Susurros Entre Camillas

CAPÍTULO 1: EL PESO DE LAS LLAVES

El Ritual de la Armadura

​El silencio en el apartamento de Julián no era un silencio vacío; era un silencio sólido, una presencia que se sentaba a su mesa y dormía en el lado izquierdo de su cama. A las 18:45, el sol de la tarde empezaba a retirarse, dejando una estela de polvo dorado que flotaba sobre los muebles de madera vieja. Julián observó una mota de polvo en particular, atrapada en un torbellino invisible sobre su taza de café frío. Se preguntó cuánto tiempo llevaría esa mota allí, suspendida en la nada, sin ir a ninguna parte, igual que él.

​Se levantó con un quejido sordo de sus rodillas. La edad no perdona, pensó, pero en el hospital la edad es un concepto relativo. Se dirigió al dormitorio. Sobre la silla de mimbre descansaba el uniforme. Para cualquier otro, era solo tela azul marino y poliéster barato, pero para Julián era una piel nueva.

​El proceso de vestirse era litúrgico. Primero, los calcetines negros, subidos hasta media pantorrilla para evitar que el roce de las botas lo lastimara durante las doce horas de caminata. Luego, el pantalón, cuya tela rígida emitía un siseo metálico al estirarse. Al abotonar la camisa, Julián sentía cómo el cuello almidonado le apretaba la garganta, una soga suave que le recordaba su posición: él no estaba allí para hablar, sino para observar.

​El momento culminante era el cinturón. Pesaba casi tres kilos. Al ajustarlo sobre sus caderas, sintió el familiar tirón en la zona lumbar. Allí colgaban las herramientas de su oficio: la linterna de acero, pesada como un mazo; el radio, que de vez en cuando escupía voces distorsionadas como si fueran mensajes del más allá; y el llavero. El llavero de Julián era una obra de arte del desorden organizado. Eran llaves maestras, llaves de armarios de limpieza, llaves de la morgue, llaves de oficinas donde se guardaban secretos médicos. Al caminar, las llaves chocaban entre sí, produciendo un tintineo que era, a la vez, una advertencia y un consuelo.

​Se miró al espejo del pasillo. Su rostro era una geografía de noches sin dormir. Las bolsas bajo sus ojos eran oscuras, como manchas de tinta, y su cabello canoso estaba cortado con una precisión militar que él mismo se aplicaba cada quince días.

—Estás listo —le dijo a su reflejo. El espejo no respondió. Nunca lo hacía.

​La Transición: El Autobús de los Espectros

​Salir a la calle a esa hora era como sumergirse en una piscina de agua tibia. La ciudad estaba en pleno bullicio: la gente regresaba a sus casas, las parejas reían frente a los escaparates y el olor a comida recién hecha escapaba de los restaurantes. Julián caminaba entre ellos como un fantasma. Sentía que si alguien lo chocaba, su mano pasaría a través de él.

​Subió al autobús de la línea 42. Se sentó al fondo, cerca de la ventana empañada. A medida que el vehículo avanzaba hacia el distrito hospitalario, la fauna de pasajeros cambiaba. Los rostros alegres eran reemplazados por rostros cansados; los maletines de oficina por bolsas de plástico con artículos de aseo personal.

​Julián apoyó la frente en el cristal frío. Veía los edificios pasar y recordaba cuando él mismo era uno de esos "vivos" que caminaban por la acera sin pensar en la enfermedad. Recordaba a Lucía. Recordaba cómo ella solía quejarse del tráfico mientras él conducía. Quién le hubiera dicho que años después, él buscaría refugio en el mismo lugar donde la perdió. El Hospital Central no era solo su lugar de trabajo; era el mausoleo de su felicidad, el único sitio donde su soledad tenía sentido porque estaba rodeada de otros que, aunque por razones distintas, también estaban solos en su dolor.

El Bastión de Cristal y Cloro

​El Hospital Central se alzaba al final de la avenida como un gigante blanco con mil ojos iluminados. Julián siempre sentía un pequeño escalofrío al cruzar el umbral de la puerta de empleados. No era miedo, era respeto. Una vez que marcaba su tarjeta —19:57, el reloj digital siempre parecía juzgar su puntualidad—, el mundo exterior dejaba de existir.

​El aire acondicionado lo recibió con su caricia gélida. El hospital olía a una mezcla inconfundible: el punzante aroma del cloro, el rastro metálico de la sangre lavada y ese trasfondo de café quemado que flotaba perpetuamente en la recepción.

​—Turno de noche, Julián. ¿Listo para el baile? —preguntó Ernesto, el guardia que salía. Tenía la corbata floja y los ojos enrojecidos.

—Lo mismo de siempre, Ernesto. ¿Algún problema?

—Poca cosa. Un borracho en urgencias que intentó morder a un enfermero y una señora en la quinta planta que no deja de caminar por los pasillos diciendo que busca a su perro. Ya sabes, lo de cada noche. Ten cuidado con el ascensor C, se queda pillado entre el segundo y el tercero.

​Julián asintió y tomó el relevo. Ernesto salió al mundo de los vivos con la prisa de quien huye de un incendio. Julián, en cambio, se quedó allí, en el centro del vestíbulo, ajustándose los guantes de cuero fino. Su primera misión era la ronda perimetral de la planta baja: Urgencias.

​La Geografía del Dolor: Urgencias

​Urgencias era la boca del hospital. Por allí entraba lo crudo, lo urgente, lo inesperado. Julián caminaba por los pasillos laterales, tratando de ser una sombra. Observaba las salas de espera. Eran como salas de espera para el juicio final.

​Vio a una mujer joven con un vestido de fiesta roto, sentada en una silla de plástico, con un zapato de tacón en la mano y el otro perdido en algún lugar. Lloraba sin ruido, con el rímel corriendo por sus mejillas. Julián se detuvo a observar un monitor de incendios cercano, solo para darle a ella la seguridad de que alguien estaba allí, pero sin invadir su espacio.

​Más allá, en el rincón más oscuro de la sala, estaba el joven del uniforme de gasolinera que ya habíamos mencionado. Julián lo vio de nuevo. El chico estaba destrozado. Sus manos, negras de grasa de motor, temblaban tanto que hacían ruido contra sus rodillas.




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