Elena reapareció a la mañana siguiente, como si nada hubiera pasado. Traía el vestido sin una arruga y la cabeza ligeramente inclinada, con un gesto de contrición que a Idalia le pareció más ensayado que sincero.
—Perdóname —dijo—. Estaba en el panteón. Hay noches en que tengo que ir a visitar mi tumba.
—Mateo desapareció —replicó Idalia—. El cochero casi se lleva a Rafael.
—Lo sé. —Los ojos de Elena brillaron con lágrimas que no cayeron—. Me enteré tarde. Siempre me entero tarde.
Rafael, de pie junto al aparador, la observaba sin hablar. Idalia sintió la tensión que flotaba entre ambos, como un cable a punto de romperse. Nachito había salido de su escondite y se había sentado en el suelo de la sala con las piernas cruzadas, sin su vela, con las manos vacías. Eso era nuevo. Don Ignacio dormitaba junto a la chimenea, con el mapa sobre la cara.
—Cuéntame su historia —pidió Idalia—. La de ustedes dos. Quiero entender por qué siguen aquí.
Elena y Rafael se miraron. Pasó un instante de silencio denso.
—Será mejor que la cuente yo —dijo ella, con una sonrisa triste—. Rafael la recuerda con demasiados huecos.
El capitán apretó la mandíbula, pero no la contradijo.
Elena se acercó a la ventana. La luz gris de la mañana le atravesaba el cuerpo, volviéndola casi invisible.
—Era 1906. Yo tenía diecinueve años y vivía con mi familia en una casa cerca de las Arquerías, ahí donde pasaba el acueducto. Mi padre era comerciante de telas, un hombre estricto y orgulloso. Quería casarme con el hijo de un notario. Yo no lo quería. —Sonrió con una melancolía antigua—. Conocí a Rafael en un baile en el Teatro Degollado. Él era capitán de caballería, recién llegado de Sonora. Bailamos un vals. Nunca había visto a nadie mirar a otra persona como él me miraba a mí.
Rafael bajó los ojos.
—Nos veíamos de noche, bajo los arcos. Él me traía flores robadas de los jardines del Palacio. Yo le llevaba pan dulce escondido en el rebozo. Éramos jóvenes, hija. Creíamos que el mundo se rendiría ante dos personas que se querían tanto.
—¿Qué pasó?
—Mi padre se enteró. —Elena entrelazó los dedos—. Una noche, la del 7 de julio, quedamos de huir juntos. Íbamos a tomar el tren a México. Yo llevaba un maletín y una pulsera de plata que él me había regalado, con nuestras iniciales grabadas. Pero alguien nos delató.
—¿Quién?
—Nunca lo supimos —respondió ella demasiado rápido—. La gente ya andaba alborotada esa noche por el escándalo. Se corrió la voz de que un oficial pretendía secuestrar a la hija de una familia respetable. Una turba nos rodeó bajo los arcos. Gritos. Antorchas. Rafael sacó el sable para defenderme. Me dijo que corriera. Yo corrí. Y cuando volví…
Se quedó callada. Una lágrima, por fin, le rodó por la mejilla traslúcida.
—Cuando volví, él estaba tendido en el suelo, y yo ya estaba muerta. No sé cómo. No lo recuerdo. Solo sé que despertamos aquí, en esta casa, uno junto al otro, sin poder tocarnos.
—No fue una turba —dijo Rafael.
Elena giró hacia él con una rapidez que le sacudió el vestido.
—¿Qué dices?
—Recuerdo una voz. —El capitán había palidecido hasta casi desvanecerse—. Una sola voz, que gritó desde lo alto de los arcos. No una multitud. Una voz de mujer. Gritó mi nombre, y después…
—Rafael, por favor.
—Después, nada.
—Rafael. —La súplica en la voz de Elena era tan intensa que Idalia casi le creyó—. No hagas esto. Llevamos más de un siglo juntos. No dejes que la nieta de Remedios te llene la cabeza de dudas.
Rafael la contempló largo rato. Había dolor en su rostro, y algo más. Una desconfianza que él mismo parecía no querer reconocer.
—Tienes razón —dijo al fin—. Perdóname.
Pero no la miró a los ojos.
Idalia salió al patio a media tarde para respirar. La confesión de Elena le había dejado una sensación extraña, la de una historia pulida por demasiados años de repetición. Las fechas encajaban. Las lágrimas, también. Pero cada vez que la mujer hablaba del final, sus palabras se aceleraban, se volvían fluidas, perfectas, como un rezo aprendido de memoria.
El sol bajaba entre las ramas desnudas del roble. Las flores blancas de la noche anterior habían desaparecido sin dejar rastro, y la tierra del agujero que Idalia había cavado estaba reseca, agrietada. Junto a la hoya, las raíces del árbol asomaban como venas gruesas, retorcidas, de un color casi rojo.
Se agachó para mirarlas de cerca. Entre dos raíces, medio enterrado en la tierra húmeda, algo brilló con un destello breve.
Lo desenterró con los dedos. Era una pulsera de plata, pequeña, delicada, ennegrecida por el tiempo pero intacta. En la cara interior del broche, apenas legibles bajo la pátina, había dos juegos de iniciales y una fecha:
E. V. — R. M. O. 7 · VII · 1906.
Idalia se quedó inmóvil, con la pulsera en la palma. Elena había dicho que la llevaba puesta la noche en que murió. Elena había dicho que despertó en la casa sin saber cómo. Elena había dicho, con voz temblorosa, que el roble era un lugar al que ni ella se atrevía a acercarse.
Entonces, ¿qué hacía su pulsera enterrada entre las raíces del árbol?
El metal estaba tibio. Y alrededor del broche, enredado en el cierre como un cabello fino, había un hilo de savia roja, fresca.