EL HOMBRE SIN AYER
La planta tres siempre olía a una mezcla de cera para suelos y desesperación contenida. Era el ala de neurología y cuidados paliativos, un lugar donde el tiempo no corría hacia adelante, sino que se enredaba en sí mismo como una madeja de lana vieja. Julián entró en el pasillo a las 02:15 AM. El silencio allí no era el silencio tranquilo de los dormitorios; era un silencio espeso, cargado de la estática de cerebros que intentaban desesperadamente recordar cómo ser ellos mismos.
Al pasar por la habitación 305, Julián se detuvo. No fue por una alarma, ni por un grito. Fue por la luz. Una pequeña lámpara de lectura proyectaba una sombra alargada en el pasillo. Al asomarse, vio a don Samuel.
Samuel era un hombre que, según su ficha, tenía ochenta años, aunque sus manos, nudosas como raíces de roble, parecían pertenecer a una era geológica anterior. Estaba sentado en su cama, vestido con el camisón blanco del hospital que le quedaba grande, dándole el aspecto de un niño atrapado en el cuerpo de un gigante marchito. Tenía una fotografía en la mano y lloraba con una ausencia de ruido que resultaba más dolorosa que cualquier alarido.
Julián, rompiendo su habitual distancia de seguridad, entró con la suavidad de quien pisa nieve fresca.
—Don Samuel, es muy tarde para estar despierto —dijo Julián, bajando el tono de su voz hasta que fue casi un susurro—. Los médicos dicen que el descanso es la mejor medicina.
Samuel levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos de confusión, nublados por las cataratas y el miedo. Miró a Julián, pero no vio al guardia. Vio un uniforme, una figura de autoridad, una balsa en medio de su naufragio mental.
—No sé quién soy —soltó Samuel. La frase cayó en la habitación como una piedra en un pozo profundo—. He mirado esta foto durante horas, joven. Sé que el hombre de la imagen soy yo. Tiene mi cicatriz en la ceja, tiene mi forma de apretar los labios cuando sonríe. Pero no recuerdo el momento en que se tomó. No recuerdo quién es la mujer que me abraza. No recuerdo el olor del aire ese día. Si no recuerdo mi historia, ¿sigo estando aquí?
Julián sintió que el aire de la habitación se volvía denso. Se acercó y se sentó en la silla de metal al lado de la cama. El frío del asiento le recordó su propia realidad, pero sus ojos estaban fijos en la foto desgastada. En ella, un Samuel joven y vigoroso abrazaba a una mujer bajo un sauce.
—Usted está aquí, Samuel. Yo lo veo —respondió Julián, tratando de anclar al anciano a la realidad—. Mis ojos son el testigo de que usted ocupa un lugar en este mundo. Quizá su memoria ha decidido tomarse un descanso porque ha cargado con demasiadas cosas durante ochenta años.
—Es como si alguien hubiera entrado en mi casa y se hubiera llevado todos los muebles —continuó Samuel, ignorando el consuelo de Julián—. Solo han dejado las paredes desnudas. Intento atrapar un pensamiento, un nombre, el sabor de mi comida favorita, y se deshace como humo entre mis dedos. Dígame, guardia... ¿usted cree que Dios nos borra antes de llevarnos para que no nos duela tanto la partida?
Julián recordó a su propia esposa, Lucía, y cómo en sus últimos días también hubo momentos de neblina. Recordó la impotencia de ver cómo la esencia de una persona se filtra por las grietas del cuerpo.
—No creo que sea un borrado, Samuel. Creo que es una mudanza. Quizá su historia ya no cabe en este edificio y se está trasladando a otro lugar donde no haga falta el esfuerzo de recordar.
—Usted habla como alguien que ha perdido algo —observó Samuel con una lucidez repentina que desarmó a Julián.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. Entró una enfermera joven, cansada, con una bandeja de medicación. Miró a Julián con una mezcla de sorpresa y reproche.
—¿Julián? No deberías estar aquí. Don Samuel necesita su sedante. Se pone agitado por las noches.
—No está agitado, Elena. Está solo —replicó Julián sin levantarse.
—La soledad no se cura con rondas de seguridad. Tengo órdenes. Samuel, es hora de dormir.
La enfermera le administró la inyección con una eficiencia mecánica. Samuel no se quejó. Siguió mirando a Julián mientras sus párpados empezaban a pesar.
—No se vaya... —susurró el anciano—. Si se va, el vacío me va a comer.
Julián esperó a que la enfermera saliera. Se quedó allí, en la penumbra de la 305, sosteniendo la mano de Samuel hasta que el sedante hizo su efecto. El pulso del anciano bajo su pulgar era débil, pero constante. En ese momento, Julián comprendió que su trabajo esa noche no sería vigilar puertas, sino vigilar los restos de una identidad que se desvanecía.
Salió de la habitación y, en su libreta, no anotó una incidencia técnica. Escribió: "Habitación 305. El paciente ha olvidado su nombre, pero su dolor sigue recordando quién es. Me quedaré cerca. Nadie debería desaparecer en el silencio de un hospital sin que alguien tome nota de su existencia".
EL RASTRO DE LAS MIGAJAS
Julián salió de la habitación 305 con el corazón latiendo contra las costillas como un animal enjaulado. El peso de la mano de Samuel aún se sentía en su palma, un calor residual que se enfriaba con el aire acondicionado del pasillo. No podía simplemente seguir su ronda, no después de ver a un hombre desintegrarse frente a sus ojos. El hospital era experto en tratar cuerpos, pero Samuel necesitaba que alguien tratara su rastro.
Se dirigió al puesto de enfermería. Elena, la enfermera que le había llamado la atención minutos antes, estaba de espaldas, tecleando informes en un ordenador que emitía una luz blanca y estéril.
—Elena —dijo Julián, tratando de suavizar su voz de mando.
—Julián, te dije que no te involucraras. La 305 es un caso perdido. Es demencia senil avanzada complicada con un cuadro depresivo. Mañana o pasado lo trasladarán a una residencia de larga estancia. Aquí ya no hay nada que hacer por él.