara, Idalia no preguntó cuánto valía ni qué condiciones tenía. Preguntó cuándo podía irse.
Ahora, frente a la puerta, sintió que quizá debió preguntar más.
La llave giró con un chasquido seco. El aire de adentro olía a lavanda rancia y a tierra mojada, un olor que no pertenecía a una casa cerrada sino a algo recién desenterrado. Los muebles, cubiertos con sábanas, tenían la forma de personas sentadas esperando. Idalia las fue destapando una a una: un sillón de terciopelo, un aparador con calaveras talladas entre enredaderas de madera, una mesa de caoba. Todo parecía observarla con una atención paciente, como si hubiera llegado tarde a una cita que los muebles sí recordaban.
Afuera, la campana del Panteón de Belén tañó seis veces. El sonido le vibró en los huesos.
Hizo lo único que sabía hacer cuando el miedo no tenía nombre: se ocupó. Abrió ventanas que se resistieron como si llevaran décadas selladas. Barrió, sacudió, subió las maletas a un cuarto del primer piso con una cama de hierro y una cómoda que olía a naftalina. Calentó agua en la estufa, encontró una taza descascarada y se sentó en el comedor a beber un té que sabía a polvo. Sobre la mesa de caoba, bajo un retrato enorme de su abuela, había un cuaderno de cuero oscuro que Idalia no recordaba haber visto cuando entró. Lo ignoró. Era la regla que se había impuesto esos meses: no abrir nada que pudiera doler.
La abuela del retrato la miraba con ojos que la seguían por la habitación. Tenía la boca apretada y las manos cruzadas sobre el pecho, y en el dedo anular, un anillo con una piedra negra. Idalia pensó que se parecía a ella más de lo que le gustaba admitir.
A las nueve de la noche, mientras desempacaba bajo la luz tambaleante de un candelabro, un estruendo reventó en la planta baja.
Bajó corriendo. En el suelo de mosaico de la sala yacían los restos de un jarrón de porcelana, esparcidos en esquirlas blancas que brillaban como huesos astillados. Idalia no lo había tocado. Ni siquiera lo había visto. El pulso le retumbaba en las sienes cuando una voz, suave y cortante como una hoja de papel, rasgó el silencio detrás de ella:
—Cuidado, querida. Ese era de mi madre.
Se giró de golpe. Nadie. Solo el crujido de las vigas, las sombras de los muebles, y esa lavanda rancia que ahora le quemaba la garganta. Los candeleros del aparador habían cambiado de lugar. Idalia no habría podido jurarlo, pero estaba casi segura de que antes estaban del otro lado.
Afuera, la campana del panteón volvió a sonar, aunque no era hora. Un solo tañido, largo, como un llamado.
No durmió. Se acostó vestida, con la luz encendida y la puerta del cuarto atrancada con la silla de la cómoda, escuchando la casa. Las tablas gemían como si caminaran sobre ellas. Algo arañaba, muy despacio, el muro que daba al cementerio. Cerca del amanecer, en ese estado entre la vigilia y la pesadilla, le pareció oír el agua. No el goteo de una tubería, sino un chapoteo lejano, como el de alguien que se debate en un río.
Se sentó en la cama con el corazón desbocado. Hacía ocho meses que no oía ese sonido sin que se le cerrara la garganta.
Bajó a la cocina a lavarse la cara y fue entonces cuando lo vio. El espejo del pasillo, un óvalo antiguo con marco de bronce ennegrecido, estaba empañado por dentro, como si alguien hubiera respirado del otro lado. En el vidrio, una figura se dibujaba lentamente: una mujer de vestido de los años cuarenta, translúcida, con el cabello recogido y los ojos hundidos en una tristeza tan vieja que parecía haber dejado de ser humana.
Idalia no gritó. Eso la sorprendió después: que no gritara. Quizá porque la mujer no se parecía a lo que ella había temido. No había rabia en su rostro, solo cansancio.
—No temas —dijo la figura. Su voz era la misma del jarrón—. Me llamo Elena. Soy de las Arquerías. Hace mucho que estoy aquí, atada por amor.
—¿Por amor a qué?
Elena sonrió con una melancolía ensayada durante décadas.
—A alguien que no puedo soltar. Todos los de esta casa estamos igual, hija. Esta no es una casa, es un puente. Del otro lado está el Panteón de Belén, y de este, tú. Los que no encuentran el camino cruzan hasta aquí.
—¿Y por qué no se van?
—El panteón no suelta a sus hijos —dijo Elena, y el candil del pasillo se apagó solo—. Y esta casa guarda lo que el cementerio reclama.
Idalia quiso correr. Pero entre el miedo había otra cosa: una curiosidad que le sabía a sed. Había pasado ocho meses entre gente que le decía lo que ella necesitaba oír. Esta mujer, por primera vez, le estaba diciendo algo verdadero.
—¿Mi abuela lo sabía?
—Tu abuela —respondió Elena, y por un instante sus ojos se desviaron hacia el patio— era la guardiana de este puente.
La palabra cayó entre ellas como una moneda en un pozo.
Idalia se quedó mucho rato en la cocina después de que el espejo volvió a quedar vacío. Con las manos temblando, volvió al comedor. El cuaderno de cuero seguía sobre la mesa, bajo el retrato, y esta vez lo abrió. La letra de su abuela, apretada e inclinada, llenaba hojas amarillentas. Hablaba del panteón, de nombres que Idalia no conocía y de un ritual que no entendía: La casa debe ser alimentada. Los espíritus dan, pero también toman. Más abajo, una línea subrayada con tanta fuerza que el papel estaba rasgado: