Susurros en la Oscuridad

Capítulo 7: El que no regresó

Elena negó haberla vendado.

—La casa cuida a los suyos —dijo, sin mirarla—. A veces lo hace sin avisar.

Idalia lo oyó con la venda arrugada en el puño y la mano izquierda palpitándole como un segundo corazón. Quiso exigirle más. Quiso sacudirla, aunque sabía que sus dedos solo atravesarían humo. En cambio, apretó la mandíbula y se fue a esperar el correo, porque esperar algo normal era lo único que le quedaba para no gritar.

Mateo llegaba siempre a las ocho. Lo había hecho todos los días desde su llegada, sin falta, con su bolsa de cuero cruzada y esa sonrisa cansada que ya empezaba a parecerle familiar. A las ocho y cuarto, Idalia salió a la banqueta. A las nueve, caminó hasta la esquina. A las diez, Ana apareció en la acera de enfrente con el rostro desencajado.

—No ha pasado por mi casa —dijo, sin saludar—. Mateo nunca falla. Ni cuando está enfermo. Ni con fiebre. Ni en Navidad.

—Vamos a buscarlo —respondió Idalia.

Mateo vivía en un cuarto de azotea, en una vecindad de dos pisos a cuatro cuadras de Mezquitán. La encargada, una mujer menuda con delantal de flores, les dijo que no lo había visto bajar esa mañana ni la anterior, y que la puerta de su cuarto llevaba abierta desde el amanecer, balanceándose con el viento. Subieron las escaleras de metal con el corazón a saltos.

El cuarto era pequeño y ordenado: una cama tendida, un buró con un despertador, un estante con novelas gastadas de Juan Rulfo y Amparo Dávila. Sobre la mesa de madera descansaba la bolsa del cartero, abierta, con el correo del día desparramado como si alguien lo hubiera sacudido con furia. Una gorra azul yacía en el suelo. La lámpara de la mesa seguía encendida, aunque ya era mediodía.

Junto a la puerta, el piso de cemento estaba empapado. Un charco de agua turbia, oscura, que olía a lodo antiguo, ocupaba un círculo perfecto, y de él partía un rastro de gotas que bajaba por las escaleras.

Ana se llevó las manos a la boca.

—Cascos —susurró—. Anoche oí cascos. Pensé que era el viento.

Idalia se arrodilló junto al charco y lo tocó con la yema de los dedos. Estaba frío, como el agua de un pozo. Pensó en el carruaje que no tocaba el suelo, en las ruedas sin ruido, en las manos desnudas aferradas a las riendas invisibles. Pensó en la voz de un niño que lloraba detrás de una puerta.

—Se lo llevó —dijo.

—No digas eso, mija.

—Se lo llevó —repitió, con una calma que la sorprendió—. Y yo no abrí. Y por eso fue a buscar a otro.

Ana no contestó. Se limitó a persignarse, con los labios temblando, y a bajar a avisar a la policía, sabiendo que la policía llegaría tarde, o nunca, como había llegado tarde por Luis.

Idalia volvió a la casa al atardecer. Nadie le hizo preguntas. En el recibidor, la vela ardía azul y fuerte, más viva que nunca. Debajo de la escalera, Nachito sostenía su vela apagada y no levantó la cabeza al verla pasar. Don Ignacio refunfuñaba con el mapa entre las manos. Elena no aparecía. Rafael estaba de pie junto a la ventana de la sala, con la mano en la empuñadura del sable y la mirada perdida en la calle, como un centinela esperando un ataque.

Idalia se sentó en el sillón de terciopelo. Estaba tan cansada que le dolían los dientes.

—Es mi culpa —dijo.

—No lo es —respondió Rafael sin volverse.

—No abrí la puerta anoche. Se fue a otro lado.

—El cochero no elige por quién se detiene —dijo el capitán—. Elige por quién llora la puerta. Y anoche, la que lloraba era otra.

Esa frase se le quedó clavada en el pecho.

La lluvia volvió después de la medianoche.

No empezó con un murmullo sino con un estallido, un trueno que partió el cielo y sacudió los vidrios. En segundos, el agua caía como si alguien vaciara un océano sobre la colonia. Idalia estaba en la sala, con una manta y un té frío, sin intención de dormir. Rafael montaba guardia a su lado. Elena seguía sin aparecer. Nachito se había dormido sentado en el último peldaño, con la vela entre los brazos.

Tac, tac, tac, tac.

Los cascos llegaron sin prisa y se detuvieron frente a la casa.

Rafael desenvainó el sable con un siseo metálico.

—Detrás de mí —ordenó.

Un golpe suave en la puerta. Luego otro. Y entonces, detrás de la madera, sin los matices artificiales de la otra vez, una voz de hombre, baja, rota, que Idalia reconoció demasiado bien:

—Idalia… Idalia, soy yo. Por favor, ábreme. Estoy herido.

Era Mateo.

La voz exacta. La entonación exacta. El leve acento de Guadalajara con el que arrastraba las eses. Idalia dio un paso hacia la puerta sin darse cuenta.

—Idalia —advirtió Rafael.

—Me lo llevó él —susurró ella—. Pero está vivo. Está afuera. Si lo dejo ahí…

—No es él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque yo también oí a mi hermano llamarme desde ese carruaje —dijo el capitán, con una voz tan baja que parecía hablar para sí—. Hace ciento veinte años.

Idalia se detuvo. Un temblor le recorrió la espalda. Ábreme, por favor, me duele, ayúdame. La voz de Mateo se quebraba con una perfección insoportable. La madera crujió. Desde la rendija, el charco de agua turbia empezó a avanzar sobre el mosaico, despacio, con la determinación de una marea.

Fue entonces cuando la puerta se abrió sola.

No de golpe. Se abrió con una lentitud de pesadilla, un palmo, dos, mientras el viento arrastraba hacia dentro el olor a lluvia y tierra. En el umbral no había nadie. Solo la calle vacía y la lluvia plateada bajo el farol. Pero algo se movió en la oscuridad más allá de la luz: un sombrero de ala ancha, una silueta encorvada, dos manos largas y descarnadas apoyadas en el marco de la puerta.

Rafael se interpuso entre ella y el umbral y alzó el sable.

—¡Atrás, Julián! ¡Esta casa tiene dueña!

Las manos huesudas se cerraron sobre el filo. No sangraron. No retrocedieron. Una de ellas se estiró, rápida como una serpiente, y atrapó la muñeca del capitán. Un frío indescriptible recorrió la sala. Rafael soltó un grito ahogado y cayó de rodillas, arrastrado hacia adelante, hacia la noche, como si lo jalaran con una soga.




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