Susurros Entre Camillas

CAPÍTULO 7: LA MUJER DEL VESTIDO ROJO

LA ANOMALÍA DEL PASILLO NORTE

​El hospital tenía sus propias leyendas urbanas, relatos que se filtraban entre los cambios de turno y las tazas de café frío en la cafetería de la planta baja. Pero para Julián, las leyendas no eran cuentos de fantasmas, sino personas de carne y hueso que el sistema no sabía dónde clasificar. La más persistente de todas era la mujer de la habitación 502.

​Eran las 22:00 PM cuando Julián inició su patrullaje en la quinta planta, el ala de medicina interna. Al llegar al pasillo norte, el ambiente cambiaba. El olor a antiséptico parecía mezclarse con un rastro tenue, casi imperceptible, de perfume de jazmín y naftalina. Y allí estaba ella, como cada noche desde hacía quién sabe cuánto tiempo.

​No vestía el camisón azul pálido del hospital. Llevaba un vestido de seda rojo carmesí, un diseño de otra época, con hombreras marcadas y un cinturón que acentuaba una figura delgada y elegante. Estaba sentada en el banco de madera frente a la estación de enfermería, con las manos entrelazadas sobre un bolso de mano negro y la mirada fija en las puertas batientes del ascensor.

​—Todavía no ha llegado, Julián —dijo ella cuando sintió los pasos del guardia. Su voz era aterciopelada, educada, con una cadencia que recordaba a las locutoras de radio de los años sesenta.

​Julián se detuvo a una distancia respetuosa. En el hospital la llamaban "Sofía la del Rojo", pero en su ficha técnica solo figuraba como Sofía V., paciente crónica bajo observación psicosomática.

​—Es tarde, Sofía. Los ascensores de visita se detuvieron hace una hora —respondió Julián, manteniendo ese tono de complicidad tranquila que había desarrollado con los pacientes veteranos.

​—Él no usa el horario de visitas, tú lo sabes —replicó ella con una sonrisa triste pero firme—. Él viene cuando el trabajo se lo permite. Me prometió que vendría por mí en cuanto terminara la última función. Y yo tengo que estar lista. No querría que me encontrara con esas ropas blancas tan impersonales.

​El Archivo del Silencio

​Julián recordó lo que había escuchado en los pasillos durante sus dos años de servicio. La historia de Sofía era un secreto a voces que nadie se atrevía a desmentir por completo. Decían que Sofía había llegado al hospital hacía quince años, tras un colapso nervioso en la puerta de un teatro. Llevaba ese mismo vestido rojo. Desde entonces, cada noche, se vestía, se maquillaba con un labial que ya no se fabricaba y esperaba.

​Los médicos habían intentado tratarla por delirio persistente, por trauma postraumático, por depresión mayor. Pero Sofía no estaba loca en el sentido clínico; simplemente se había mudado a una habitación del tiempo donde el reloj se había detenido en una noche de viernes de 1989.

​—¿Quién es él exactamente, Sofía? —preguntó Julián, acercándose un poco más. Esa noche el pasillo estaba inusualmente vacío, y el eco de las máquinas de diálisis a lo lejos creaba una atmósfera de confesionario.

​Sofía suspiró y abrió su bolso. Sacó un pañuelo de encaje y lo acarició.

—Su nombre es Julián, como tú. Quizá por eso confío en ti. Era el primer violonchelista de la filarmónica. Esa noche, el vestido rojo era nuevo. Íbamos a celebrar nuestra décima noche de estreno. Me dijo: "Espérame en la entrada, bajo el reloj de mármol, no tardaré". Y yo sigo aquí, Julián. El reloj de mármol ya no está, el teatro lo demolieron para hacer un centro comercial, pero la promesa... la promesa sigue viva en este vestido.

​El Peso de una Espera Infinita

​Julián sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del hospital. La tragedia de Sofía no era la enfermedad, sino la fidelidad absoluta a un fantasma.

​—El personal dice que usted se niega a comer si no es aquí, en este banco —comentó Julián, observando las ojeras profundas que el maquillaje no lograba ocultar.

​—Si me voy a la habitación y él llega, no me verá —explicó ella con una lógica aplastante—. Si me quito el vestido, pensará que me he rendido. Y yo no me rindo, guardia. El amor no es algo que se apague porque el calendario cambie de hoja. ¿Usted cree que soy una tonta, verdad? Una vieja vestida de gala en un pasillo que huele a muerte.

​Julián miró hacia el ascensor. Por un segundo, él también deseó que las puertas se abrieran y apareciera un hombre con un estuche de violonchelo, terminando con aquella tortura de décadas.

​—Creo que usted es la persona más valiente de este edificio, Sofía —dijo Julián con total sinceridad—. Mantener una llama encendida durante quince años en un lugar donde todo se apaga... eso requiere una fuerza que yo no tengo.

​Sofía lo miró a los ojos, y por un instante, la niebla de su delirio pareció disiparse, dejando ver una lucidez hiriente.

—No es fuerza, Julián. Es que si acepto que él no va a venir, tendría que aceptar que yo también morí esa noche de viernes. Y mientras lleve este rojo, sigo viva.

​Esa noche, Julián no la obligó a volver a su habitación. Se quedó de pie, a unos metros de ella, haciendo de escudo humano contra las miradas curiosas de los internos nuevos. Entendió que el hospital no solo curaba cuerpos; a veces, su función era simplemente ser el escenario para las esperas que no tenían otro lugar en el mundo.

LOS ESCOMBROS DEL RECUERDO

​La noche avanzaba con la pesadez de una marea de brea. Julián no podía quitarse de la cabeza la imagen de Sofía: una mancha de color sangre en un mundo pintado de blanco hospitalario. La curiosidad de un guardia de noche no es como la de los demás; es una necesidad de dar sentido al caos que vigila. Después de dejar a Sofía en la puerta de su habitación, Julián se dirigió al archivo muerto del hospital, un sótano donde los expedientes descansaban bajo capas de polvo y olvido.

​Buscó el registro de ingresos de 2011. Sus dedos, expertos en manejar metal y papel, dieron con una carpeta amarillenta. Sofía V. Ingreso por crisis nerviosa aguda y trauma craneoencefálico leve. El informe médico era frío, desprovisto de toda la lírica que ella le había contado. Pero lo que detuvo el aliento de Julián fue un recorte de periódico grapado al final: "Tragedia en la Filarmónica: El derrumbe que silenció a los maestros".




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