Idalia guardó la pulsera dentro de una de sus botas, en el fondo de la maleta, bajo un suéter. No supo explicarse por qué. No se lo dijo a Rafael, que la evitaba con una cortesía estudiada desde la noche de los cascos. No se lo dijo a Elena, que desde la mañana siguiente volvió a flotar por la casa con su melancolía de siempre, atenta, solícita, un poco más dulce de lo necesario.
—Has dormido poco, querida —le dijo al verla bajar a desayunar—. Deberías descansar. Esta casa agota a los vivos.
—Estoy bien.
—Quizá deberías olvidar un poco las historias de los muertos.
Idalia la miró por encima de la taza de café.
—¿Qué historias?
Elena sonrió con una ternura helada.
—Las que solo traen dolor.
Fue Nachito quien le mostró el camino. Esa tarde, mientras ella revisaba por segunda vez el baúl del desván en busca de algo, de cualquier cosa, el niño apareció a su lado sin ruido y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas. Ya no llevaba su vela apagada. Tenía las manos vacías, y eso le daba un aspecto aún más pequeño.
—Ya puedes verlo —dijo.
—¿Qué cosa?
—Lo que la casa no te dejaba. —Señaló con el dedo una tabla del piso, junto a la viga maestra—. Antes no podías. Ahora que diste sangre, ya eres de aquí.
A Idalia le dolió la palabra aquí, que sonaba a sentencia. Pero se arrodilló y hundió las uñas en el borde de la madera. La tabla cedió con un quejido seco. Debajo, entre polvo y telarañas, había una caja de lata del tamaño de un libro grande, sujeta con un cordel negro y sellada con un grueso sello de cera oscura. En la cera se leía una sola letra, hundida a presión: R.
Cuando sus dedos tocaron el sello, este se resquebrajó solo, como si estuviera esperando su turno.
Dentro había un diario de cuero cuarteado, con las esquinas redondeadas por el uso. Lo abrió en cualquier página. Allí estaba otra vez esa letra apretada e inclinada, la de su abuela, pero más joven, más firme.
Idalia leyó hasta que oscureció. Después encendió la lámpara de aceite del desván y siguió leyendo.
Marzo de 1961. Heredé la casa de mi madre, que la heredó de la suya. Siempre supe que la casa era distinta, pero nunca me dijeron la verdad hasta que ella se estaba muriendo. “No te vayas de aquí, Remedios. Si te vas, se acaba el puente.”
Hay un pacto. Se hizo cuando se fundó el Panteón de Belén, allá por 1848. Los fundadores enterraron una cosa bajo el patio de esta casa. Una cosa viva. La llamaron el Árbol porque era lo único que se parecía. Nació de sangre derramada y de una traición que nadie quiere nombrar. Duerme cien años. Cuando despierta, tiene hambre.
La casa lo mantiene quieto. Los espíritus del cementerio, los que se quedan, encuentran aquí un lugar para no perderse. A cambio, la casa pide una guardiana. Una viva. Alguien que cuide la vela, que respete las reglas, que dé la sangre cuando haga falta.
Idalia pasó la página con dedos torpes.
Octubre de 1973. Conocí a los de adentro. Elena, que baila sola en el pasillo cuando cree que nadie la ve. El capitán Rafael, tan caballero. Don Ignacio y sus mapas. Un niño llamado Nachito que no se acuerda de su apellido. Y otros, los que no se dejan ver. Me encariñé de ellos. No debí.
Los espejos no mienten, pero no dicen lo que uno cree. Muestran lo que uno estaría dispuesto a pagar por recuperar. Por eso hay que taparlos cuando una está triste.
Idalia se detuvo ahí. Sintió que algo se le rompía por dentro. Lo que uno estaría dispuesto a pagar. No lo que había perdido. Lo que pagaría por tenerlo de vuelta. Por eso Dani le había hablado desde el cristal. Por eso la casa le había mostrado su rostro.
Pasó las hojas con más rapidez.
Diciembre de 1988. La casa me llevó al sótano mientras dormía. Desperté con un corte en la mano y sin recuerdo de la noche. Entendí después: no es crueldad. Es presentación. La casa quiere saber quién la guarda. Desde esa noche, el Árbol me conoce.
Idalia se miró la palma vendada. La cicatriz le ardía.
Junio de 1994. Cada guardián recibe una carta al heredar. La mía la escribió mi madre. La que le dejo a mi nieta la escribiré cuando llegue el momento. No sé si le diré todo. A veces creo que lo más piadoso es no decir nada. Y a veces creo que no decir nada es el más cruel de los pecados.
Julio de 2004. El sello se está debilitando. El sello es un círculo de sangre trazado por los fundadores alrededor del Árbol. Cada siglo pierde fuerza. La vela del recibidor es lo único que lo sostiene. Cuando la vela se apague, el Árbol despertará del todo.
Mayo de 2011. Anoche el Árbol me habló. No con palabras. Con raíces que sentí en los huesos. Me dijo que no distingue entre vivos y muertos. Que solo quiere crecer. Y que yo, como guardiana, tengo una obligación que cumplir.
La lámpara parpadeó. Idalia se pasó el dorso de la mano por los ojos. Estaba helada hasta la médula, pero no soltaba el diario. Pasó una página, y otra, y otra, entre fechas que se volvían cada vez más cercanas y una letra que se iba quebrando con los años, hasta hacerse casi ilegible. Hacia el final, la tinta cambió de color. Pasó del negro al marrón, y del marrón a un rojo oscuro que se confundía con el papel.
Febrero de este año. Tu hermano se ahogó. Sentí el agua llamarme esa noche, hija. Sentí cuando el río lo tomó. Y supe que ya no podía postergar la elección.
Idalia dejó de respirar.
Una gota cayó sobre la página y se extendió despacio. Era suya. Lloraba sin darse cuenta.
Marzo, esta semana. Me estoy muriendo. El cuerpo ya no me responde. Te escribí una carta, pero me falta valor para decirte lo importante. Quizá lo entiendas sola. Quizá no merezcas tener que entenderlo.
Pasó a la última hoja del diario. Estaba casi vacía. En el centro, escrita con una letra torcida por el temblor, había una sola línea, y debajo, otra de aspecto distinto, como si la hubiera añadido otra mano con tinta aún húmeda: