Susurros Entre Camillas

​CAPÍTULO 3: EL UMBRAL

La Geometría de la Indiferencia

​Durante años, Julián había sobrevivido a la noche gracias a una técnica mental que él llamaba "la deshumanización del espacio". Para él, la planta tres no era el ala de cardiología, sino una sucesión de catorce puertas de madera laminada y un pasillo de sesenta metros que debía recorrer cuatro veces por turno. Los pacientes no tenían nombres; eran "la insuficiencia respiratoria de la 312" o "el postoperatorio de la 315". Los números no sufren, los números no tienen familia, los números no dejan un vacío cuando se borran de la pizarra de la estación de enfermería.

​Esa distancia era su balsa de salvamento. Si permitía que el nombre de una persona se filtrara por las grietas de su uniforme, corría el riesgo de recordar que él también era una persona, y eso, en el hospital, es un lujo peligroso.

​Esa noche, sin embargo, el aire se sentía distinto. Eran las tres de la mañana, la hora en que el velo entre este mundo y el siguiente se vuelve tan fino que casi se puede oír el rumor del otro lado. Julián caminaba por el pasillo de pediatría, una zona que normalmente evitaba en sus pensamientos más profundos porque el dolor de un niño es un ruido que ninguna lógica puede acallar.

​Se detuvo frente al ventanal que conectaba el pasillo con la sala de juegos, ahora sumida en una oscuridad fantasmal. Los caballos de madera y los bloques de colores proyectaban sombras alargadas que parecían dedos señalándolo. De repente, el silencio fue interrumpido por un sonido metálico. Un clanc rítmico, persistente, que venía del final del pasillo, cerca del umbral que separaba la zona de hospitalización de los quirófanos de emergencia.

​El Rostro detrás del Cristal

​Julián ajustó su cinturón, haciendo que sus llaves tintinearan como un aviso, y caminó hacia el ruido. Allí, sentado en una silla de metal que crujía bajo su peso, estaba un hombre. Era joven, quizá de unos treinta años, pero la luz cenicienta del pasillo le daba la apariencia de un anciano. Vestía un traje arrugado, como si hubiera sido arrancado de una oficina en medio de una reunión importante, y sus manos no dejaban de juguetear con una moneda de metal, golpeándola contra el reposabrazos de la silla.

​Clanc. Clanc. Clanc.

​Julián se detuvo a un par de metros. El hombre no levantó la vista. Tenía la mirada perdida en la puerta de doble hoja de los quirófanos, esas puertas que para Julián eran solo un punto de control y para aquel hombre eran el muro que separaba la vida de la nada.

​—Señor, no puede estar aquí a estas horas —dijo Julián, usando su "voz de guardia", esa que era firme pero carente de emoción—. La sala de espera principal está en la planta baja. Aquí obstruye el paso de las camillas.

​El hombre no respondió de inmediato. Siguió golpeando la moneda. Luego, con una lentitud que heló la sangre de Julián, levantó la cabeza. Sus ojos no tenían lágrimas; tenían algo peor: una sequedad absoluta, el tipo de mirada que queda cuando el alma se ha quedado sin palabras.

​—Mi hija está ahí dentro —dijo el hombre. Su voz era un susurro rasposo—. Se tragó una pieza de un juguete. Una pieza pequeña, de plástico azul. Ella sonreía hace dos horas, ¿sabe? Me pidió que le leyera un cuento sobre un elefante que quería volar. Y ahora... ahora hay tres cirujanos intentando que vuelva a respirar por sí misma.

​Julián sintió un pinchazo en el pecho, justo debajo de la placa de seguridad. El muro de números comenzó a tambalearse. No era "la urgencia respiratoria", era la niña del cuento del elefante.

​El Quiebre del Protocolo

​El manual de seguridad decía claramente: "Evite el contacto emocional con los familiares. Mantenga una distancia profesional. Remita cualquier consulta al personal médico". Julián conocía las reglas, las había seguido durante una década. Pero en ese pasillo vacío, bajo el zumbido de los tubos de neón que parpadeaban como un corazón con arritmia, las reglas se sentían ridículas.

​Julián miró a su alrededor. No había enfermeras cerca, el pasillo era un desierto de linóleo. Se acercó un paso más y, en un acto que desafiaba toda su estructura, se sentó en la silla de al lado. El metal estaba frío, pero no tanto como el silencio del hombre.

​—¿Cómo se llama? —preguntó Julián. Su voz ya no era la del guardia. Era la voz del hombre que recordaba el olor del perfume de Lucía.

El hombre parpadeó, como si regresara de un lugar muy lejano.

—Se llama Sofía. Tiene cuatro años. Mañana es su cumpleaños. He dejado los globos en el coche... no sé si debería ir a buscarlos o si sería una falta de respeto hacia el destino.

​Julián miró sus propias manos, nudosas y curtidas por los inviernos del hospital.

—Sofía —repitió Julián, saboreando el nombre. Al decirlo, la niña dejó de ser un caso médico y se convirtió en una persona—. Escúcheme, señor...

—Mateo. Me llamo Mateo.

—Escúcheme, Mateo. He pasado diez años en este hospital. He visto entrar a personas que parecían no tener salvación y salir por su propio pie semanas después. Este edificio tiene una memoria extraña. Las paredes están acostumbradas a las peleas difíciles.

​Mateo apretó la moneda con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

—¿Y si pierde la pelea? ¿Qué se supone que debo hacer con los globos?

​Julián guardó silencio. Esa era la pregunta que siempre flotaba en el aire del hospital, la que nadie quería responder. No había una respuesta correcta.

—Si pierde la pelea —dijo Julián con una honestidad brutal—, usted se convertirá en el guardián de su historia. Pero mientras esa luz sobre la puerta del quirófano siga encendida, ella sigue peleando. Y si ella pelea, usted no puede rendirse antes que ella.

​IV. El Umbral de la Verdad

​Pasaron los minutos, o quizá fueron horas. En el hospital, el tiempo no es una línea recta, es un círculo que se estrecha. Julián y Mateo permanecieron sentados, dos desconocidos unidos por la espera en un pasillo que olía a éter y miedo.




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