Susurros Entre Camillas

CAPÍTULO 2: EL ECO DEL PASILLO

La Metamorfosis de la Luz

​A las dos de la mañana, el hospital sufre una transformación química. No es solo que las luces principales se apaguen o que el flujo de personas disminuya; es que el aire mismo parece cambiar de densidad. Julián lo llama "la hora azul". Es ese momento en que la luz fluorescente de los techos, reducida a su mínima expresión por el ahorro energético, baña los pasillos con un tono gélido, casi submarino.

​Julián caminaba por el ala de cirugía mayor. Sus pasos, aunque amortiguados por la suela de goma de sus botas, generaban un eco que parecía viajar kilómetros antes de morir. Para él, ese eco era una herramienta de diagnóstico. Si el sonido era seco y limpio, el hospital estaba tranquilo. Si el eco se sentía pesado, como si el sonido tuviera que atravesar algodón, era porque el ambiente estaba cargado de angustia contenida.

​Él se consideraba un experto en la acústica del dolor.

​—El silencio absoluto no existe aquí —pensó Julián mientras se detenía frente a una estación de enfermería vacía—. El silencio es solo el ruido de las cosas que nadie se atreve a decir en voz alta.

​Se apoyó en el mostrador de fórmica blanca. Sobre él, un monitor mostraba las constantes vitales de seis pacientes diferentes. Seis líneas de color verde que subían y bajaban rítmicamente. Seis vidas reducidas a una señal eléctrica. Julián se quedó hipnotizado por el baile de los píxeles. Pensó en cómo, durante el día, esos pacientes tenían nombres, profesiones, preocupaciones sobre sus hipotecas o sus hijos. Pero ahora, en la profundidad de la noche, eran solo ritmos cardíacos. La noche despojaba a las personas de sus disfraces sociales y las dejaba en su estado más puro: el de seres que simplemente intentan seguir respirando.

​La Filosofía del Invisible

​Julián había desarrollado lo que él llamaba su "teoría de la transparencia". Consistía en entender que, al llevar ese uniforme y caminar por esos pasillos a esas horas, él dejaba de existir como individuo para convertirse en parte del mobiliario. La gente no lo veía; veían "seguridad". Y como no lo veían a él, se permitían ser ellos mismos frente a sus ojos.

​Había visto a eminentes cirujanos, hombres que durante el día eran tratados como semidioses, colapsar en las escaleras de incendios, con la cabeza entre las rodillas, sollozando por un paciente que se les fue en la mesa. Había visto a familias que se odiaban a muerte unirse en un abrazo desesperado frente a una puerta cerrada.

​Él era el espectador privilegiado de la verdad desnuda.

​—Ser invisible es un peso, pero también es una liberación —escribió mentalmente en su libreta imaginaria—. Nadie te miente cuando cree que no estás ahí.

​De repente, un ruido rompió su meditación. No era el eco de sus pasos, ni el zumbido de los refrigeradores de sangre. Era un sonido húmedo, rítmico. Un sollozo.

​Julián se enderezó. Sus sentidos, agudizados por años de rondas nocturnas, lo guiaron hacia el final del pasillo, cerca de los ascensores de carga. Allí, sentada en el suelo, estaba una de las residentes nuevas. No recordaba su nombre, pero sabía que llevaba tres días seguidos doblando turno. Su bata blanca, que por la mañana debía de estar impecable, ahora estaba arrugada y manchada de café. Tenía el estetoscopio colgado del cuello como si fuera una cadena que la hundía.

​La Grieta en la Máscara

​Julián no se acercó de inmediato. Sabía que la intrusión podía ser peor que la soledad. Se quedó a unos metros, haciendo sonar sus llaves con suavidad. El tintineo anunció su presencia antes de que su sombra la alcanzara. La joven doctora se sobresaltó y trató de limpiarse la cara rápidamente con las mangas.

​—Lo siento... yo... solo estaba descansando un minuto —dijo ella con la voz quebrada, intentando recuperar una compostura que ya no existía.

—Las escaleras de incendios son más cómodas para llorar, doctora —dijo Julián con un tono neutro, ni amable ni severo—. Aquí en el pasillo, el aire acondicionado corre demasiado y se le van a hinchar más los ojos.

​La chica lo miró, sorprendida por la franqueza del guardia. Por un momento, lo vio. No vio al "seguridad", vio al hombre que tenía delante.

—He perdido a dos hoy —soltó ella, como si necesitara sacar el veneno—. Dos en menos de cuatro horas. Se supone que somos un hospital de primer nivel. Se supone que tenemos la tecnología. Pero se me murieron en las manos mientras yo solo pensaba en que tenía hambre. Me siento un monstruo por haber pensado en un sándwich mientras un hombre dejaba de existir.

​Julián se acercó y, con una agilidad que sus rodillas solían negarle, se sentó en el suelo, a una distancia respetable de ella. El contacto visual no era necesario; en el hospital, a veces es mejor mirar al vacío mientras se habla de cosas importantes.

​—El cuerpo tiene sus propias reglas, doctora —dijo Julián, mirando hacia las puertas cerradas de la unidad de cuidados intensivos—. Usted tiene hambre porque está viva. No es un monstruo, es un recordatorio de que usted sigue aquí. El día que deje de sentir hambre o sueño cuando alguien se vaya, ese día sí debería preocuparse. Ese día es cuando el hospital le habrá ganado la partida.

​La doctora guardó silencio. El eco de una máquina de limpieza a lo lejos llenó el espacio.

—¿Cómo lo hace usted? —preguntó ella después de un rato—. Usted ve esto cada noche. Entra, sale, vigila... ¿Cómo hace para que no se le pegue el frío de este sitio?

​Julián acarició una de sus llaves, la más grande, la que abría la puerta de la terraza.

—Me pongo el uniforme —respondió él—. El uniforme es mi piel de repuesto. Cuando me lo quito al amanecer, dejo todo lo que he visto colgado en una percha. O al menos, eso es lo que intento decirme cada mañana. Pero la verdad es que este lugar no te deja irte del todo. Uno se vuelve parte del eco.

​El Esqueleto del Hospital

​Después de dejar a la doctora un poco más serena, Julián continuó su ronda. Bajó al sótano, donde se encontraba el corazón mecánico del edificio. Allí, el ruido era ensordecedor: calderas, generadores, tuberías que transportaban oxígeno y agua caliente. Era el esqueleto del gigante.




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