EL RITUAL DEL SOBREVIVIENTE
Sesenta días habían pasado desde que Samuel cerró los ojos buscando un sauce plateado. Para el mundo, eran dos meses de noticias, tráfico y lluvia; para Julián, era el tiempo exacto en que la libreta de cuero había acumulado treinta y dos nombres nuevos. Sesenta puestas de sol que él no había visto, reemplazadas por sesenta amaneceres grises que lo recibían al salir del hospital como una condena a dormir cuando el resto del mundo decidía vivir.
Eran las 17:30 PM. El despertador de Julián no emitía un sonido estridente; era un zumbido bajo, casi una vibración que parecía nacer del colchón. Se quedó mirando el techo de su habitación. Una grieta en la pintura se había ensanchado un par de milímetros desde el mes anterior. "Como todo en esta casa", pensó, "se desmorona tan lento que parece que está intacto".
Se levantó y arrastró los pies hacia la cocina. El ritual de la comida era su anclaje. No era solo alimentarse; era preparar el combustible para las doce horas de vigilia. Sacó una sartén de hierro, pesada y negra. Picó una cebolla con una precisión quirúrgica, escuchando el chasquido del cuchillo contra la tabla de madera. El olor del sofrito llenó el pequeño apartamento, un aroma hogareño que contrastaba violentamente con el olor a desinfectante que le esperaba en tres horas.
Mientras comía en silencio, sentado frente a la silla vacía que una vez ocupó su esposa, Julián se fijó en sus manos. Eran manos de guardia: callosas por el roce de las llaves, con las uñas cortas y limpias. Se preguntó si algún día esas manos olvidarían el tacto de la piel humana para solo reconocer el frío del metal.
—Dos meses, Samuel —susurró al aire—. Y el hospital sigue igual de hambriento.
La Armadura y el Trayecto
A las 18:45, Julián comenzó el proceso de encarnar al personaje. Se puso la camiseta térmica, luego la camisa azul oscuro, planchada con un rigor militar. Al abotonarse, sentía cómo cada botón era un remache que cerraba su coraza emocional. El cinturón, con sus tres kilos de herramientas de control, se ajustó a su cadera con un "clic" metálico que marcaba el inicio oficial de su realidad.
Salió de casa. El aire de la tarde era fresco, cargado de la humedad de una ciudad que se preparaba para la noche. Caminó hacia la parada del autobús con la espalda recta, ignorando las miradas de los vecinos. Para ellos, él era solo "el vigilante", un elemento del paisaje urbano, tan funcional y carente de vida como una farola.
Subió al autobús de las 19:15. El vehículo iba casi vacío. Se sentó al fondo. Durante el trayecto, Julián observaba el cambio de luz. El cielo pasaba de un naranja herido a un violeta profundo, y finalmente a ese negro artificial que solo las ciudades poseen. A medida que se acercaba al distrito hospitalario, Julián sentía una presión familiar en el pecho. No era ansiedad; era una preparación sensorial. Sus oídos empezaban a filtrar el ruido del tráfico para buscar frecuencias más bajas, sus ojos empezaban a buscar sombras donde otros veían solo oscuridad.
El Gigante que no Duerme
Al llegar, el hospital se erguía ante él como un trasatlántico encallado en un mar de asfalto. Miles de ventanas iluminadas, cada una conteniendo un drama, un milagro o un suspiro final. Julián marcó su tarjeta: 19:55.
—Hola, Julián —dijo Marcos, el guardia del turno de tarde, mientras le entregaba el radio—. Noche movida en la UCI. Han traído a uno de esos casos que salen en las noticias. Un accidente múltiple en la autopista. Hay un tipo en la 402B que tiene a todo el personal de cabeza. Dicen que es alguien importante, un músico o algo así. Ten cuidado, hay periodistas merodeando por la puerta de urgencias.
Julián tomó el radio y lo enganchó en su hombro.
—Músico o barrendero, aquí todos visten el mismo camisón blanco, Marcos. Ve a descansar.
Julián inició su primera ronda. Cruzó el vestíbulo principal, donde el eco de sus botas golpeaba el mármol con una autoridad sombría. Al entrar en el ascensor y pulsar el botón de la cuarta planta —Cuidados Intensivos—, sintió que el mundo real se desvanecía. El ascensor subió con un gemido metálico, y cuando las puertas se abrieron, el sonido de los ventiladores mecánicos lo recibió como un coro de respiraciones artificiales.
Allí, en el cubículo de cristal de la 402B, lo vio por primera vez. No parecía un músico; parecía una escultura de yeso rota, envuelta en vendas y tubos. Pero lo que más llamó la atención de Julián no fueron sus heridas, sino sus manos. Estaban sujetas a unos soportes especiales, vendadas dedo por dedo, como si fueran tesoros frágiles que el hospital intentaba reconstruir pieza a pieza.
—Ese es Andreas —dijo una enfermera al pasar junto a él—. El violinista prodigio. Se estrelló contra un camión de carga. Dicen que sus manos... bueno, dicen que nunca volverá a sostener un arco.
Julián se acercó al vidrio de la puerta. El hombre dentro tenía los ojos abiertos, fijos en el techo, con una mirada de una vacuidad absoluta. Era la mirada de alguien que ha muerto por dentro pero que su cuerpo, terco y mecánico, se niega a acompañarlo al abismo. En ese momento, Julián supo que su noche no sería de patrullaje, sino de vigilancia sobre un hombre que acababa de perder su voz sin haber dicho una palabra.
EL SILENCIO DE LAS CUERDAS
A las 01:30 de la mañana, la UCI es una catedral de tecnología y suspiros. Las luces se reducen a un penumbra azulada y el único sonido es el fuelle rítmico de los respiradores, ese shhh-paff que recuerda que la vida, en este lugar, depende de un enchufe. Julián pidió permiso en el control de enfermería. Entró en el cubículo 402B con la delicadeza de quien entra en una iglesia vacía.
Andreas no dormía. Sus ojos, oscuros y hundidos, se desviaron lentamente hacia la figura del guardia. Al ver el uniforme, una mueca de desprecio amargo cruzó su rostro pálido.