Susurros Entre Camillas

CAPÍTULO 8: LA CONFESIÓN DEL CIRUJANO

EL PESO DEL BISTURÍ

​Eran las 03:00 AM, la hora en que la fatiga se vuelve una sustancia física que se pega a los párpados. Julián estaba en su garita de seguridad, un cubículo de cristal y monitores que servía como su búnker personal en la planta baja del hospital. El café en su termo ya sabía a metal y olvido. De repente, la puerta de la garita, que siempre permanecía cerrada bajo llave, recibió tres golpes secos, erráticos.

​Al abrir, Julián no encontró a un camillero o a un familiar perdido. Allí estaba el Doctor Arcas.

​El doctor Arcas era una eminencia en neurocirugía. Un hombre que caminaba por los pasillos con una bata tan blanca que parecía emitir luz propia, siempre rodeado de un séquito de internos que anotaban cada una de sus palabras como si fueran versículos sagrados. Pero el hombre que Julián tenía delante estaba desmoronado. La bata estaba desabrochada, manchada de un rojo oscuro y seco en los puños, y sus manos —esas manos aseguradas en millones— temblaban como hojas bajo una tormenta.

​—¿Doctor? No puede estar aquí, esta es zona restringida para el personal médico —dijo Julián, aunque su instinto le decía que las reglas ya no importaban.

​—Solo... solo apaga la luz, Julián. Por favor —suplicó Arcas. Su voz, siempre firme y autoritaria en los quirófanos, era ahora un crujido lamentable.

​Julián obedeció. Dejó solo el brillo azulado de los monitores de vigilancia. El cirujano se desplomó en la silla de plástico destinada a los relevos, hundiendo la cabeza entre las manos.

​El Dios Caído

​—¿Qué ha pasado, doctor? ¿Una complicación en el quirófano 4? —preguntó Julián, manteniendo la calma que le daba su uniforme.

​Arcas soltó una carcajada amarga que sonó más como un sollozo.

—¿Complicación? No, Julián. Una complicación es algo que esperas. Lo que pasó hoy fue... arrogancia. Llevo veinte años abriendo cráneos como quien abre una fruta. Me creí la mentira que todos dicen de mí. Me creí que era infalible. Que la muerte me pedía permiso para entrar en mi sala.

​El cirujano levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre.

—Era una niña, Julián. Diez años. Un tumor del tamaño de una nuez, en una zona delicada, sí, pero yo he sacado cosas peores mientras hablaba del tiempo con el anestesista. Estaba tan confiado que no vi el sangrado hasta que fue tarde. Mis manos... estas manos que todos llaman benditas, se volvieron torpes. Por un segundo, un solo segundo de distracción, el bisturí se convirtió en un arma asesina.

​Julián escuchaba en silencio. Sabía que en este hospital se libraban guerras, pero nunca había visto a un general rendirse de esa manera.

​—Escuché el monitor —continuó Arcas, con la mirada perdida en una de las pantallas de seguridad que mostraba un pasillo vacío—. Ese pitido largo... el sonido de un alma escapándose por la puerta de atrás porque el portero se quedó dormido. Salí de allí sin mirar a los padres. ¿Cómo se mira a unos padres después de decirles que su mundo se ha acabado porque yo me sentía demasiado orgulloso hoy?

​La Garita como Confesionario

​Julián sacó un vaso de plástico y le sirvió al doctor lo que quedaba de su café amargo. Arcas lo tomó con ambas manos, buscando un calor que su propio cuerpo ya no generaba.

​—Aquí abajo, en seguridad, vemos las cosas de otra forma, doctor —dijo Julián suavemente—. Ustedes ven órganos, tejidos y estadísticas. Nosotros vemos lo que queda cuando ustedes terminan. Vemos las sillas vacías en la sala de espera, los abrigos que nadie viene a recoger.

​—No me des un sermón, Julián. No hoy —escupió Arcas con un rastro de su antigua soberbia, aunque se desinfló de inmediato—. Solo quiero saber... ¿cómo lo haces? ¿Cómo ves morir a la gente noche tras noche y sigues poniéndote ese uniforme? ¿Cómo no te vuelves loco sabiendo que somos solo carne esperando el turno?

​Julián se apoyó en el mostrador, mirando hacia la oscuridad del vestíbulo principal.

—Yo no intento salvar a nadie, doctor. Mi trabajo es vigilar que el silencio no sea demasiado pesado. Usted lleva el peso de la vida en su bisturí. Pero hoy, doctor, usted no es el cirujano estrella. Hoy es solo otro hombre herido en el hospital. Y en este edificio, los heridos no tienen que dar explicaciones.

​El doctor Arcas bebió el café de un trago, haciendo una mueca de asco por el sabor, pero agradeciendo la quemadura en su garganta. Se quedó allí, sentado en la oscuridad de la garita, mientras los monitores de seguridad seguían mostrando el pulso silencioso del hospital: camillas vacías, luces parpadeantes y el susurro constante de un edificio que nunca duerme, pero que hoy, le había arrebatado a un dios su corona de gloria.

EL ALTAR DE LOS SACRIFICIOS

​El silencio en la garita de seguridad no era un silencio vacío; era un silencio cargado de los fantasmas de todas las decisiones que Arcas había tomado en sus veinticinco años de carrera. Julián observaba al cirujano desde la penumbra, viendo cómo el hombre se deshacía. Arcas ya no era el semidiós de la planta de neurología; era un náufrago buscando una orilla en un mar de monitores de vigilancia. El doctor dejó la taza de plástico sobre el escritorio, y el ligero golpe del poliestireno contra la madera sonó como un trueno en aquel cubículo asfixiante.

​—¿Sabes qué es lo peor de este lugar, Julián? —preguntó Arcas, con una voz que parecía arrastrarse sobre cristales rotos—. Que el hospital te enseña a ser un mecanismo, no un hombre. Desde el primer día de residencia, te graban a fuego que tus sentimientos son una interferencia, un ruido molesto que nubla el juicio. Te dicen que si lloras por un paciente, tu mano temblará al abrir el siguiente pecho. Y tú les crees. Te pones la bata blanca como si fuera una armadura de placas y sales al pasillo convencido de que eres inmune al dolor ajeno.

​El doctor se frotó la cara, y el sonido de sus palmas contra la barba de varios días fue un lamento sordo. Sus ojos, antes capaces de detectar micras de tejido enfermo, ahora estaban nublados por una bruma de autodesprecio.




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