Susurros en la Oscuridad

Capítulo 10: La guardiana

Idalia se quedó mucho tiempo con el diario abierto sobre las rodillas. La lámpara de aceite proyectaba sombras trémulas en las vigas, y en la oscuridad del desván los objetos amontonados parecían escuchar. Quiso cerrarlo. Quiso arrojarlo por la claraboya. En cambio, pasó la hoja anterior, la que había leído a medias, y descubrió algo que no había visto: una lista.

Estaba escrita en una columna angosta, con fechas y nombres, y al lado de cada uno una anotación breve. La letra era la de su abuela, pero firme, ordenada, casi administrativa.

1998. Josefina Reyes, vendedora de tamales. “Para que Elena no se apague.”

2003. Aurelio Campos, velador del panteón. “Para que la vela aguante otro invierno.”

2007. Marisol Quiñones, 17 años. “Nachito la necesita cerca. Dios me perdone.”

2013. Dos albañiles. “Sellos nuevos. No supe sus nombres.”

2018. Luis Herrera, 24 años. “El hijo de Ana. Ana nunca me lo perdonaría.”

Idalia no pudo leerlo en silencio. Lo susurró en voz alta, una y otra vez, hasta que las palabras dejaron de tener sentido. Josefina. Aurelio. Marisol. Dos albañiles. Luis. Seis nombres. Seis personas.

Los mismos que Ana había enumerado en su cocina, con una calma que no tenía dónde guardar el dolor.

—No —dijo al aire—. No, no, no.

Debajo de la lista, el diario explicaba. Era una exposición sin adornos, con la frialdad de quien ha repasado mil veces un argumento para poder soportarlo.

El Árbol necesita alimentarse cada cierto tiempo. Si no se alimenta de uno, se alimentará de todos. Los del panteón, los de la casa, los vivos de la colonia. Prefiero elegir yo.

Los espíritus que vivieron aquí cien años no pueden desvanecerse. No son almas perdidas, son personas. Elena, Rafael, Nachito, Ignacio. Los quiero. Son lo único que me quedó cuando mi hija murió. Si el sello cede, desaparecen para siempre. Prefiero entregar a quien no sabe lo que entrega.

Escojo a los solos. A los que nadie va a buscar. Y aun así, me buscan. Las madres siempre buscan.

Idalia sintió náuseas. Se llevó la mano a la boca. Pensó en Josefina, en su puesto de tamales. En Marisol, de diecisiete años, la edad de Dani. En el rostro de Luis, con su gorra de beisbol echada hacia atrás, en el altar del sótano. En la cera tibia.

Siguió leyendo, y la última frase de la sección cayó sobre ella como una lápida.

La primera vez fue por mi hija. Las demás, por costumbre. Eso es lo que más me avergüenza.

La primera vez. No dijo qué significaba. No dijo quién era “mi hija”, la madre de Idalia, a quien no había conocido. No dijo a quién había entregado entonces.

Idalia cerró el diario con un golpe seco. Un nudo helado le oprimía el estómago. Todo encajaba, y por eso dolía: la laguna en su memoria, el corte en la palma, las raíces rojas, el altar con la fotografía. La casa quiere saber quién la guarda. No se trataba solo de que una mujer hubiera cometido un horror. Se trataba de que la habían elegido para heredarlo.

Ahora entendía por qué su abuela le había dejado la casa. No por cariño. Por necesidad. Por una historia que se reproducía a sí misma, de madre a hija, de hija a nieta, con un silencio cómplice que era peor que la propia sangre.

Un crujido bajo sus pies la hizo levantar la vista.

El desván estaba casi a oscuras, salvo por el círculo de luz de la lámpara. Más allá, junto a la escalera, bajo el marco de la trampilla, una figura sostenía una vela encendida. La llama temblaba en el rostro cansado de una mujer de unos cincuenta años, con el pelo canoso recogido en un chongo y los ojos hinchados de tanto llorar.

Era Ana.

—¿Cómo entraste? —alcanzó a preguntar Idalia.

—Tu abuela me dio llave hace años. —La voz de Ana era plana, tranquila, sin acusación—. Por si algún día la necesitaba. Yo nunca entré. Hasta hoy.

El diario pesaba en las manos de Idalia como una piedra. Ana lo miró. Miró la lista abierta. Miró a la joven arrodillada entre las sombras, con las mejillas mojadas y la palma vendada, y no pareció sorprendida. No hubo un grito, ni un gesto de rabia, ni siquiera un temblor en la mano que sostenía la vela.

Parecía una mujer que llevaba mucho tiempo esperando a que alguien más leyera esa página.

—Ana —dijo Idalia—. Yo no sabía.

Ana avanzó un paso, lento, y la llama de su vela se alargó sobre las vigas.

—Lo sé, mija —respondió—. Pero yo sí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.