El mundo cree que los hospitales son lugares de ruido: sirenas, llantos, órdenes gritadas en códigos de emergencia y el constante golpeteo de máquinas que insisten en que el corazón siga latiendo. Pero eso es una ilusión del día.
Cuando el sol se esconde y la ciudad cierra los ojos, el hospital revela su verdadera naturaleza. Es entonces cuando emerge el silencio. Un silencio denso, cargado de oraciones no dichas, de testamentos susurrados al aire y de una espera que parece no tener fin.
En este edificio, el tiempo no se mide en minutos, sino en miligramos de morfina y en la velocidad con la que baja el suero en una bolsa de plástico. Aquí, las paredes han escuchado confesiones que jamás se dirían en una iglesia y han visto abrazos de despedida que contienen más vida que una boda entera. Este libro es ese silencio hecho palabras. Es la crónica de lo que sucede cuando el resto del mundo cree que no pasa nada, visto por los únicos ojos que tienen prohibido cerrarse: los del vigilante.