El Pasillo de los Sueños Enjaulados
La planta de pediatría era, para Julián, el lugar más difícil de patrullar. En las otras plantas, la muerte se sentía como una intrusa esperada, alguien que llegaba después de una vida larga; pero aquí, en el ala infantil, la enfermedad parecía una injusticia gramatical, un error en el orden natural del universo.
A las once de la noche, las luces de pediatría se atenuaban, pero nunca llegaban a ser tan oscuras como en el resto del hospital. Siempre quedaban pequeñas lámparas de noche encendidas, proyectando sombras de castillos y animales en las paredes de linóleo. Julián caminaba con pasos de algodón, intentando que el tintineo de sus llaves no interrumpiera el frágil descanso de los pequeños guerreros.
Se detuvo frente a la habitación 208. A diferencia de las demás, la puerta estaba siempre abierta un palmo. Allí estaba ella: Lucía (llamada igual que su difunta esposa, lo que le provocaba un nudo constante en la garganta). Era una niña de siete años que llevaba viviendo en el hospital más tiempo del que recordaba haber pasado en su propia casa. Lucía siempre vestía un pijama de seda azul marino con pequeñas estrellas amarillas que brillaban en la oscuridad.
La Pequeña Astrónoma
Esa noche, Julián la encontró sentada en el borde de la cama, con las piernas colgando y los ojos fijos en la ventana. No había nadie más en la habitación; sus padres, agotados por meses de vigilia, habían bajado a la cafetería para intentar ingerir algo que no fuera angustia.
Julián se detuvo en el umbral. No quería entrar, pero la niña giró la cabeza y le dedicó una sonrisa que parecía demasiado grande para su rostro pálido y delgado.
—Hola, señor de las llaves —susurró ella. Su voz era un hilo de plata.
—Hola, Lucía. ¿Por qué no estás durmiendo? Las estrellas de tu pijama necesitan descansar para brillar mañana.
La niña señaló hacia el cristal.
—Es que mi estrella se ha perdido, Julián. Siempre está ahí, cerca de la antena del edificio de enfrente, pero hoy las nubes la han tapado. Si ella no está, yo no sé si mañana voy a despertar bien.
Julián entró en la habitación. Rompió su regla de no cruzar el umbral de las camas. Se acercó a la ventana y miró el cielo encapotado de esa noche sin luna. Sintió una rabia sorda contra el cielo, contra las nubes y contra la biología que estaba marchitando a ese pequeño ser.
Una Conversación de Media noche
—A veces las estrellas solo están jugando al escondite —dijo Julián, buscando en su mente palabras que no fueran reglamentos de seguridad—. Ellas saben que tú eres muy valiente y por eso te dejan a cargo del cielo por un rato.
Lucía lo miró con curiosidad.
—¿Tú crees? Mi mamá dice que pronto me iré a vivir a una de esas estrellas. Pero yo no quiero irme sola. Me da miedo que en el cielo no haya guardias que cuiden las puertas.
Ese fue el momento en que el corazón de Julián terminó de romperse. Había visto morir a hombres fuertes que suplicaban por su vida, pero nunca había escuchado a alguien aceptar su destino con una curiosidad tan desgarradora. Se sentó en la silla de madera al lado de la cama, la misma silla donde los padres lloraban en silencio.
—En el cielo no hace falta que haya guardias, Lucía —respondió él, esforzándose por mantener la voz firme—. Allí nadie tiene miedo. Pero mientras estés aquí, en este pasillo, yo soy tu guardia personal. Nada malo va a pasar por esa puerta mientras yo esté de turno. Te lo prometo por mi uniforme.
La niña estiró su mano pequeña y agarró una de las llaves del cinturón de Julián. La examinó con cuidado.
—¿Esta llave qué abre?
—Esa abre la terraza del hospital. Es el lugar más alto. Desde allí se pueden tocar las nubes.
—¿Me llevarás algún día? Quiero ver si desde allí puedo ver mi casa.
Julián sabía que Lucía nunca saldría de esa planta por su propio pie. Los informes médicos que escuchaba en el radio hablaban de una metástasis silenciosa y voraz. Pero en ese momento, la verdad era un lujo que no podían permitirse.
—Te llevaré. En cuanto los doctores digan que tus pulmones están tan fuertes como los de un astronauta, subiremos a ver el mundo.
El Silencio de los Monitores
Pasaron gran parte de la noche hablando. Lucía le contó que quería ser pintora de cielos y que su pijama de estrellas era su uniforme de combate. Julián, por primera vez en años, le habló a alguien de su propia Lucía, de cómo ella también amaba las estrellas y de cómo este hospital se las había robado.
A las cuatro de la mañana, la niña se quedó dormida, vencida por el cansancio y la morfina. Julián se quedó allí unos minutos más, observando el rítmico subir y bajar de su pecho. El monitor de signos vitales emitía un bip suave, una música monótona que era la única prueba de que la vida seguía resistiendo.
Al salir al pasillo, Julián se encontró con la madre de la niña. La mujer traía dos cafés de máquina y una expresión de derrota total.
—Se ha dormido hablando de usted, guardia —dijo la mujer, con los ojos empañados—. Gracias. Hacía semanas que no la veía tan... tranquila.
Julián asintió con un gesto seco, incapaz de articular palabra. Se alejó rápidamente, buscando la soledad de las escaleras de incendios. Allí, en la penumbra, se permitió un momento de debilidad. Se apoyó contra la pared fría y cerró los ojos. El hospital seguía zumbando a su alrededor, una máquina indiferente al dolor de una niña de siete años.
La Promesa Rota
Tres noches después, Julián llegó a su turno con algo en el bolsillo: una pequeña linterna que proyectaba constelaciones en el techo, un regalo que había buscado por toda la ciudad durante su descanso.
Cuando llegó a la planta de pediatría, el ambiente era diferente. No había risas contenidas ni luces tenues de animales. Había un silencio denso, el tipo de silencio que solo queda después de una tormenta.