Susurros en la Oscuridad

Capítulo 6: La primera ofrenda

Las horas siguientes fueron un desorden de sonidos.

Primero se apagó la vela del nicho. No del todo, pero titiló con una violencia que Idalia nunca le había visto, inclinándose hacia un lado hasta quedar casi horizontal. Luego, en el piso de arriba, todas las puertas empezaron a golpear a la vez, como si algo recorriera los cuartos buscando una salida. Los espejos se empañaron uno tras otro. Desde debajo de la escalera, Nachito comenzó a llorar con una desesperación que ya no era un truco de ningún cochero. Era el llanto de un niño aterrado.

Idalia corrió de habitación en habitación sin saber qué hacer. En la sala se encontró a Elena flotando en medio del cuarto, con las manos en la garganta, y a Rafael a su lado, el sable desenvainado, como si pudiera cortar el aire.

—Está inquieta —dijo Elena con la voz quebrada—. La casa. Despertó algo con lo que cavaste hoy. Hay que calmarla.

—¿Cómo?

Elena la miró con una intensidad que, en otro momento, Idalia habría reconocido como cálculo.

—Con una ofrenda.

—No —dijo Rafael con firmeza—. No tan pronto. Ella no sabe lo que…

—La vela se va a apagar, capitán. —Elena no apartó los ojos de Idalia—. Y si se apaga, ya sabes lo que significa.

El capitán calló. Idalia sintió el vértigo de quien se asoma a un balcón. Desde el recibidor, la llama oscilaba como si estuviera a punto de rendirse. La casa deja de ser puente y se vuelve puerta.

—Dime qué hago —dijo.

Elena le explicó con voz dulce, paso a paso, como quien enseña un rezo antiguo. Un círculo de sal gruesa alrededor de la vela, trazado en sentido contrario a las manecillas del reloj. Tres velas blancas encendidas en los puntos del triángulo. Una cucharada de agua del grifo en un cuenco de barro. Y por último, una gota de sangre, solo una, que Idalia debía dejar caer sobre la mecha de la vela principal.

—¿Sangre mía?

—Es lo que la casa reconoce —respondió Elena—. Es una gota, hija. Nada más.

Idalia buscó la sal en la cocina, las velas en un cajón del aparador, el cuenco en la alacena. Sus manos se movían solas. Mientras trazaba el círculo en el suelo del recibidor, con el crujido de la sal bajo la palma, sintió que lo había hecho antes, en otra vida, quizás en los sueños de alguien que no era ella. Encendió las velas. El silencio se hizo más denso.

Con una aguja de coser, se pinchó la yema del índice izquierdo. Una perla roja brotó, redonda y brillante. La dejó caer sobre la mecha.

Durante un segundo, nada.

Luego la llama se enderezó, creció, se volvió azul en la punta y recuperó su inmovilidad serena. En el piso de arriba, las puertas dejaron de golpear. Los espejos se aclararon. El llanto de Nachito se apagó en un hipo largo y se volvió respiración tranquila. Desde algún rincón de la casa se oyó un suspiro colectivo, como el de muchos pechos que se aflojan a la vez.

Idalia se quedó de rodillas, con el dedo en la boca y el corazón golpeándole las costillas. Elena la miraba con una satisfacción que apenas se animaba a mostrar. Rafael había envainado el sable y desviaba los ojos, como quien se avergüenza de algo.

—Bien hecho —murmuró la mujer—. Muy bien hecho, querida.

Esa noche Idalia durmió por primera vez en días. No soñó con Dani, ni con el río, ni con el espejo. Soñó con un jardín que olía a flores dulces, y una mano pequeña que le acariciaba el pelo.

Despertó con luz de mañana y una molestia punzante en la mano izquierda.

Al principio pensó que era el pinchazo de la aguja. Se miró el índice: apenas un puntito rojo, casi cicatrizado. Pero el dolor venía de otro lado. De la palma.

Tenía la mano envuelta en una venda blanca, limpia, perfectamente anudada en la muñeca.

Idalia se quedó mirándola sin entender. No recordaba haberse vendado. No tenía vendas en la maleta. Con dedos torpes desató el nudo y desenrolló la tela. Debajo, atravesando la palma de lado a lado, había un corte largo y delgado, limpio, preciso. Una línea roja ya cubierta de costra, que comenzaba a cerrar, con la marca de varios días de cicatrización.

No era del pinchazo. No era de anoche.

Era un corte hecho al menos tres días antes, justo cuando Idalia llegó a la casa.

El aire se le quedó atrapado en el pecho. Retrocedió mentalmente, tratando de reconstruir sus primeros días. El jarrón. El espejo. La noche de la lluvia. La visita a Ana. El sótano. La vela tibia, los dedos tocando la cera… y después, el recibidor, el nicho, Elena preguntándole por el altar. Entre una cosa y otra había un hueco. Una laguna de minutos, o de horas, que no podía llenar. Había bajado al sótano. Había subido. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué había hecho entre medio?

Se levantó de golpe, con la venda en la mano. Bajó corriendo las escaleras y se detuvo frente a la vela del nicho. La llama ardía con una belleza límpida, azul en la base, firme. Junto al círculo de sal, sobre el mosaico, había una marca que no había visto la noche anterior: una gota de sangre seca, oscura, antigua, que no era la que ella había dejado caer.

Y en el cuaderno de cuero, abierto sobre la mesa del comedor, había una línea nueva. La tinta aún brillaba. Idalia reconoció la letra apretada e inclinada de su abuela, aunque doña Remedios llevaba meses muerta:

La sangre ya fue dada la primera noche. El Árbol sabe quién eres.

Del patio llegó un crujido largo, sedoso, como el de una rama que se estira. Idalia se volvió hacia la ventana. El roble estaba cubierto de flores blancas. Y en cada una, en el centro, latía un punto rojo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.